Mostrando entradas con la etiqueta Ema Wolf. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ema Wolf. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Reflexiones de Ema Wolf para el diario "La Nación"

Género infantil. Esa denominación no me cierra ni me cerró nunca. Que los géneros estén marca-dos por la posible edad del receptor no me convence. Y será porque empecé leyendo literatura en general: primero, los cuentos de Andersen, pero también Salgari y Dumas. A los 9 años me regalaron la colección completa deSandokan, los 14 tomos. Salgari me inició como lectora. En la medida en que los chicos la entiendan y la disfruten, es para ellos. Y también puede ser para los grandes.

Yo creo que escribir es modificar lectores; el texto tiene que tener lo suficiente como para que les resulte familiar y, al mismo tiempo, una cuota de novedad que los haga crecer como lectores. Si hay restricciones, el resultado son personas con vocabulario pobre, que cuando llegan al colegio secundario y se enfrentan con los textos "para adultos" vacilan. Se encuentran con un cúmulo de palabras que los asusta.

Mi lema es "no le des a tu lector lo que no querés que te den a vos o lo que no querías que te dieran cuando tenías 10 años". Me hubiera aburrido la literatura "espejo", que refleja lo que le pasa a un chico o un adolescente. A lo mejor hay lectores que quieren que un libro los muestre en espejo, pero me pregunto si hay material para los pibes de 11, 12 años que buscan que les muestren el mundo. Yo quería que me mostraran todo lo que no conocía.

lunes, 6 de julio de 2015

Confusiones de una autora ante sus lectores Ema Wolf

En esta ponencia, Ema Wolf, mientras va describiéndonos sus visitas que como escritora realiza a distintas escuelas, reflexiona sobre la lectura que se hace en dichas instituciones.

[...] La escuela irrita a veces a los autores.
«Usa» los textos de ficción, los manipula y los trasmuta. Una vez leídos, a los chicos los ponen invariablemente a trabajar con ellos: los hacen hacer dibujos, posters, dramatizaciones, manualidades, redactan nuevos finales y nuevos textos con los mismos personajes, cuando no subrayan las palabras esdrújulas, como si la lectura no pudiera permanecer como pensamiento, interioridad, conversación, y debiera dar prueba física de su existencia, porque ésa es a la vez la prueba de que «sirve». Yo les pregunté a los maestros por qué los hacen trabajar después de leer, nunca encontré una respuesta satisfactoria. Siempre siento que esas prácticas alejan a mis textos de mí, y a los lectores de mis libros, de mis formas deseables de leer. La escuela actúa en función de necesidades que yo no tengo, pero nunca me convencerán de que una maqueta de plastilina, un disfraz de Maruja, un rotafolio, sean extensiones necesarias de mis textos, y tampoco que, después de haber hecho todas esas cosas, los chicos los habrán comprendido mejor, o disfrutado más, o se sentirán más estimulados a leer. [...]


A pesar de estas cosas nuestra escuela -sobra decirlo- es fundamental como promotor a de lectura. La necesitamos muchísimo, y todo lo que me escuchen decir aquí serán apenas variaciones de un único conflicto no resuelto entre la importancia que tiene y le asigno, y el escozor que me causan algunos de sus métodos, que a veces hasta parecen conspirar contra sus propósitos. [...]

Esto viene a cuento de que me inquieta que en la escuela les hablen bien de todos los libros, porque los hace sentirse en falta cuando, o porque son malos o porque no coinciden con sus gustos, los rechazan. ¿Cómo interesarlos en la lectura así? Sólo el que no lee habla bien de todos los libros y de todos los autores, el que lee habla pestes, porque elige, elige todo el tiempo, descarta y se apropia. Entonces si la coyuntura me habilita, como casi siempre ocurre, los aliento para que no se demoren en libros que no les interesan, porque hay muchos mejores esperando, como gatos callejeros, que ellos los adopten. Es mi contribución a aliviarlos del desconcierto y el mandato. Decirles que rechazar libros no los convierte en réprobos de una causa sagrada. [...]

Dado que ellos componen textos, o los hacen componer textos, en clase o en concursos, trato de hacerles ver que un autor también compone «el músico, el escultor también componen, y que las dificultades, en sustancia, no son tan distintas: siempre se trata de maniobrar con esa materia prima, y herramienta a la vez, tan escurridiza que es el idioma. Entonces les comento cuánto se hacen esperar las ideas a veces; cómo algunas no llegan a desarrollarse nunca y quedan en eso, en ideas; la cantidad de información que demandan algunas historias, al punto que a veces tengo que recurrir a los libros de escuela de mis hijos para obtenerla; la cantidad de gente que molesto buscando esa información y las situaciones a veces grotescas que eso genera y que yo disfruto con total conciencia; los fascículos, el diccionario de sin6nimos, la enciclopedia de mi abuela, los recortes y dibujos que hacen como una guardia de cuerpo alrededor; los modestos y extravagantes documentos que me proveen de nombres para los personajes... [...]

Cuesta admitir que las cosas sean tan inciertas. Que la lectura se produzca a los tropezones y por un terreno irregular. Que nada se pueda dar por seguro. Que el lugar de lectura que más necesitamos no sea óptimo. A veces salgo de las escuelas enfurruñada, otras, emocionada, cuando los maestros, sobre todo, los de la escuela pública, armaron una movida de lectura interesante en condiciones adversas.

Por cierto, la escuela siempre me confunde. Es común que me vean como una estrella del patín -tengo que aclarar «no, niños, nadie me pide autógrafos por la calle»- , y no es raro que me vaya con el narcisismo mellado: la maestra pregunta: ¿Cómo se imaginaban a la autora? Más joven, contestan; un niño levanta la mano y afirma, complaciente: «El libro tuyo que más me gustó fue...» y nombra el de otro autor. Pero no importa, a no quejarse, ellos mezclan todo, los libros y los autores, son sus formas de apropiación, desprolijas pero siempre legítimas.


domingo, 7 de junio de 2015

"Si tenés la nariz rota estás leyendo bien". Entrevista a Ema Wolf

"Si escribís un libro para pasar un mensaje sobre la violencia de género puede salirte un lindo mensaje, difícilmente un buen libro."

Aunque fue criada por libros salvajes, lejos de la escuela, su temple es de hada sin apuro. Ema Wolf vino de Buenos Aires a la XV Feria del Libro Infantil y Juvenil a dar una charla sobre escritura para niños, que gusta definir como literatura popular bien jodida de corrección política.

—Algunos sostienen que el goce de leer tiene una relación de dependencia con el manejo técnico del lenguaje.
—De chica sentí una esquizofrenia perfectamente llevadera entre la escuela que me enseñaba a leer, y el afuera que me regalaba a Salgari, Dumas, la colección Robin Hood, Luisa May Alcott. Me hice lectora en casa, a destajo, sin orden ni concierto. Ahora el chico es cautivo de la escuela y no puede elegir, equivocarse, leer lo inadecuado. Yo leía a Stevenson y enseguida los ejemplares de la colección Rastro, que iban al galpón, porque no eran “libros”. Un chico criado a Borges no es un buen lector, el camino lector se construye eligiendo, verificando, rompiéndose la nariz contra determinadas cosas, deshilachando el rumbo. Extraño esa forma de leer, y tampoco me encuentro, como lectora, en mis destinatarios.

—En la charla dijiste que hay que reformularse las preguntas con respecto a las posibilidades de la literatura como ámbito de expansión de la infancia.
—Es riquísima, la literatura, si el maestro y el adulto se abstienen de transformarla en algo útil. Si escribís un libro para pasar un mensaje sobre la violencia de género puede salirte un lindo mensaje, difícilmente un buen libro.