miércoles, 31 de diciembre de 2025

Feliz Navidad y próspero año nuevo / Gabon Zoriontsuak eta urte berri on / Bon Nadal i feliç any nou

Queridos amigos y amigas:
Este año para mi felicitación navideña, a la que acompañan mis mejores deseos para el año que entra, he echado una mirada hacia atrás. Será que me voy haciendo mayor. Nada grave, por cierto. Así, el otro día, miré las primeras entradas que puse en el blog. Estamos hablando de 2012. Ya han pasado trece años. Nuestras vidas son los ríos que van a parar a la mar... dice el poeta. Y encontré la felicitación de aquel año. Y cuando la leí, pensé que hay pensamientos y sentimientos por los que no pasa el tiempo. Además, hay una poesía que en aquella ocasión me atreví a recitar. No llego a ser ni un mediocre rapsoda, pero es una forma más de compartir lecturas, palabras y sentimientos

Un fuerte abrazo y mucha felicidad.
Miguel

Queridas amigas y amigos,
De nuevo, y afortunadamente, un año se nos escapa como arena de entre los dedos. Un tiempo que nos ha dado la oportunidad de construirnos y de crecer en humanidad con otras personas. Por eso, al final del camino o, como en este caso, al dar la vuelta a un recodo, suele ser un buen momento para parar, descansar y echar la vista atrás a fin de coger carrerilla para seguir saltando por la vida llenos de esperanza y de ilusión.
 Ese tiempo, como cualquier tiempo, está lleno de claroscuros: luces y sombras. Por una parte, oscuridad deshumanizadora que, por desgracia, se viene repitiendo desde los primeros albores de la humanidad. Por otra, la claridad del amor que, a pesar de las apariencias, viene desde siempre cegando con su luz esas tinieblas. Porque si abrimos bien los ojos veremos que por cada acto de violencia hay millones de actos de amor; por cada puñetazo hay millones de miradas tiernas; por cada insulto millones de caricias; y por cada agresión millones de besos. Lo triste es que una sola bala sea noticia y no lo sean los millones de miradas tiernas, de caricias y de besos. El mundo, la humanidad no ha sobrevivido gracias a los belicosos personajes que estudiamos en la Historia y que hoy en día inundan los titulares de los medios de comunicación. NO. Estos son los enemigos de la humanidad, los que hacen peligrar su supervivencia. El mundo, la humanidad ha sobrevivido gracias a la ternura, a las caricias, a los besos, a los abrazos, a los actos de solidaridad y de justicia. Y el mundo, si consigue sobrevivir y seguir siendo humanidad y no desaparecer, lo logrará a base de amor. Somos seres que necesitamos del cariño de las otras personas para crecer y vivir. Somos seres portadores de ternura porque estamos hechos de amor. Sólo la violencia ejercida voluntariamente por aquellas personas que renunciaron a ese manantial del que nacieron son las que ponen en peligro nuestra existencia y la de toda la humanidad.

Por eso este es mi deseo y mi compromiso para el año que viene: que sigamos siendo humanidad, que no perdamos nuestros sueños e ilusiones, que luchemos por ellos, que sigamos transformando este mundo, que no nos adaptemos, que no pensemos que lo que sucede pasa porque tiene que pasar, que descubramos que se nos abren trescientas sesenta y cinco oportunidades para seguir llenando este mundo de ternura, caricias, besos y abrazos que alfombren nuestros días con actos de solidaridad y de justicia. Y para empezar a colmar este nuevo año de esperanza, contar con toda mi ternura, caricias, besos y abrazos, de la misma forma que yo cada noche me siento arropado por los vuestros.

Gracias por haber estado ahí un año más. Sed inmensamente felices.

Miguel

Una reflexión shakesperiana sobre el tiempo 
Año Viejo / Año Nuevo
De Troilo y Crésida III. III, WILLIAM SHAKESPEARE



martes, 30 de diciembre de 2025

"LA HISTORIA DE LOS DUENDES QUE SECUESTRARON A UN ENTERRADOR". Un cuento de Charlos Dickens

En una antigua ciudad abacial, en el sur de esta parte del país, hace mucho, pero que muchísimo tiempo -tanto que la historia debe ser cierta porque nuestros tatarabuelos creían realmente en ella-, trabajaba como enterrador y sepulturero del campo santo un tal Gabriel Grub. No se deduce en absoluto de ello que porque un hombre sea enterrador y esté rodeado constantemente por los emblemas de la mortalidad, tenga que ser un hombre melancólico y triste; entre los funerarios se encuentran los tipos más alegres del mundo; en una ocasión tuve el honor de trabar amistad íntima con uno muy silencioso que en su vida privada, fuera de ser necio, era el tipo más cómico y jocoso que haya gorjeado nunca canciones procaces, sin el menor tropiezo en su memoria, ni que haya vaciado nunca el contenido de un buen vaso sin detenerse ni a respirar. Pero no obstante estos precedentes que parecen contrariar la historia, Gabriel Grub era un tipo malparado, intratable y arisco, un hombre taciturno y solitario que no se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada de mimbre que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro alegre que pasaba junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.

Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro el azadón, encendió el farol y se dirigió hacia el cementerio viejo, pues tenía que terminar una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía algo bajo de ánimo pensó que quizá levantara su espíritu si se ponía a trabajar enseguida. En el camino, al subir por una antigua calle, vio la alegre luz de los fuegos chispeantes que brillaban tras los viejos ventanales, y escuchó las fuertes risotadas y los alegres gritos de aquellos que se encontraban reunidos; observó los ajetreados preparativos de la alegría del día siguiente y olfateó los numerosos y sabrosos olores consiguientes que ascendían en forma de nubes vaporosas desde las ventanas de las cocinas. Todo aquello producía rencor y amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos de las casas, cruzaban la carretera a la carrera y antes de que pudieran llamar a la puerta de enfrente, eran recibidos por media docena de pillastres de cabello rizado que se ponían a cacarear a su alrededor mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y otras muchas fuentes de consuelo.

Gabriel caminaba a zancadas en ese feliz estado mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a los saludos bien humorados de aquellos vecinos que pasaban junto a él, hasta que se metía en el oscuro callejón que conducía al cementerio. Gabriel llevaba ya tiempo deseando llegar al callejón oscuro, porque hablando en términos generales era un lugar agradable, taciturno y triste que las gentes de la ciudad no gustaban de frecuentar, salvo a plena luz del día cuando brillaba el sol; por ello se sintió no poco indignado al oír a un joven granuja que cantaba estruendosamente una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo santuario que había recibido el nombre de CALLEJÓN DEL ATAÚD desde la época de la vieja abadía y de los monjes de cabeza afeitada. Mientras Gabriel avanzaba la voz fue haciéndose más cercana y descubrió que procedía de un muchacho pequeño que corría a solas con la intención de unirse a uno de los pequeños grupos de la calle vieja, y que en parte para hacerse compañía a mismo, y en parte como preparativo de la ocasión, vociferaba la canción con la mayor potencia de sus pulmones. Gabriel aguardó a que llegara el muchacho, lo acorraló en una esquina y lo golpeó cinco seis veces en la cabeza con el farol para enseñarle a modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras de sí. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 29 de diciembre de 2025

"LA PATRIA DE CADA DÍA". Un poema de Leopoldo de Luis seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Comparto en este último domingo del año el poema ‘Patria de cada día’, escrito por Leopoldo de Luis, uno de los grandes poetas de la posguerra española. El poema, incluido en el libro ‘Teatro Real’, publicado en 1957, es muy representativo de la poesía social de aquella época, siempre atenta y comprometida con la realidad de la España que les tocó vivir. A la concepción vacua, grandilocuente y mesiánica de patria que promovía el franquismo, y cuyos ecos resuenan todavía, el poeta contrapone una visión más terrenal y laboriosa, la del quehacer cotidiano, la del esfuerzo conjunto de todos, la que se construye con las manos y la esperanza. (Andrea Villarrubia Delgado)

PATRIA DE CADA DÍA

Cada uno en el rumor de sus talleres
a diario la patria se fabrica.
El carpintero la hace de madera
labrada y de virutas amarillas.
El albañil de yeso humilde y blanco
como la luz. El impresor de tinta
que en el sendero del papel se ordena
en menudas hormigas.
De pan y de sudor oscuro el grave
campesino. De fría
plata húmeda y relente
el pescador. El leñador de astillas
con forestal aroma cercenada.
De hondas plumas sombrías
el minero. De indómitas verdades
y hermosura, el artista.

Cada uno hace la patria
con lo que tiene a mano: la sumisa
herramienta, los vivos materiales
de su quehacer, un vaho de fatiga,
una ilusión de amor, y al fin, la rosa
de la esperanza, aún en la sonrisa.

domingo, 28 de diciembre de 2025

"ELLAS TAMBIÉN TEJEN LA 'ODISEA': LAS VOCES FEMENINAS QUE SOSTIENEN EL VIAJE". Joana Rodríguez Pérez y Enrique Ramírez Guedes, Universidad de La Laguna, theconversation.es 14 DIC 2025

En los últimos años el cine ha vuelto a recurrir a la segunda épica homérica para adaptar las historias del héroe griego. En 2025 se estrenó la película El regreso de Ulises del director italiano Uberto Pasolini, protagonizada por Ralph Fiennes y Juliette Binoche, y se espera con ansias la producción dirigida por Cristopher Nolan para julio del 2026.

Esta recurrencia no debe sorprender: ya desde el periodo mudo los cineastas se inspiraron en los textos clásicos para realizar sus producciones atraídos por el tono aventurero que les proporcionaba. No obstante, ¿es la Odisea únicamente el relato de las hazañas de un héroe?

Según una encuesta realizada en 2018 por la BBC, la Odisea es la obra más influyente de la historia. En sus 24 cantos, esta epopeya narra los diez años del regreso de Ulises/Odiseo a su hogar, Ítaca, después de la guerra de Troya. El énfasis se pone en su lucha contra obstáculos naturales, divinos y humanos para volver a casa con su mujer Penélope y su hijo Telémaco.

Pero… imaginemos ahora que abrimos la Odisea con unas nuevas lentes. Más allá del héroe luchando contra monstruos o sorteando tempestades, encontramos una estructura femenina que sostiene la trama. Este enfoque exige reordenar nuestra expectativa: ya no asimilamos la historia de un solo hombre sino que en sus páginas hallamos un amplio universo femenino. Estas mujeres no se limitan a las funciones tradicionales, sino que se convierten en estrategas, mediadoras y guías fundamentales para el desarrollo del viaje.

Desde el comienzo de la epopeya, la presencia femenina es central. La narración se inaugura invocando a la Musa, quien no solo inspira al poeta sino que establece un patrón estructural: la mujer como mediadora entre el conocimiento y la acción, la palabra y el destino.

Este tipo de figuras se configuran como “mujeres guía” y actúan con precisión estratégica, ya que su palabra es motor directo de la acción. Son ellas quienes diseñan rutas, negocian, intervienen en la voluntad divina, eligen los momentos oportunos de ocultamiento o revelación y, en definitiva, desbloquean conflictos y abren sendas.

No obstante, su papel va mucho más allá de asistir al héroe en momentos de dificultad. En la Odisea, las mujeres no solo guían: también piensan, deciden y actúan con una inteligencia tan afinada como la del propio protagonista.

Esa capacidad, conocida en la tradición griega como mêtis –inteligencia práctica, astucia estratégica–, es el rasgo que define a Odiseo. Sin embargo, en el poema no es un atributo exclusivo del héroe. Como señalan autoras como Grace LaFrentz, Odiseo aprende de las mujeres con las que se cruza una forma de mêtis más paciente y calculada, asociada al tejido: urdir planes, tramar soluciones, hilar el tiempo con prudencia…

La metáfora no es casual. La famosa estratagema de Penélope –tejer de día y destejer de noche para ganar tiempo frente a los pretendientes que quieren casarse con ella ante la ausencia de Ulises– es el ejemplo perfecto de esa inteligencia que combina ingenio, autocontrol y estrategia.

Las voces que configuran el viaje

De entre los múltiples personajes femeninos presentes en la epopeya, podemos encontrar modelos paradigmáticos que explican lo que defendíamos anteriormente.

Atenea podría considerarse el mejor ejemplo de la “mujer-guía”. No solo protege al héroe en el Olimpo, sino que diseña sus estrategias, le sugiere disfraces y le da los tiempos justos para actuar. Además, propicia el encuentro con otras mujeres que le ayudarán en momentos cruciales. Su intervención es constante y decisiva.

Helena de Troya aparece en la Odisea ejerciendo un papel de anfitriona y mediadora. En la gran sala de su palacio, junto a su marido y otros hombres, recibe y es la primera en reconocer e interpelar a Telémaco y darle noticias sobre su padre. Nausícaa, por su parte, cumple con una función orientadora muy concreta: al encontrar al náufrago, le indica cómo dirigirse ante su madre, la reina Arete –y no ante su padre, el rey Alcínoo– para ser recibido favorablemente en palacio. Esa mediación no es menor, pues abre la puerta política para que Odiseo tenga el apoyo de la corte feacia para volver a casa.

Calipso, Circe e incluso Ino aportan ayuda desde registros distintos. Lo hacen siendo hospitalarias –como Calipso–, consejeras –como Circe (quien le indica como sortear a las sirenas)– o con su sobrenatural auxilio salvador, como Ino, quien rescata al héroe tras un naufragio dándole un velo mágico que le permite mantenerse a flote y sobrevivir en aguas embravecidas.

Y por supuesto entre todas ellas destaca Penélope. Desde Ítaca, resiste con inteligencia: administra el reino, teje y desteje el sudario de Ulises para dilatar la espera de los pretendientes, decide ponerles a prueba para demostrar quién es digno de casarse con ella –sabiendo que ninguno superará el reto que les marca– y se mantiene firme en su posición todo el tiempo. Su agudeza es incluso reconocida por el héroe al compararla con un venerable rey.

De esta manera, la Odisea deja de ser la historia de un hombre que vuelve para mostrar el tejido de voces femeninas que no son extras sino nodos estratégicos del relato. Asumir esto no resta ni mucho menos valor a la peripecia central. Únicamente reconoce y resalta la importancia de los personajes femeninos que durante tanto tiempo han permanecido ensombrecidos.

sábado, 27 de diciembre de 2025

"LOS PIGMEOS". Un cuento de Nathaniel Hawthorne

En aquellos tiempos, cuando el mundo estaba lleno de portentos y maravillas, había un gigante llamado Anteo, y un pueblo, o mejor dicho un Estado, de hasta un millón de ciudadanos chiquirritines, del tamaño de un palmo y que se llamaban Pigmeos. Este gigante, y estos pigmeos, hijos todos de la misma madre, nuestra abuela Tierra, vivían juntos y en santa paz como buenos hermanos, muy lejos, lejísimos de nosotros, allá en el centro tórrido del África. Y como los pigmeos eran tan diminutos, y había tan dilatados desiertos de arena, y tan escarpadas y ásperas montañas entre ellos y el resto de la especie humana, y entonces no se conocían carreteras ni telégrafos, apenas se sabía de ellos por los cuentos de algún viajero que se aventuraba cada siglo hasta la comarca que habitaban. Por lo que hace al gigante, su estatura colosal podía divisarse a cinco leguas; distancia respetable que aconsejaban la perspectiva y la prudencia al propio tiempo.

En cambio, si la nación pigmea producía, pongo por caso, un ciudadano de seis u ocho pulgadas, desde luego se le clasificaba entre los hombres más grandes que se hubieran conocido, y así era cosa digna de ver y por extremo interesante sus pueblos, y las calles que los cruzaban, anchas de dos a tres palmos, y formadas de edificios casi tan altos como sombrereras. Eso sí, el palacio real tendría las proporciones de mi mesa de escribir, y se alzaba orgulloso en una plaza que fácilmente habría podido entoldarse un día de procesión con la sábana de mi cama. En cuanto a la catedral, obra maestra de un atrevido y famoso arquitecto, era casi tan elevada como un armario ropero y tan grande como mi alcoba, habiendo acumulado en este espacio el arte, la piedad y la magnificencia de los pigmeos cuanto es posible imaginar para ornato de un templo. Los materiales empleados en todas las construcciones referidas no consistían, sin embargo, en piedra y madera, sino en una especie de argamasa muy parecida a la que fabrican ciertos pájaros, con fragmentos de paja, de pluma, de cascara de huevo y otras cosas reunidas mediante tierra arcillosa a manera de mortero; y es lo cierto que, después de bien secas con el sol y el aire se antojaban y eran, en efecto, tan elegantes, cómodas y sólidas cual pudiera desearlas un pigmeo. CONTINUAR LEYENDO

Fuente: "Leer es mi cuento". Ministerio de Cultura y de Educación de Colombia

miércoles, 24 de diciembre de 2025

"LIBROS". Un poema de Felipe Benítez Reyes

En ellos aprendemos ciertas cosas
y nuestra vida es suya en cierto modo.
Los vemos ordenados, pacientes, anhelantes.
Qué raro.
Si pensamos un poco
resultan como extraños -y tan serios-
en nuestra intimidad, pero ya establecidos
saludo y conversación, ¿cómo evitar su influjo,
la magia de su trato agradecido?
Son a ratos corteses y a veces nos hirieron;
oculta en su penumbra vive una luz dorada.

Acabarán quizás en profusos catálogos
de libreros de viejo, sin saber en qué manos,
como antiguas amantes, hallarán su destino.

Morirán con nosotros, velándonos secretos.

Son páginas los sueños de un libro misterioso.

 

lunes, 22 de diciembre de 2025

"¡AY DE LOS VENCIDOS!". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente

Terminar las guerras concediendo al más fuerte todo el botín y la impunidad absoluta solo abre la puerta a nuevas violencias y venganzas

La paz a la fuerza es la última incorporación a nuestro repertorio de paradojas cotidianas. La convivencia se cimenta en la violencia; los nuevos paraísos, sobre los escombros de la destrucción. El abuso y el absurdo del poderoso se aplauden, sin tapujos ni disimulos, como logros diplomáticos. Quien está en posición de debilidad solo tiene la libertad de capitular. La clave de la negociación es halagar al líder, árbitro arbitrario que forja pactos para hacer negocios y colocar una medalla más en su pecho tintineante. La humanidad, tras un breve paréntesis de fe en una imperfecta comunidad internacional, regresa a las viejas costumbres del dominio arrollador de las grandes potencias.

Ciertos gobernantes adornan su afán pacificador con humillaciones públicas, amenazas a los más débiles, agasajos entre líderes autoritarios y declaraciones propias de villanos cinematográficos. Como en una timba de tahúres, recriminan al atacado porque tiene malas cartas. Estos nuevos políticos, tan antiguos, deciden un futuro que tendrá que gustarles a los países invadidos: en boca cerrada no entran bombas. Para ellos —tan defensores de la ley y el orden—, la devastación de ciudades, la destrucción de hospitales, los niños asesinados o los periodistas incómodos descuartizados son, simplemente, cosas que pasan.

En su ensayo Lo llamaron paz, Lauren Benton investiga un patrón habitual en los conflictos bélicos: después de los armisticios y las aclamaciones, suelen continuar las agresiones, amparadas en frases sonoras pero nebulosas, como “derecho a la autodefensa”, “ataques preventivos”, “objetivos estratégicos” y “operaciones especiales”. Los antiguos romanos fueron tal vez los primeros en utilizar el eslogan de la Pax Romana para justificar sus abusos imperiales. Desde entonces, “pacificar” un territorio ha significado con frecuencia conquistarlo. El historiador Tácito dejó constancia de las críticas a la expansión de una Roma soberbia, codiciosa y despótica. Lo hizo a través de las palabras de Calgaco, jefe de las tribus caledonias, en la actual Escocia: “A la rapiña, el asesinato y el robo llaman los romanos por mal nombre gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz”.

Una máxima latina advierte: Vae victis! –¡ay de los vencidos!–. Cuando el ganador posee poder suficiente para aplastar, no existe la compasión: los derrotados sufren todas las injusticias. Los romanos alcanzaban acuerdos con quienes aceptaban su dominación sin rechistar, pero cuando encontraban resistencia eran despiadados. En Numancia o Cartago dejaron huellas milenarias de su crueldad. Después de derrotar a los cartagineses en las dos primeras guerras púnicas, Roma provocó con pretextos una tercera para acabar la tarea y destruirlos por completo. Incendiaron la ciudad, masacraron a la mayoría de la población y vendieron como esclavos al resto. Se dijo que sembraron la tierra con sal para que nada volviera a crecer en el solar de su victoria. La paz del páramo, como denunciaba Calgaco.

Ya desde tiempo de los romanos, el ideal de los imperios camina sobre el filo —de una espada—. Por un lado, les gusta presentarse como adalides de las leyes y civilización —bárbaros y eje del mal, ya lo sabemos, son los demás—. Por otra parte, imponen la lógica de la fuerza desnuda y la paz a palos. Frente a la metrópoli invasora, que se exhibe como benefactora, surgen siempre voces indignadas que desenmascaran las contradicciones chirriantes, los abismos entre la justificación moral y la verdadera conducta. En esas rebeldías tempranas brota el germen del derecho internacional. Avergonzado ante la crueldad de las huestes romanas, Séneca escribió: “Los homicidios individuales los castigamos, pero ¿qué decir de las guerras y del glorioso delito de arrasar pueblos enteros? Elogiamos hechos que se pagarían con la pena de muerte porque los comete quien porta insignias de general”.

El desembarco español en América, rápidamente convertido en sueño de conquista, alumbró una de las más tempranas ―si no la primera— defensa pública de los derechos humanos. En 1510 llegaron a Santo Domingo, sede del Virreinato, los primeros frailes dominicos. Alojados en una choza pequeña, vivían en extrema pobreza. Fray Antonio de Montesinos, graduado en oratoria por la Universidad de Salamanca y fogoso predicador, pronunció el 21 de diciembre de 1511 su célebre sermón de Adviento: “¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? (…) ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”. Allí se encontraba Bartolomé de las Casas, un encomendero que, como después admitió, trataba injustamente a los taínos. Conmovido por la recriminación, se convirtió en testigo comprometido y defensor de la causa. En su Historia de las Indias, recogió aquellas encendidas palabras de Montesinos.

La guarnición española reaccionó con furia. Sin embargo, el domingo siguiente los frailes no solo no se retractaron, sino que añadieron nuevos cargos contra las autoridades, negándoles la absolución mientras no enmendaran su conducta. El virrey Diego Colón se apresuró a enviar una queja a la Corte. Fray Antonio de Montesinos fue llamado a España a rendir cuentas. Un memorial escrito en 1516, probablemente por el cardenal Cisneros, atestigua su persistencia en denunciar y sus exigencias alarmantes acerca del oro: “Un Fray Antonio, dominico, hizo un sermón en la ciudad de Santo Domingo en que dijo que los indios no los podían poseer ni servirse dellos, e que todo el oro que con ellos habían ganado e sacado, lo habían de restituir”. Los frailes obtuvieron una cierta victoria legal: las Leyes de Burgos de 1512, el primer código de ordenanzas para proteger a los pueblos originarios y limitar las demandas de los colonizadores. Pero el oro, claro, nunca se devolvió —esas, en cambio, son cosas que no pasan— y, en la práctica, los abusos continuaron. En 1540 Antonio de Montesinos fue asesinado en la Provincia de Venezuela por un oficial debido a su firme oposición a la explotación de los indígenas. El sermón de Adviento, como el de la Montaña, demuestran que la ley del más fuerte siempre tuvo insubordinados.

Líderes iracundos nos aseguran que vamos a la guerra para hacer del mundo un lugar más seguro, nos hacen creer que las armas abrirán paso a la democracia, nos aleccionan para imponer la paz sin escatimar violencia. En tono condescendiente, invitan a los agredidos a callar y claudicar: vae victis. Sin embargo, “paz” y “pacto” son palabras que comparten raíz y sentido; sin la coherencia de los hechos, no sobreviven los derechos. Terminar las guerras humillando a los derrotados y concediendo al más fuerte todo el botín en la bandeja dorada de la impunidad absoluta solo empedrará el camino hacia nuevas violencias y venganzas. ¿Seguimos en ese sueño tan letárgico dormidos? Cuando los vencedores imponen las condiciones más letales en vez de las legales, nadie está a salvo. Vivir en esa clase de mundo seguro es muy peligroso.

domingo, 21 de diciembre de 2025

"LA RETICENCIA DE LADY ANNE". Un cuento de Saki (Hector Hugh Munro)

Egbert entró en la amplia sala oscura con el aire de quien no sabe si entra a un palomar o a un polvorín y viene preparado para ambas contingencias. No habían rematado la pequeña disputa doméstica sostenida durante el almuerzo, y ahora la cuestión era tantear hasta qué punto lady Anne estaba de humor para renovar o abandonar las hostilidades. Su postura en el sillón junto a la mesa de té era más bien elaborada y tiesa; y en la penumbra de la tarde decembrina los anteojos de Egbert no ayudaban gran cosa a discernir la expresión de su cara.

Para romper el hielo superficial que pudiera existir, Egbert dijo algo sobre lo tenue y místico de la poca luz. Alguno de los dos solía hacer esta observación entre las 4:30 y las 6 en las tardes de invierno y finales de otoño; formaba parte de su vida conyugal. Carecía de respuesta fija, y lady Anne no adelantó ninguna.

Don Tarquinio se encontraba tendido sobre la alfombra persa, calentándose a la lumbre del hogar con majestuosa indiferencia por el posible mal humor de lady Anne. Su pedigrí era tan intachablemente persa como la alfombra, y su pelaje entraba ya en el esplendor de un segundo invierno. El criado, que tenía inclinaciones renacentistas, lo había bautizado don Tarquinio. De ser por ellos, Egbert y lady Anne de seguro le habrían puesto Pelusa; pero no eran personas obstinadas.

Egbert se sirvió el té. Como nada indicaba que el silencio fuera a ser roto por iniciativa de lady Anne, se dispuso a realizar otro esfuerzo heroico.

-Lo que dije al almuerzo tenía intenciones puramente académicas -anunció-; pero parece que le das un sentido innecesariamente personal.

Lady Anne continuó atrincherada en el silencio. El pinzón real llenó aquel vacío con una perezosa melodía de Iphigénie en Tauride. Egbert la reconoció al punto, puesto que era la única tonada que el pinzón sabía silbar, y les había llegado con fama de silbarla. Tanto Egbert como lady Anne habrían preferido algo salido de Terrateniente de la Guardia, la ópera favorita de ambos. En cuestiones artísticas tenían gustos similares. Se inclinaban por lo honesto y explícito en el arte: una lámina, por ejemplo, que pusiera una historia delante de los ojos, con la ayuda generosa del título. Un corcel de guerra sin jinete y con los arreos en patente desorden, que entra trastabillando a un patio lleno de pálidas mujeres al borde del desmayo, y con la anotación marginal de "Malas Nuevas", les sugería la clara lectura de algún desastre militar. No les costaba ver lo que quería comunicar y podían explicarlo a otros amigos de inteligencias más obtusas.

Persistía el silencio. Por regla general, los disgustos de lady Anne se volvían verbales y pronunciadamente desbocados tras cinco minutos de mutismo introductorio. Egbert tomó la jarra de leche y vertió parte de su contenido en el platillo de don Tarquinio. Como el platillo estaba lleno hasta el borde, el resultado fue un feo derrame. Don Tarquinio lo miró con sorprendido interés, que se desvaneció en una esmerada indiferencia cuando Egbert lo llamó a que lamiera algo del líquido rebosado. Don Tarquinio estaba dispuesto a desempeñar muchos papeles en la vida, pero el de aspiradora de alfombras no era uno de ellos.

-¿No crees que nos estamos comportando como un par de tontos? -dijo él de buen humor.

Si lady Anne pensaba igual, no lo expresó.

-Supongo que yo en parte he tenido la culpa -prosiguió Egbert, mientras se le iba evaporando el buen humor-. Mira, después de todo soy humano. Pareces olvidar que soy un ser humano.

Insistía en ello como si corrieran rumores infundados de que tuviese contextura de sátiro, con prolongaciones cabrunas donde la parte humana terminaba.

El pinzón volvió a entonar la melodía de Iphigénie en Tauride. Egbert se iba sintiendo deprimido. Lady Anne no bebía su té. Tal vez se sentía indispuesta. Pero cuando lady Anne se sentía indispuesta no solía ser reservada al respecto. "Nadie sabe lo que me hace sufrir la mala digestión" era una de sus afirmaciones favoritas. Ahora bien, esta ignorancia sólo podía deberse a oídos defectuosos: la información disponible sobre el tema habría suministrado material suficiente para una monografía.

Era evidente que lady Anne no se sentía indispuesta.

Egbert empezaba a creer que recibía un trato irracional; y, naturalmente, comenzó a hacer concesiones.

-Tal vez -observó, centrándose en la alfombra hasta donde se dignó permitirle don Tarquinio- toda la culpa ha sido mía. Estoy dispuesto a emprender una vida mejor, si con eso las cosas recuperan las buenas perspectivas.

Se preguntó vagamente cómo podría lograrlo. Ya entrado en años, las tentaciones le llegaban de modo vacilante y sin mucha insistencia, como un recadero de la carnicería que pide un aguinaldo en febrero con la débil excusa de que olvidaron dárselo en diciembre. No tenía más planes de sucumbir a ellas que de comprar las boas de piel y los cubiertos de pescado que algunas damas se ven forzadas a ofrecer con pérdida, mediante el expediente de las columnas de avisos, durante el año entero. Con todo, había algo impresionante en aquella espontánea renuncia a posibles monstruosidades soterradas.

Lady Anne no dio señas de estar impresionada.

Egbert la miró con inquietud a través de los espejuelos. Llevar la peor parte en una discusión con ella no era nada nuevo. Llevar la peor parte en un monólogo era una humillante novedad.

-Voy a cambiarme para la cena -anunció, con voz a la que pretendió dar una sombra de dureza.

En la puerta, un ataque postrero de debilidad lo impulsó a hacer un nuevo intento.

-¿No estamos siendo muy absurdos?

"¡Qué idiota!" fue el comentario mental de don Tarquinio cuando la puerta se cerró tras la retirada de Egbert; y luego alzó en el aire las aterciopeladas zarpas delanteras y saltó ágilmente a una estantería que estaba justo bajo la jaula del pinzón. Por vez primera parecía notar la existencia del pájaro, pero en realidad llevaba a efecto un viejo plan de ataque, madurado hasta la precisión. El ave, que se había creído una especie de déspota, se comprimió de súbito a un tercio de su porte normal, y echó a batir las alas desesperadamente y a emitir chirridos estridentes. Aunque había costado veintisiete chelines sin la jaula, lady Anne no dio señal de intervenir.

Hacía dos horas que estaba muerta.

FIN

sábado, 20 de diciembre de 2025

"EL SECRETO". Un poema de Denise Levertov

Dos niñas descubren
el secreto de la vida
en un repentino verso de
poesía.

Yo que no conozco el
secreto escribí
el verso. Ellas
me dijeron
(a través de un tercero)

que lo habían encontrado
pero no qué era
ni siquiera
qué verso era. Sin duda

ahora, más de una semana
después, han olvidado
el secreto,
el verso, el nombre del
poema. Las amo
por encontrar lo que no
puedo encontrar,
y por amarme
por el verso que escribí,

y por olvidarlo
y así
mil veces, hasta que la muerte
las encuentre, puedan

descubrirlo otra vez, en otros
versos
en otros
hechos. Y por
querer conocerlo,
por
asumir que hay
tal secreto, sí,
por eso
sobre todo

viernes, 19 de diciembre de 2025

"LA VOZ NACE DEL SILENCIO". Cecilia Bajour. Texto de la conferencia pronunciada el 15° Encuentro Internacional de Narración Oral “Cuenteros y Cuentacuentos” – “Brindar historias”, realizado dentro del marco de la 36a. Exposición Feria Internacional de Buenos Aires. El Libro del Autor al Lector (Buenos Aires, 30 de abril de 2010).

Fui invitada a participar de esta charla porque a los organizadores de este encuentro les interesaron unos escritos míos que se referían a la construcción del silencio en la literatura y a la escucha en situaciones de lectura literaria. Si bien no me estaba refiriendo concretamente a la narración oral, lo que yo había dicho en esas reflexiones les pareció cercano. Me causó curiosidad saber el origen y las posibles causas de esta cercanía en una práctica como la narración oral que se caracteriza por buscar la hospitalidad del silencio para allí compartir la palabra. Me pregunté entonces qué del silencio puede interesar a los narradores orales en relación con sus prácticas. También me pregunté cómo construyen el contrapunto entre voz y silencio y dónde reside lo silencioso para ellos, para ustedes.
Esta charla entonces intentará una serie de acercamientos a modo de hipótesis abiertas a las preguntas y opiniones que ya se vienen haciendo en torno a la relación entre palabra y silencio o las que comiencen a hacerse quizás mientras transcurre esta conversación en la que mi voz se sostiene en la escucha de ustedes. CONTINUAR LEYENDO
Fuente: Revista Imaginaria

jueves, 18 de diciembre de 2025

"El cuento del niño bueno" y "El cuento del niño malo". Dos cuentos de Mark Twain.

Jacob Blivens era un niño "horriblemente bueno", y un fervoroso lector de todos los libros de la escuela dominical. Allí estaba la clave de su extraño comportamiento. Jacob creía y confiaba en todos aquellos niños-modelo de los libros, quería fervientemente ser uno de ellos, y formar parte de alguna de aquellas historias. El único inconveniente era que a Jacob las cosas nunca le salían como en los libros. Su obstinación en imitar a los niños buenos de los cuentos, le significó toda clase de vejaciones y accidentes. Finalmente murió despedazado por una explosión. Su cuerpo quedó distribuido en cuatro pueblos cercanos.

Jim era un niñito malo. A él tampoco las cosas le salían como en los libros de la escuela dominical, donde a los niñitos malos le sucedían accidentes y castigos, y finalmente se veían en la obligación de arrepentirse y pedir perdón. A Jim todo, absolutamente todo le salía de maravillas. Este niño malo tenía muy buena suerte y el final de la historia lo prueba. Creció, se hizo rico, y obtuvo un puesto en la Cámara Legislativa.

De esta forma comienza Marcela Carranza su reseña sobre el libro: "Historia de un niñito bueno. Historia de un niñito malo". Un interesante artículo aparecido en la Revista "Imaginaria". Y añade: 

"No es casual la alusión a Saki al comenzar esta reseña. Tanto Mark Twain (1835-1910) como Saki (Hector Hugh Munro; 1870-1916), son dos grandes maestros del humor, de la ironía. Un humor muy anglosajón, no caben dudas. Y no sólo eso, ambos apuntan sus dardos hacia un mismo objetivo: la literatura para niños moralizante, aburrida, ridícula y pacata, teñida de la religiosidad puritana de aquellos tiempos: los famosos libritos de la escuela dominical "que le secaron el cerebro" al pobre Jacob. El humor es la herramienta que ambos autores utilizan para desenmascarar ese discurso adulto hipócrita destinado a los niños."

Por mi parte, además de recomendaros el artículo de Marcela Carranza, tan sólo me queda dejar a vuestra disposición ambos cuentos.



Para finalizar, tan sólo recordar el aviso para navegantes (profes y demás) de Mark Twain. He aquí lo que escribió al inicio de Las aventuras de Huckleberry Finn (1884):

"AVISO: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración, serán perseguidas. Aquellas que intenten hallar una moraleja, serán desterradas, y las que traten de encontrar un argumento, serán fusiladas". (Twain, M. Las aventuras de Huckleberry Finn, Barcelona: Planteta, 1993, p. 3)

¡¡¡ A VER SIS SE VAN ENTERANDO. QUE NO ME SEAN MÁS PAPISTAS QUE EL PAPA !!!

miércoles, 17 de diciembre de 2025

"ENTONCES". Un poema de Ángel González

Entonces,
en los atardeceres de verano,
el viento
traía desde el campo hasta mi calle
un inestable olor a establo

y a hierba susurrante como un río

que entraba con su canto y con su aroma
en las riberas pálidas del sueño.

Ecos remotos,
sones desprendidos
de aquel rumor,
hilos de una esperanza
poco a poco deshecha,
se apagan dulcemente en la distancia:

ya ayer va susurrante como un río

llevando lo soñado aguas abajo,
hacia la blanca orilla del olvido.

domingo, 14 de diciembre de 2025

"El eterno retorno de Marguerite Duras, la escritora que rompió las reglas, no renunció al placer y siguió su instinto". Cristina Ros, elDiario.es

La escritora Marguerite Duras
La editorial Tusquets recupera dos libros de la escritora francesa: ‘El amante’, considerada su obra maestra, y ‘Escribir’, donde reflexiona sobre el oficio

“Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, pero me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado”. Son las palabras que un hombre dirige a una mujer en uno de los principios más memorables de la historia de la literatura, el de El amante (1984), la novela más emblemática de Marguerite Duras (Saigón, 1914-París, 1996). Esa mujer madura, la narradora, no es otra que su alter ego, que rememora un amor de adolescencia con un hombre chino acaudalado, doce años mayor que ella, en el Vietnam de la Indochina francesa, donde vivió hasta los dieciocho años.

Tusquets ha recuperado la novela con la ya mítica traducción de Ana María Moix, que conserva su intensidad, su cadencia. Porque hablar de Marguerite Duras es hablar de la pasión, de una sed arrolladora de vida que no se deja amedrentar por nada ni por nadie, un fuego que se trasluce en su estilo, tanto el de los libros como el de las películas. Uno de los hilos de El amante es esa relación entre opuestos que desafía convenciones, pero por encima de todo es una confesión de esa etapa en la que la joven narradora se abre al mundo adulto, una etapa en la que por supuesto rompe las reglas, desafía a la autoridad materna, no renuncia al placer y sigue su propio instinto, le salga como le salga.

Las tensiones con la madre son uno de los grandes temas de esta novela, y quizá el más olvidado cuando se la recuerda, por esa costumbre de centrarse tanto, críticos y lectores y adaptadores (de la versión al cine de 1992 no se encargó la autora, sino Jean-Jacques Annaud), en el romance, un romance que tiene la salsa del triple tabú: diferencia étnica, diferencia de edad, diferencia social. Y mucha atracción, porque a los protagonistas los mueve el deseo. Es ahí donde surge el conflicto maternofilial, cuando la hija antepone la satisfacción personal, aunque la lleve a una deriva imprudente, a la disciplina del hogar.

Duras tuvo una infancia traumática, marcada por la muerte temprana del padre —tanto él como la madre eran maestros en el Vietnam colonial—, que sumió a la madre y a sus tres hijos en la inestabilidad y la escasez. La relación de la futura escritora con su progenitora tiene tiranteces y distancias que aumentan a medida que se convierte en una adolescente transgresora, que cruza todos los límites y se atreve a vivir a su manera. De algún modo, la libertad con la que la narradora se entrega a ese amor imprudente es fruto de la educación recibida, una educación que no la alejó de la población autóctona, como a muchos niños occidentales criados en las colonias, sino que le proporcionó una mirada desprejuiciada que se refleja en su concepción artística.

“Veo que mi madre está claramente loca. Veo que Dô y mi hermano siempre han tenido acceso a esa locura. Que yo no, yo aún no la había visto. Que nunca se me había ocurrido que mi madre estaba loca. Lo estaba”, escribe. Es esta naturalidad, con su ritmo hipnótico, lo que cautiva. Son esos arañazos, que aparecen en el relato sin estridencias: “Y después, un día, se acabó. Ahora la madre y los dos hermanos están muertos. También para los recuerdos es demasiado tarde. Ya no sé si los quise. Los abandoné”. La herida se mira con la rotundidad de la joven rebelde, pero también con la mujer madura que mira atrás, sin lamentarse: “Se acabó, ya no lo recuerdo. Por eso ahora escribo tan fácilmente sobre ella, tan largo, tan tendido, ella se ha convertido en escritura corriente”.

Los surcos de ese rostro devastado son los de una piel que ha vivido, que ha tocado y se ha dejado tocar, que ha sufrido inclemencias, que jamás ha temido exponerse al sol, por mucho que pueda quemarla con insolencia. La belleza, una concepción de la belleza que no responde a otro canon que el de la mirada propia, es otro motor de El amante. Frente al silencio, la escasez, la contención y la frialdad del hogar (“En nuestra familia no solo no se celebraba ninguna fiesta”, explica, “sino que tampoco había árbol de Navidad, ni ningún pañuelo bordado, ni ninguna flor”), la protagonista cruza fronteras, colma los deseos de su cuerpo, se deja consentir por el amado, busca las caricias que no encontró en casa en las manos extranjeras del desconocido.
Una escritora que siempre supo que quería serlo

“No merece la pena tener miedo”, sentencia. Lo afirma a propósito de la relación, pero bien podría ser una declaración de principios. También: “Ese quebrantamiento de las mujeres a sí mismas ejercido por ellas mismas siempre me ha parecido un error”. Lo arrebatador de El amante no es el descubrimiento del amor a través de una relación prohibida —¡se han escrito tantas…!—, sino esta mordedura de la narradora irredenta, que da a la aventura el valor de algo más, de un cruce de fronteras que le reveló quién era ella, quién podía ser fuera de las puertas del hogar.

Y ella tenía claro quién quería ser: “Creo que mi vida ha empezado a mostrárseme. […] Escribiré libros. Eso es lo que vislumbro más allá del instante, en el gran desierto bajo cuyos trazos se me aparece la amplitud de mi vida”. Esa revelación de las páginas finales de El amante se complementa con el ensayo que la editorial también ha recuperado, Escribir (1993), en versión de la misma traductora, una obra indispensable para acercarse a la forja de un oficio, a una soledad buscada “para escribir libros que yo aún desconocía, que ni yo ni nadie había concebido aún”.

Quizá todos los escritores fueron niños solitarios; la cuestión es que integrar la soledad en la rutina es una parte esencial del proceso creativo: “La soledad de la escritura es una soledad sin la que lo escrito no se produce, o se desmigaba, exangüe”. Sostiene que hay que mantener una separación de los demás, cuidar el espacio propio dedicado a escribir, en el que no obstante se cuelan invitados indeseados: “La soledad también significa: o la muerte, o el libro. Pero ante todo también significa: el alcohol”. Ella no niega el vicio, las caídas. Escribir no es un manual de buenas prácticas; es un texto tan íntimo como el resto de los suyos, con su carácter, y ahí reside su valor.

“Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que solo la escritura te salvará”. Escribir podría haberse titulado La vida o Confesiones. Porque, para quien dedica su existencia a la escritura, vivir y escribir son inseparables. Se nutren, se respiran, se dan sentido. Ella escribe sin mapas, a la aventura. Sin miedo, dejándose impregnar por las palabras: “Cuando yo escribía en la casa, todo escribía. La escritura estaba en todas partes”. No escribir era caer de nuevo: “Estar perdido sin poder escribir más […]. Entonces es cuando se bebe”.

Ella supo alumbrar el camino para una escritura “salvaje”: “Se alcanza un salvajismo anterior a la vida. […] Una se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe”. Para Duras, la literatura surge del cuerpo, de la experiencia, de la emoción, no tanto para reproducir una vivencia con fidelidad (la memoria es juguetona) como para darle un latido, para que la historia esté viva. Audaz, la autora escribe desde la creación y la destrucción, desde la intimidad y la extrañeza, desde el amor y el dolor, desde la unión y la pérdida. En esos bordes, en las fronteras de los muchos espacios que habitó, está la vida. Solo se puede escribir desde ahí, desde ese punto intermedio. Y sola: “En el libro hay eso: la soledad es la del mundo entero”.

sábado, 13 de diciembre de 2025

"EL CENTINELA". Un cuento de Arthur C. Clarke

Sinopsis: «El Centinela» (The Sentinel) es un cuento de ciencia ficción de Arthur C. Clarke publicado en 1951 en la revista Ten Story Fantasy, que sirvió de inspiración para la película 2001: Una odisea del espacio. Relata la historia de un grupo de exploradores lunares liderados por un geólogo que descubren una misteriosa estructura con forma de pirámide en la meseta de una montaña del Mare Crisium. La expedición, inicialmente centrada en la recolección de minerales y el estudio del terreno, se ve interrumpida por este hallazgo inesperado. La pirámide, que refleja la luz del sol con un brillo metálico, sugiere que no es una formación natural, lo que despierta la curiosidad y el sentido de aventura del equipo. (lecturia.org)

EL CENTINELA

La próxima vez que vean la luna llena allá en lo alto, por el sur, miren cuidadosamente al borde derecho, y dejen que vuestra mirada se deslice a lo largo y hacia arriba de la curva del disco. Alrededor de las 2 del reloj, notarán un óvalo pequeño y oscuro; cualquiera que tenga una vista normal puede encontrarlo fácilmente. Es la gran llanura circundada de murallas, una de las más hermosas de la Luna, llamada Mare Crisium, Mar de las Crisis. De unos quinientos kilómetros de diámetro, y casi completamente rodeada de un anillo de espléndidas montañas, no había sido nunca explorada hasta que entramos en ella a finales del verano de 1996.

Nuestra expedición era importante. Teníamos dos cargueros pesados que habían llevado en vuelo nuestros suministros y equipo desde la principal base lunar de Mare Serenitatis, a ochocientos kilómetros de distancia. Había también tres pequeños cohetes destinados al transporte a corta distancia por regiones que no podían ser cruzadas por nuestros vehículos de superficie. Afortunadamente la mayor parte del Mare Crisium es muy llana. No hay ninguna de las grandes grietas tan corrientes y tan peligrosas en otras partes, y muy pocos cráteres o montañas de tamaño apreciable. Por lo que podíamos juzgar, nuestros poderosos tractores oruga no tendrían dificultad en llevarnos a donde quisiésemos.

Yo era geólogo —o selenólogo, si queremos ser pedantes— al mando de un grupo que exploraba la región meridional del Mare. En una semana habíamos cruzado cien de sus millas, bordeando las faldas de las montañas de lo que había antes sido el antiguo mar, hace unos mil millones de años. Cuando la vida comenzaba sobre la Tierra, estaba ya muriendo aquí. Las aguas se iban retirando a lo largo de aquellos fantásticos acantilados, retirándose hacia el vacío corazón de la Luna. Sobre la tierra que estábamos cruzando, el océano sin mareas había tenido en otros tiempos casi un kilómetro de profundidad, pero ahora el único vestigio de humedad era la escarcha que a veces se podía encontrar en cuevas donde la ardiente luz del sol no penetraba nunca.

Habíamos comenzado nuestro viaje temprano en la lenta aurora lunar, y nos quedaba aún una semana de tiempo terrestre antes del anochecer. Dejábamos nuestro vehículo una media docena de veces al día, y salíamos al exterior en los trajes espaciales para buscar minerales interesantes, o colocar indicaciones para guía de futuros viajeros. Era una rutina sin incidentes. No hay nada peligroso, ni siquiera especialmente emocionante en la exploración lunar. Podíamos vivir cómodamente durante un mes dentro de nuestros tractores a presión, y si nos encontrábamos con dificultades siempre podíamos pedir auxilio por radio y esperar a que una de nuestras naves espaciales viniese a buscarnos. Cuando eso ocurría se armaba siempre un gran alboroto sobre el malgasto de combustible para el cohete, de modo que un tractor solamente enviaba un SOS en caso de verdadera necesidad.

Acabo de decir que no había nada estimulante en la exploración lunar, pero, naturalmente, eso no es cierto. Uno no podía nunca cansarse de aquellas increíbles montañas, mucho más abruptas que las suaves colinas de la Tierra. Cuando doblábamos los cabos y promontorios de aquel desaparecido mar, no sabíamos nunca qué esplendores nos iban a ser revelados. Toda la curva sur del Mare Crisium es un vasto delta donde veinte ríos iban antes al encuentro del océano, alimentados quizá por las torrenciales lluvias que debieron haber batido las montañas en la breve época volcánica cuando la Luna era joven. Cada uno de aquellos valles era una invitación, retándonos a trepar a las desconocidas tierras altas de más allá. Pero aún nos quedaban más de cien kilómetros por recorrer, y no podíamos hacer otra cosa sino contemplar con nostalgia las alturas que otros deberían escalar. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 12 de diciembre de 2025

"DE SENECTUTE". Un poema de Irene Sánchez Carrión seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El título del poema de este primer domingo de diciembre alude a uno de los tratados más relevantes de Marco Tulio Cicerón, ‘De senectute’, una reflexión sobre la edad última de la vida. Su autora, Irene Sánchez Carrión, lo incluyó en el libro ‘Ningún mensaje nuevo’, que obtuvo el XII Premio Internacional de Poesía ‘Antonio Machado en Baeza’. La poeta retoma el título de Cicerón y lo aplica a sus recuerdos de infancia, cuando veía absorta a las mujeres viejas peinar sus trenzas en un moño. Es una mirada delicada hacia una ceremonia a la que día tras día se entregaban tantas mujeres mientras alentaban el curso de las conversaciones. Mujeres enlutadas, viejas antes de tiempo, recluidas, ajenas a cualquier mundanidad. Una vejez, sin embargo, que no renunciaba al acicalamiento y la prestancia. (Andrea Villarrubia Delgado)

DE SENECTUTE

Cuando yo era muy niña
las viejas se peinaban como diosas.
Me gustaba acercarme
y contemplar el sencillo ritual de cada día:
las viejas, sentadas a la puerta,
esperaban tranquilas a sus hijas
que llegaban alegres, bulliciosas,
a deshacer el moño del día anterior.

Con la mirada absorta de la infancia,
observaba caer los escasos cabellos
sobre los hombros secos y la espalda abatida.
Las viejas elevaban hacia el cielo su rostro
con los ojos cerrados
y no podía yo quitar mis ojos
de la piel transparente de sus sienes,
de la azulada red de duras venas,
de los largos mechones apagados.

Así avanzaba otro día,
se tejían las trenzas con esmero,
se trataban asuntos de mujeres,
a veces susurrados,
a veces relatados con viveza,
mientras peinas y horquillas
flotaban en la blanca palangana.

Cuando yo era muy niña
las viejas iban siempre de negro
y vivían cara al sol
en silencio y con los ojos cerrados,
y se peinaban
como si fueran diosas.
Pero aquel elegante recogido
que tanto me gustaba
acababa cubierto por un pañuelo negro,
un día más, oculto.
un día más, perfecto.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

"AMA, Y AMA Y ENSANCHA EL ALMA". De Extremoduro por un coro de niños del CEIP La Latina

Manolo Chinato escribió el poema, Robe Iniesta lo convirtió en un himno, y el coro de niños del CEIP La Latina, al mando de la profesora Mónica Cano, hace magia. Esto se grabó en el año 2018. 

AMA, Y AMA Y ENSANCHA EL ALMA


Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
Que a veces retumbara las montañas
Y escucharais, la mente social-adormecida
Las palabras de amor de mi garganta
Ama
Ama, Chu
Ama
Y ensancha el alma

Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
Que a veces retumbara las montañas
Y escucharais, las mentes social-adormecidas
Las palabras de amor de mi garganta

Los brazos, la mente; y repartíos
Que solo os enseñaron el odio y la avaricia
Yo quiero que todos, como hermanos
Repartamos amores, lágrimas y sonrisas

De pequeño me impusieron las costumbres
Me educaron para hombre adinerado
Pero ahora prefiero ser un indio
Que un importante abogado

Hay que dejar el camino social alquitranado
Porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas
Hay que volar libre al sol y al viento
Repartiendo el amor que tengas dentro

Hay que dejar el camino social alquitranado
Porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas
Hay que volar libre al sol y al viento
Repartiendo el amor que tengas dentro

Hay que dejar el camino social alquitranado
Porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas
Hay que volar libre al sol y al viento
Repartiendo el amor que llevas dentro

Hasta siempre
Déjame llegue la primavera
Y así me paso la vida entera.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Bellezas asustadas. Un cuento de Bohumil Hrabal,

El snack bar del Florenc está igualmente animado desde la mañana, operarios y empleados, viajantes y barrenderos que comen y luego se toman un refrigerio, hay emparedados y seis tipos de ensalada y würstel caliente con mostaza, y sirviendo la cerveza está una giganta de ojos grandes y siempre de buen humor, tras una puerta abierta puede verse el interior de la cocina, tras la puerta de cristal abierta dan vueltas los pollos que se doran, para quién quiera también hay limonada... Y de la cocina húmeda y oscura emergen los camareros con platos de sopa y gulash con knedliky a precios económicos y cerca de la ventana que llega hasta el suelo están sentadas las barrenderas zíngaras con las chaquetas anaranjadas y beben cerveza y sus cabellos negros grasos hacen pensar en Méjico... y también yo como aquí, después compro medio pollo asado para los gatos... y hoy fui de nuevo afortunado, ahí está, de pie, como las otras, está mi vietnamita asustada, come como siempre con mucha finura un pollito, o bien un emparedado, sus pequeños dedos trabajan esbeltos, como si próximo a la boca hiciera al ganchillo un minúsculo centro, come con tanta finura que se distingue rápidamente del resto de la gente que está comiendo, y lleva los vaqueros que le hacen las piernas esbeltas, y una camiseta color limón y como todas sus amigas tiene pequeños senos, con un collarcito, y los cabellos negros... y veo también sus zapatitos de charol en la posición de base de las bailarinas, así como sabía llevar sus zapatitos mi mujer Pipsi y también usted, Aprilina, también usted caminaba por Praga como una de esas vietnamitas asustadas, que saben moverse como piedras preciosas por la calle, las plazas, el metro de Praga... Y dado que les gusta viajar en autobús, las encuentro también allí en la estación de autobuses... Siempre elegantemente vestidas, con los bolsitos en bandolera, o bien con mochilitas coloradas y equipajes colorados sobre la espalda, un poco curvadas hacia adelante, y tienen siempre los dedos juntos, sus manos son en realidad manos de pianista, algunas tienen los dedos además que se tocan como si estuvieran en dos octavas, así como los tenía Federico Chopin... He oído decir que las vietnamitas saben coserse de todo, incluso vaqueros, como si los hubieran cosido trabajando en la Lévi Strauss... Saben incluso coser bajo las marcas de los dedos números y letras coloradas... Y al mismo tiempo siento pena por ellas, porque aquí con nosotros están tan solas, tan abandonadas, tan asustadas... incluso cuando hablan entre ellas, es como si gorjearan estupendos pajaritos, como papagayos que parlotean en vietnamita... CONTINUAR LEYENDO

domingo, 7 de diciembre de 2025

"CARTA AL AÑO 2176". Un poema del poeta bosnio Izet Sarajlic

 

¿Qué?
¿Todavía escucháis a Mendelssohn?
¿Todavía recogéis margaritas?
¿Todavía celebráis los cumpleaños de los niños ?
¿Todavía ponéis nombres de poetas a las calles?
Y a mí, en los años setenta de dos siglos atrás, me aseguraban que los tiempo de la poesía habían pasado, al igual que el juego de las prendas, o leer las estrellas o los bailes en casa de los Rostov.
¡Y yo, tonto casi lo creí!

sábado, 6 de diciembre de 2025

Victoria Camps: “La IA nos ayuda, pero también limita nuestra libertad". Lola Delgado, Theconveration.com

Victoria Camps, catedrática emérita de Filosofía moral y política, es una de las mentes más lúcidas de la filosofía en España. Fue senadora y se desempeñó como presidenta de la Sección Séptima del Consejo de Estado y consejera permanente de este órgano. Haber vivido la política desde dentro le otorga la facultad de analizar con rigor crítico sus limitaciones, contradicciones y retos. Con esta doble mirada habla con nosotros y se pasea por las grandes inquietudes de nuestro tiempo: la conquista de las libertades, el papel de la tecnología, los deseos, la soledad o el individualismo de algunos jóvenes. En su último libro, La sociedad de la desconfianza (Arpa Editores, 2025) analiza por qué hemos dejado de confiar en muchas de las cosas que nos rodean como la política o las instituciones y nos hemos refugiado en círculos íntimos. Entre algoritmos que condicionan nuestras decisiones y vínculos humanos que se debilitan, emergen muchas preguntas urgentes.

¿En qué momento hemos perdido la confianza como sociedad? ¿Es que no confiamos ya en nada?

En casi nada. Confiamos en núcleos pequeños, en el núcleo familiar, en el núcleo de amigos. En la política es evidente que cada vez confiamos menos. Confiamos poco en las instituciones porque no cumplen las expectativas que ponemos en ellas. Confiamos poco en las grandes corporaciones y en esas empresas que deberían darnos servicios. Cuesta mucho entender que las eléctricas o los bancos, es decir, las grandes compañías, no nos ayuden. La inteligencia artificial lo hace, y eso es un progreso, pero también nos complica la vida. En muchas ocasiones, las relaciones personales han ido decreciendo porque todo lo hacemos a través de pantallas, a través de máquinas, a través de robots que nos contestan. Vivimos en un mundo que se nos hace bastante hostil, todo ha empeorado por ese clima de polarización, de confrontación, de guerras que parecen cotidianas y con las que no hay manera de acabar. En fin, necesitamos dar un salto hacia adelante que resulte realmente prometedor. La sociedad está cambiando mucho, hay necesidades muy nuevas. Gran parte de la sociedad tiene la impresión de que todo es caótico a su alrededor: guerras, migrantes perseguidos, odio, cambio climático, nacionalismos, líderes extremistas…

¿Estamos en un periodo histórico especialmente pesimista?

El siglo pasado fue un siglo malo, un siglo de dos grandes guerras en las que murió mucha gente, donde se perdieron muchas cosas. Pero luego hubo un rebrote que permitió hacer la Declaración Universal de los Derechos Humanos y, por ejemplo, crear el estado de bienestar en Europa. Ahora tenemos más conciencia que antes de los peligros del fascismo. Los Estados están más estructurados democráticamente, con poderes separados (aunque a veces no lo parezca) que intentan, en definitiva, frenar los despropósitos. Pero ha habido, por supuesto, épocas socialmente malas. Ha habido épocas de grandes retrocesos. Ahora sería el momento de dar un salto hacia un mundo distinto, hacer un cambio, una revolución. Si miramos atrás en la historia, vemos un cierto progreso. El propio liberalismo fue un progreso al considerar que el sujeto, el ser humano, debía ser considerado un sujeto libre, un sujeto de libertades básicas. Luego eso ha evolucionado de una forma indebida, porque ese sujeto libre no ha sabido autolimitarse. Por eso hay que esperar. A pesar de la desconfianza, hay que tener esperanza en que, si algo puede mejorar, dependerá de nosotros. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 5 de diciembre de 2025

"ENCENDER UNA HOGUERA". Un espeluznante cuento de Jack London

Acababa de amanecer un día gris y frío, enormemente gris y frío, cuando el hombre abandonó la ruta principal del Yukón y trepó el alto terraplén por donde un sendero apenas visible y escasamente transitado se abría hacia el este entre bosques de gruesos abetos. La ladera era muy pronunciada, y al llegar a la cumbre el hombre se detuvo a cobrar aliento, disculpándose a sí mismo el descanso con el pretexto de mirar su reloj. Eran las nueve en punto. Aunque no había en el cielo una sola nube, no se veía el sol ni se vislumbraba siquiera su destello. Era un día despejado y, sin embargo, cubría la superficie de las cosas una especie de manto intangible, una melancolía sutil que oscurecía el ambiente, y se debía a la ausencia de sol. El hecho no le preocupaba. Estaba hecho a la ausencia de sol. Habían pasado ya muchos días desde que lo había visto por última vez, y sabía que habían de pasar muchos más antes de que su órbita alentadora asomara fugazmente por el horizonte para ocultarse prontamente a su vista en dirección al sur.

Echó una mirada atrás, al camino que había recorrido. El Yukón, de una milla de anchura, yacía oculto bajo una capa de tres pies de hielo, sobre la que se habían acumulado otros tantos pies de nieve. Era un manto de un blanco inmaculado, y que formaba suaves ondulaciones. Hasta donde alcanzaba su vista se extendía la blancura ininterrumpida, a excepción de una línea oscura que partiendo de una isla cubierta de abetos se curvaba y retorcía en dirección al sur y se curvaba y retorcía de nuevo en dirección al norte, donde desaparecía tras otra isla igualmente cubierta de abetos. Esa línea oscura era el camino, la ruta principal que se prolongaba a lo largo de quinientas millas, hasta llegar al Paso de Chilcoot, a Dyea y al agua salada en dirección al sur, y en dirección al norte setenta millas hasta Dawson, mil millas hasta Nulato y mil quinientas más después, para morir en St. Michael, a orillas del Mar de Bering.

Pero todo aquello (la línea fina, prolongada y misteriosa, la ausencia del sol en el cielo, el inmenso frío y la luz extraña y sombría que dominaba todo) no le produjo al hombre ninguna impresión. No es que estuviera muy acostumbrado a ello; era un recién llegado a esas tierras, un chechaquo, y aquel era su primer invierno. Lo que le pasaba es que carecía de imaginación. Era rápido y agudo para las cosas de la vida, pero sólo para las cosas, y no para calar en los significados de las cosas. Cincuenta grados bajo cero significaban unos ochenta grados bajo el punto de congelación. El hecho se traducía en un frío desagradable, y eso era todo. No lo inducía a meditar sobre la susceptibilidad de la criatura humana a las bajas temperaturas, ni sobre la fragilidad general del hombre, capaz sólo de vivir dentro de unos límites estrechos de frío y de calor, ni lo llevaba tampoco a perderse en conjeturas acerca de la inmortalidad o de la función que cumple el ser humano en el universo. Cincuenta grados bajo cero significaban para él la quemadura del hielo que provocaba dolor, y de la que había que protegerse por medio de manoplas, orejeras, mocasines y calcetines de lana. Cincuenta grados bajo cero se reducían para él a eso... a cincuenta grados bajo cero. Que pudieran significar algo más, era una idea que no hallaba cabida en su mente. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 4 de diciembre de 2025

"PENÉLOPE". Un poema de Antonio Rivero Taravillo seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Un invierno en otoño’ es el título del último libro que publicó el poeta Antonio Rivero Taravillo unos meses antes de morir. Con él obtuvo el XXV Premio de Poesía ‘Paul Beckett’ y ha sido publicado por la editorial BajAmar en 2025. Poeta, traductor y ensayista, Antonio Rivero hace de la experiencia de la enfermedad y la amenaza de la muerte una obra poética. No es fácil, ni es grato. La poesía, sin embargo, le permite hablar, lo cual es ya un alivio, una forma de celebrar la vida que se apaga. He elegido el poema titulado ‘Penélope’, uno de los últimos del libro y en él, ante la sombra de la muerte, rescata el mito homérico y con gran ternura dirige sus ojos a su esposa, consolándola y, a diferencia de Ulises, animándola al amor, a la esperanza. (Andrea Villarrubia Delgado

PENÉLOPE

Si falto (que lo haré)… Cuando yo falte…
Cuando yo falte, muchos rondarán
tus caminos, esposa. Pretendientes
llenarán toda Ítaca de lánguidas
miradas y guiños y piropos
buscando acceso a tu belleza triste.

Los comprendo, también yo haría lo mismo.
También yo hice lo mismo
por alcanzarte.
Haz lo que quieras, no destejas
y tejas aquel manto de la historia:
no mataré a ninguno, muerto ya.

Te esperaré
-tuya será la larga travesía-,
besando tu recuerdo que me turba,
en el Hades de sombra y de ausencia.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

"EL ASCENSO EDUCATIVO DEL SUR DE EEUU: CUATRO LECCIONES PARA ESPAÑA". Lucas Gortazar, País

Una clase en EE UU
Mientras buena parte de los países occidentales encadenan caídas reales en resultados de aprendizaje, en los Estados sureños se está produciendo una revolución de política educativa que rompe muchos esquemas

Mientras buena parte de los países occidentales -incluida España- encadenan caídas reales en resultados de aprendizaje, en los estados del sur de Estados Unidos se está produciendo una revolución de política educativa que está rompiendo muchos esquemas.

En España, Europa y buena parte de Estados Unidos, seguimos enfrascados en debates menores atravesados por dinámicas de poder entre actores. Las administraciones no son capaces de poner en marcha políticas e incentivos con objetivos claros y medibles para mejorar el aprendizaje real del alumnado, cuando este se ha convertido en el principal reto de los sistemas educativos modernos.

Tanto en el qué como, sobre todo, en el cómo, el llamado “Ascenso del Sur” (Southern Surge) no tiene precedentes. Varios de los estados más pobres de Estados Unidos, como Luisiana, Tennessee, Misisipi o Alabama, históricamente a la cola en lectura y matemáticas en primaria según las pruebas NAEP, han protagonizado una de las historias de mejora más relevantes en un contexto de caída generalizada iniciado en 2013.

El caso de Misisipi es ilustrativo: pasó de ser el estado con peores niveles de lectura en 4º de primaria a alcanzar la media nacional, y lo logró elevando de los resultados de la minoría negra: en solo 20 años los alumnos afroamericanos de Mississipi pasaron de ocupar el puesto 43 al tercer puesto a nivel nacional. En Tennessee, la mejora en 8º curso fue la más rápida de todo el país. No fue magia. Tampoco los impuestos, como diría el meme. Fue inversión inteligente, y, sobre todo, una concienzuda implementación. Estas son las cuatro “lecciones sureñas” que merecen la pena ser tenidas en cuenta.

1. Tomarse en serio los materiales curriculares de lectura y matemáticas. En lectura, muchos estados y distritos en USA se han posicionado históricamente en favor de la lectura global (en vez de la fonética), la cual ha mostrado resultados desastrosos. Sin embargo, los estados del sur cambiaron la estrategia y optaron por una enseñanza explícita y sistemática en fonética, fonología y conciencia morfológica. Además, contra la tendencia nacional, se promovieron planes de lectura con textos ricos que incorporaron un abanico de conocimientos amplio de historia, ciencia o geografía. Esto último es quizás lo más relevante para el caso español, que aun habiendo acertado desde hace décadas con un modelo de lectura basado en la fonética, se mantiene en el bucle infinito separando contenidos y competencias como si no fueran parte de lo mismo. En matemáticas, además, se ha puesto el foco en retomar unos estándares claros de aprendizaje y en asegurar que los maestros de primaria tuvieran una comprensión profunda de la materia. El objetivo era una enseñanza basada en principios matemáticos sólidos y con una secuencia lógica, demostrando que la innovación no está reñida con la disciplina académica. Quizás lo más importante es que, mientras en Estados Unidos es habitual que los estados evalúen los materiales que van a entrar en sus escuelas, en España seguimos sin desarrollar instituciones que revisen dichos materiales. Después nos llevamos las manos a la cabeza con los recién llegados, que, por cierto, sí han pasado esos controles en sistemas avanzados como el norteamericano.

2. Repensar la repetición de curso en Primaria. Varios de estos estados adoptaron controvertidas leyes que promueven la repetición de curso alrededor de los 8 o 9 años, y solo una vez. Esta medida, hoy residual en la mayoría de los países del mundo en Primaria, perseguía un fin muy sencillo. Asegurarse que todos los alumnos sabían leer antes de poder aprender leyendo. La herramienta no era sumativa sino formativa (y por tanto de prevención temprana), ya que todos los alumnos que repiten o están en riesgo de hacerlo reciben un apoyo intensificado e individualizado antes, durante y después de este proceso. Evaluaciones causales de la medida muestra que, efectivamente, al combinar la medida con medidas de acompañamiento y refuerzo, el efecto ha sido positivo en lectura y matemáticas en el corto plazo (ver aquí, aquí o aquí). Esto es algo sorprendente pues toda la literatura causal de la repetición en secundaria muestra un impacto notablemente negativo en la continuación de los estudios.

3. La implementación, la clave de bóveda. En lugar de financiar proyectos dispersos y sin evaluar, los estados sureños invirtieron los recursos en implementar bien su nueva visión. Esto significó varias cosas. Primero, las ya citadas revisiones exhaustivas y profesionales del material curricular que entraba en las aulas; segundo, el desarrollo de materiales y guías con docentes, incorporando casos de uso prácticos para formar a todo el profesorado (con una remuneración aparte); tercero, la contratación de figuras intermedias (formadores, coaches, especialistas) para formar a todo el profesorado buscando el tiempo necesario para dar esa formación. Por ejemplo, en el caso de Tennessee, los datos muestran que el 96% del profesorado recibió formación sobre uso de materiales y guías sobre la enseñanza de la lectura.

4. El progreso real implica un uso intensivo de datos para su seguimiento. Conviene desterrar la caricatura habitual, que suele proteger de manera poco elegante un modelo opaco y de baja responsabilidad del sector educativo. Evaluar periódicamente si un niño de 10 años comprende un texto escrito no es ser resultadista (o neoliberal): es proteger de manera radical su derecho a la educación. El Southern Surge se sostuvo con una gestión de datos ejemplar. Se hizo un seguimiento riguroso de todo: desde la formación del profesorado hasta el aprendizaje de los alumnos. Los datos no solo se usaban para medir el resultado final, sino para ajustar la implementación en tiempo real. La clave no era tener datos, sino usarlos para la toma de decisiones pedagógicas a nivel de centro en todo momento.

El “Ascenso del Sur” es difícil de digerir en nuestro sector, tan polarizado y pesimista, porque tiene a la vez ingredientes que pueden percibidos como conservadores (repetición, estándares, evaluación intensiva) y progresistas (inversión pública adicional, foco en equidad y apoyo al profesorado). Y porque ha abordado sin excusas tanto los procesos (contar con docentes y acompañarlos) como los resultados (se han reducido o protegido el aumento de las brechas de aprendizaje). Lo que está ocurriendo en un lugar tan insospechado como los estados sureños - todos ellos gobernados por administraciones republicanas, por cierto- invita en todo caso a la reflexión.La realidad es que debemos comenzar, de manera radical, a hacer política educativa de otra forma, pensando más en el cómo y no tanto en el qué. Como decía Michael Barber, asesor en materia de educación de los gobiernos de Blair y Brown en el Reino Unido, que tantas mejoras de financiación y resultados trajeron: “pensamos que en política educativa el 90% del éxito viene de tener buenas ideas y el 10% restante de implementarlas; pero es justo al revés. Solo el 10 por ciento tiene que ver con decidir qué se quiere hacer; el otro 90 por ciento son la sangre, sudor y lágrimas de una implementación implacable”.