sábado, 11 de agosto de 2018

8M: Ocho poetisas africanas a las que debes leer. Por Sandra Quiroz (afribuku, cultura africana contemporánea)

Hoy en afribuku queremos rendir un tributo a todas aquellas luchadoras e inconformistas que han llevado su arte a nuevas fronteras. Poesía hecha por mujeres que han dejado huella gracias a su talento, valentía, lucha y entrega.

Muchas de ellas han tenido que luchar contra condiciones aberrantes y no es de extrañar que muchas de las obras de las autoras tengan una marcada huella feminista en su lírica. Ellas hablan del parto, la colonización, la vejez, el sexo, el racismo o la inmigración.

Por supuesto que faltan muchísimas más en esta pequeña recopilación pero este artículo sólo pretende ser un pequeño testimonio de lo que estas mujeres han aportado y siguen aportando a la poesía del continente.

Os presentamos a ocho poetisas de diferentes generaciones cuya actitud rebelde y escritos transgresores son una invitación para navegar entre las páginas de sus libros.


viernes, 10 de agosto de 2018

“Todos tenemos algo que ofrecer y una historia que contar”. María Elena Hipólito entrevista a Michéle Petit.

“Todos los adultos fueron niños alguna vez, pero sólo unos pocos lo recuerdan”, sostiene Antoine de Saint-Exupéry en El Principito, uno de los libros más leídos y queridos de los últimos tiempos. El aviador, personaje del relato, recuerda y narra sus experiencias de pequeño y su encuentro en el desierto con el rubiecito proveniente del asteroide B-612; lo cuenta a través de las manos y de la imaginación de Saint-Exupéry. Su historia llegó a millones, personas que si bien no tienen el libro en la mano, la escucharon, la siguieron transmitiendo y se reencontraron con su niño interior.
En concordancia con este postulado, se realizó hasta ayer el II Congreso Infancia y Cultura: Territorios para Pensar las Infancias, bajo el lema ‘Ver el mundo como los niños y niñas que fuimos’. Del encuentro participaron destacadas personalidades nacionales e internacionales. Una de ellas fue la socióloga y antropóloga francesa Michéle Petit, una de la mayores referentes en estudio de la lectura a nivel mundial. 
Algunos de sus libros más famosos son Pero ¿y qué buscan nuestros niños en sus libros? (2002), El arte de la lectura en tiempos de crisis (2008), Una infancia en el país de los libros (2008) y Leer el mundo: Experiencias actuales de transmisión cultural (2015).

(Fuente: elterritorio.com.ar)

[...] La literatura existe de manera oral y es inmensa. En todas las culturas y en todas las culturas orales se canta, se cuenta a los niños. Lo que pasa en el mundo contemporáneo -con la amplitud de las migraciones y con la manera en que se trata a los migrantes-, muchas personas pierden, olvidan o dejan atrás la lengua, los cuentos que les transmitieron cuando eran chicos. Poco a poco, con la vida dura, la omnipresencia de cómo sobrevivir se usa una lengua de la designación inmediata de las cosas, una lengua útil, y ya no se usa la lengua de la narración, la lengua poética; y eso para mí es lo muy grave, cuando no hay en un lugar, en una familia la presencia de esa otra lengua.

[...] Cada vez que narras algo a una persona por literatura oral o escrita, a los otros les despierta recuerdos propios y se reencuentran con sus riquezas propias. Todos tenemos algo que ofrecer y una historia que contar, pero a veces se tapan la boca, la olvidaron o creen que no están legitimados para hacerlo.

[...] Para mí lo más importante es relacionarnos con otras culturas, con otras formas de ver el mundo; no es lo uno contra lo otro, es lo uno y lo otro como complemento. Lo importante es no olvidar que somos seres poéticos, seres narrativos desde hace más de 30 mil años. Y en los tiempos contemporáneos nos vemos muy frecuentemente reducidos, en los discursos y en las prácticas, a variables económicas más o menos adaptadas a las exigencias neoliberales. No somos solamente eso, tampoco se nos puede reducir a nuestros roles sociales, por fundamentales que sean, somos también seres poéticos y quizás antes que nada y antes que todo seres poéticos. Es decir que hemos dibujado, hemos pintado, hemos cantado mucho antes de inventar la agricultura o de inventar la novela. Es una dimensión vital.

[...]  [leer] No es siempre un placer, pero por diferentes motivos. Si la lectura te recuerda a algo que te hizo mal en la escuela, donde sentiste una humillación porque no entendías. Leer también te hace llorar de dolor por ciertas experiencias, no es un jueguito, es una posibilidad de acercarse a la experiencia humana. Personalmente los libros que más me han gustado en la vida no fueron necesariamente los que más placer me dieron . Es una experiencia compleja. 

jueves, 9 de agosto de 2018

La enemiga. Un cuento del dominicano Virgilio Díaz Grullón.

Recuerdo muy bien el día en que papá trajo la primera muñeca en una caja grande de cartón envuelta en papel de muchos colores y atada con una cinta roja, aunque yo estaba entonces muy lejos de imaginar cuánto iba a cambiar todo como consecuencia de esa llegada inesperada.

Aquel mismo día comenzaban nuestras vacaciones y mi hermana Esther y yo teníamos planeadas un montón de cosas para hacer en el verano, como, por ejemplo, la construcción de un refugio en la rama más gruesa de la mata de jobo, la cacería de mariposas, la organización de nuestra colección de sellos y las prácticas de béisbol en el patio de la casa, sin contar las idas al cine en las tardes de domingo. Nuestro vecinito de enfrente se había ido ya con su familia a pasar las vacaciones en la playa y esto me dejaba a Esther para mí solo durante todo el verano.

Esther cumplía seis años el día en que papá llegó a casa con el regalo. Mi hermana estaba excitadísima mientras desataba nerviosamente la cinta y rompía el envoltorio. Yo me asomé por encima de su hombro y observé cómo iba surgiendo de los papeles arrugados aquel adefesio ridículo vestido con un trajecito azul que le dejaba al aire una buena parte de las piernas y los brazos de goma. La cabeza era de un material duro y blanco y en el centro de la cara tenía una estúpida sonrisa petrificada que odié desde el primer momento.

Cuando Esther sacó la muñeca de la caja vi que sus ojos, provistos de negras y gruesas pestañas que parecían humanas, se abrían o cerraban según se la inclinara hacia atrás o hacia adelante y que aquella idiotez se producía al mismo tiempo que un tenue vagido que parecía salir de su vientre invisible.

Mi hermana recibió su regalo con un entusiasmo exagerado. Brincó de alegría al comprobar el contenido del paquete y cuando terminó de desempacarlo tomó la muñeca en brazos y salió corriendo hacia el patio. Yo no la seguí y pasé el resto del día deambulando por la casa sin hacer nada en especial.

Esther comió y cenó aquel día con la muñeca en el regazo y se fue con ella a la cama sin acordarse de que habíamos convenido en clasificar esa noche los sellos africanos que habíamos canjeado la víspera por los que teníamos repetidos de América del Sur.

Nada cambió durante los días siguientes. Esther se concentró en su nuevo juguete en forma tan absorbente que apenas nos veíamos en las horas de comida. Yo estaba realmente preocupado, y con razón, en vista de las ilusiones que me había forjado de tenerla a mi disposición durante las vacaciones. No podía construir el refugio sin su ayuda y me era imposible ocuparme yo solo de la caza de mariposas y de la clasificación de los sellos, aparte de que me aburría mortalmente tirar hacia arriba la pelota de béisbol y pararla yo mismo.

Al cuarto día de la llegada de la muñeca ya estaba convencido de que tenía que hacer algo para retornar las cosas a la normalidad que su presencia había interrumpido; dos días después sabía exactamente qué. Esa misma noche, cuando todos dormían en la casa, entré de puntillas en la habitación de Esther y tomé la muñeca de su lado sin despertar a mi hermana a pesar del triste vagido que produjo al moverla. Pasé sin hacer ruido al cuarto donde papá guarda su caja de herramientas y cogí el cuchillo de monte y el más pesado de los martillos y, todavía de puntillas, tomé una toalla del cuarto de baño y me fui al fondo del patio, junto al pozo muerto que ya nadie usa. Puse la toalla abierta sobre la yerba, coloqué en ella la muñeca —que cerró los ojos como si presintiera el peligro— y de tres violentos martillazos le pulvericé la cabeza.

Luego desarticulé con el cuchillo las cuatro extremidades y, después de sobreponerme al susto que me dio oír el vagido por última vez, descuarticé el torso, los brazos y las piernas convirtiéndolos en un montón de piececitas menudas. Entonces enrollé la toalla envolviendo los despojos y tiré el bulto completo por el negro agujero del pozo. Tan pronto regresé a mi cama me dormí profundamente por primera vez en mucho tiempo.

Los tres días siguientes fueron de duelo para Esther.

Lloraba sin consuelo y me rehuía continuamente. Pero a pesar de sus lágrimas y de sus reclamos insistentes no pudo convencer a mis padres de que le habían robado la muñeca mientras dormía y ellos persistieron en su creencia de que la había dejado por descuido en el patio la noche anterior a su desaparición. En esos días mi hermana me miraba con un atisbo de desconfianza en los ojos pero nunca me acusó abiertamente de nada.

Después las aguas volvieron a su nivel y Esther no mencionó más la muñeca. El resto de las vacaciones fue transcurriendo plácidamente y ya a mediados del verano habíamos terminado el refugio y allí pasábamos muchas horas del día pegando nuestros sellos en el álbum y organizando la colección de mariposas.

Fue hacia fines del verano cuando llegó la segunda muñeca. Esta vez fue mamá quien la trajo y no vino dentro de una caja de cartón, como la otra, sino envuelta en una frazada color de rosa. Esther y yo presenciamos cómo mamá la colocaba con mucho cuidado en su propia cama hablándole con voz suave, como si ella pudiese oírla. En ese momento, mirando de reojo a Esther, descubrí en su actitud un sospechoso interés por el nuevo juguete que me ha convencido de que debo librarme también de este otro estorbo antes de que me arruine el final de las vacaciones. A pesar de que adivino esta vez una secreta complicidad entre mamá y Esther para proteger la segunda muñeca, no me siento pesimista: ambas se duermen profundamente por las noches, la caja de herramientas de papi está en el mismo lugar y, después de todo, yo ya tengo experiencia en la solución del problema.

FIN

martes, 7 de agosto de 2018

El lector, ¿una especie en extinción? Un artículo de José Carlos Castañeda en Crónica México (www.cronica.com.mx)



Los libros me encantan porque son un objeto mágico: ocultan suspenso, fantasía, mitos, historia. Todo sueño, deseo o pensamiento humano cabe entre sus páginas. Más que respuestas a un enigma, el libro es el jardín donde crecen las preguntas.

La lectura es una experiencia de alto riesgo, algo que podría compararse con el deporte extremo. Este símil proviene de una reflexión de Mario Vargas Llosa. El autor de novelas entrañables, como Conversaciones en la catedral o La Casa Verde, advierte que una persona que “no lee, o lee poco, o lee sólo basura, puede hablar mucho pero dirá siempre pocas cosas, porque dispone de un repertorio mínimo y deficiente de vocablos para expresarse”. Leer es la única forma de enriquecer la experiencia. No es suficiente con vivir. Para expresar lo vivido hace falta contar con un lenguaje y un vocabulario capaz de comunicar los matices de la existencia. Las emociones o los sentimientos tienen connotaciones distintas cuando nuestro léxico acude a la imaginación literaria para mostrar el registro de sus diferencias. ¿Acaso la tristeza es sólo un sinónimo de la melancolía? Las novelas o la literatura es una forma de descubrir esa textura emocional de la vida, que de otra manera se hunde en la rutina ordinaria. Para vivir con intensidad, la literatura ofrece el vocabulario que profundiza la experiencia de los sentimientos. Como relata Flaubert, la Educación Sentimental está en la memoria de lo vivido, en el recuerdo.

En su novela Fahrenheit 451, Ray Bradbury imaginó un mundo amenazado por la destrucción de todos los libros, donde la única resistencia era un acto de memorización. Un lector se responsabiliza de leer una obra completa a un compañero, para conservar una suerte de biblioteca de la memoria, donde cada persona es un libro. De modo que por las calles desfilan Ana Karenina, Rayuela, Pedro Páramo, El Ulises, La Odisea, Fausto o El Quijote. Esta ficción sobre el exterminio del arte literario es una metáfora sobre la manía totalitaria de borrar la creatividad individual.

Unos años atrás, en su ensayo El Canon Occidental, Harold Bloom lanzó una provocación: el fin de la lectura no estriba en la falta de libros, sino quizá en lo contrario. La proliferación de los libros despierta una duda fundamental. ¿Qué leer? ¿Cuáles son los libros que deben elegirse? En un mundo donde cada vez hay menos tiempo para estar a solas con un libro. ¿Cuál es el criterio para leer? ¿Cómo distinguir a un autor de otro? Su propuesta de un Canon creó una polémica. La pregunta es pertinente ante la desaparición de los lectores: ante los millones a autores y libros publicados, ¿cómo elegir?, ¿cómo distinguir? ¿Cuál es el criterio del gusto?

En otro sentido, con una dulce melancolía Giovanni Sartori anunció el fin de la lectura como comportamiento social y le dio la bienvenida al homo videns. Ese cambio de época significa la derrota del lector como protagonista de la vida pública, ahora refugiado en las catacumbas de su biblioteca privada. Uno de los anhelos más profundos de la Ilustración agoniza. El lector como protagonista de la vida pública, como creador de esa esfera de debate racional.

Antes de aprender a leer, los niños controlan la pantalla de un televisor o de la tableta. Su educación comienza en la imagen. El cultivo de la lectura pierde incondicionales. ¿Cuál es la diferencia entre periscopear la vida y leer la existencia? La distinción entre una cultura visual y la cultura escrita. Sartori insiste: la diferencia radica en un dilema clásico. El homo videns sujeta su experiencia a la percepción de los sentidos. El lector abre su universo al campo del pensamiento abstracto, de lo conceptual. Para decirlo con una frase de Séneca: “viviríamos en un lugar demasiado angosto si existiera algo que permaneciese cerrado para el pensamiento”.

sábado, 4 de agosto de 2018

"MIRIAM". Un cuento de Truman Capote.

Desde hacía varios años la señora H. T. Miller vivía sola en un agradable apartamento (dos habitaciones y una cocina pequeña) de un viejo edificio de piedra recién rehabilitado, cerca del río Este. Era viuda: el seguro del señor H. T. Miller le garantizaba una cantidad razonable. Le interesaban pocas cosas, no tenía amigos dignos de mención y rara vez se aventuraba más allá del colmado de la esquina. Los otros habitantes del edificio parecían no reparar en ella: sus ropas eran anodinas; sus facciones, simples, discretas; no usaba maquillaje; llevaba el pelo gris acerado corto y ondulado sin mayor esmero, y en su último cumpleaños había cumplido sesenta y uno. Sus actividades rara vez eran espontáneas: mantenía inmaculados los dos cuartos, fumaba algún cigarrillo de vez en cuando, cocinaba ella misma y cuidaba del canario.

Entonces conoció a Miriam. Nevaba aquella noche. Después de secar los platos de la cena, hojeó un periódico vespertino y dio con el anuncio de una película en un cine de barrio. El título sonaba bien. Le costó trabajo ponerse su abrigo de castor, se anudó las botas impermeables y salió del apartamento. Dejó una luz encendida en el vestíbulo: nada le molestaba tanto como la sensación de oscuridad.

La nieve era fina, caía con suavidad, se disolvía en el pavimento. El viento del río solo dejaba sentir su filo en las esquinas. La señora Miller se apresuró, abstraída, la cabeza inclinada, como un topo que cavara un camino ciego. Se detuvo en una farmacia y compró una caja de pastillas de menta.

Había bastante cola frente a la taquilla; se puso al final. Tendrían que esperar un poco (gruñó una voz cansada). La señora Miller hurgó en su bolso de cuero hasta que reunió el importe exacto de la entrada. La cola parecía que iba para largo; miró a su alrededor, buscando algo que la distrajera; de repente descubrió a una niña bajo el borde de la marquesina.

Su pelo era el más largo y extraño que había visto jamás: de un blanco plateado, como el de un albino; le caía hasta la cintura en franjas sueltas y uniformes. Era delgada, frágil. Su postura —los pulgares en los bolsillos de un abrigo de terciopelo ciruela hecho a medida— tenía una elegancia natural, peculiar.

Sintió una curiosa emoción, y cuando sus miradas se cruzaron, sonrió afectuosamente.

La niña se le acercó:

—¿Podría hacerme un favor?

—Con mucho gusto, si está en mi mano —dijo la señora Miller.

—Oh, es bastante sencillo. Solo quiero que me compre una entrada; si no, no me dejarán entrar. Tome. Tengo el dinero.

Y le tendió graciosamente dos monedas de diez centavos y una de cinco.

Entraron juntas en el cine. Una acomodadora las llevó al vestíbulo; faltaban veinte minutos para que terminara la película.

—Me siento como una auténtica delincuente —dijo la señora Miller en tono alegre; se sentó—. Quiero decir que esto es ilegal, ¿no? Espero no haber hecho nada malo. ¿Tu madre sabe que estás aquí, amor? Lo sabe, ¿no?

La niña guardó silencio. Se desabrochó el abrigo y lo dobló sobre su regazo. Llevaba un cursi vestidito azul oscuro; una cadena de oro pendía de su cuello; sus dedos, sensibles, como los de un músico, jugaban con ella. Al examinarla con mayor atención, la señora Miller decidió que su verdadero rasgo distintivo no era el pelo, sino los ojos: color avellana, firmes, nada infantiles, tan grandes que parecían consumirle el rostro. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 3 de agosto de 2018

Aída Figueroa habla sobre Pablo Neruda (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)


Vídeo. Entrevista a Aída Figueroa amiga del escritor Pablo Neruda. Materiales disponibles en la Biblioteca de Autor Pablo Neruda http://www.cervantesvirtual.com/bib/b.... Biblioteca Nacional de Chile dentro de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Visita la web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes en http://www.cervantesvirtual.com

jueves, 2 de agosto de 2018

La insistencia. "El uso de lo simbólico en la LIJ para nombrar el dolor y un recuerdo de mi tía, la triste": María José Ferrada.

Las posibilidades de pensar lo simbólico en la literatura infantil son engañosas. Porque son muchas y, a la vez, una sola. 

Una sola porque parece imposible pensar la literatura, cualquier literatura, separada del lenguaje simbólico. 

Y muchas, en tanto que el lenguaje simbólico ha intentado, desde la primera palabra, desde el primer dibujo que se hizo al interior de una cueva, nombrar los distintos caminos por los que transita la experiencia humana. 

Ahí estaba, ahí sigue estando, el mundo para mostrarnos su belleza y su dificultad y ahí estábamos, ahí seguimos estando los hombres, intentando dar cuenta. 

De entre todas las posibilidades, hoy me detendré especialmente en la capacidad del lenguaje simbólico para nombrar el dolor y de la insistencia de ciertos símbolos que parecieran reclamar su derecho a irrumpir en nuestro, a ratos adormecido, mundo. 

Como punto de partida usaré dos libros de reciente aparición en Chile. Un diamante en el centro de la tierra, de Jairo Buitrago y Daniel Blanco e Historia de un Oso (adaptación de un cortometraje del mismo nombre) de Antonia Herrera y Gabriel Osorio. 

Dos libros que cuentan la historia de dos abuelos, dos exilios y dos familias quebradas por la dictadura. Los chilenos reconocemos el paisaje, sabemos que se trata de nuestra dictadura, pero bien podría ser cualquier otra. Lamentablemente la historia nos ha enseñado que todas las dictaduras se parecen. Todas dejan abuelos tristes, territorios perdidos y familias rotas. 

Han pasado 43 años desde que tuvieron lugar los hechos que retratan estos libros y su aparición nos muestra la necesidad que tenemos de volver a ellos, insistir, seguir nombrando desde las imágenes y las palabras.
 

María José Ferrada

Periodista y escritora chilena, licenciada en Comunicación Social por la Universidad Diego Portales, estudió Lingüística aplicada a la Traducción en la Universidad de Santiago de Chile y realizó un máster en Estudios Asiáticos en la Universidad de Barcelona. Es una de las escritoras de literatura infantil y juvenil más prolíficas y reconocidas de Iberoamérica. Desde 2005 ha publicado cerca de 30 libros en Chile, Argentina, Colombia, Brasil, México, España e Italia, y recibido numerosos premios. En 2012, fue ganadora el Premio Internacional de Poesía para niñas y niños «Ciudad de Orihuela» por su poemario El idioma secreto (Kalandraka, 2013). En 2014, sus libros Niños (Grafito Ediciones) y Notas al margen (Alfaguara) ganaron los premios literarios más importantes de Chile; el primero hizo historia al recibir el Premio Academia, de la Academia Chilena de la Lengua, a la mejor obra literaria publicada en Chile (primera vez que es otorgado a un título infantil), y el Premio Municipal de Literatura de la Municipalidad de Santiago, en la categoría Juvenil; Notas al margen ganó el Premio Marta Brunet, otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura a la mejor obra de literatura infantil, así como la Medalla Colibrí, de IBBY Chile. Las ilustraciones en esta entrada acompañan sus poemas en Escondido (Ocho Libros, 2014) que en 2016 ganó el Premio Fundación Cuatrogatos. Para conocer más de esta destacada autora te recomendamos esta entrevista que le hizo Bernardita Cruz para la Revista Había una vez.