-"No es posible crecer en la intolerancia. El educador coherentemente progresista sabe que estar demasiado seguro de sus certezas puede conducirlo a considerar que fuera de ellas no hay salvación. El intolerante es autoritario y mesiánico. Por eso mismo en nada ayuda al desarrollo de la democracia." (Paulo Freire). - "Las razones no se transmiten, se engendran, por cooperación, en el diálogo." (Antonio Machado). - “La ética no se dice, la ética se muestra”. (Wittgenstein)
martes, 17 de enero de 2017
EL FRÍO LLEGA A LA LITERATURA. Biblioteca escolar del C.P. La Paz de Albacete.
OS PRESENTAMOS UN LIBRO CON EL QUE PRETENDEMOS AFRONTAR ESTE MES DE ENERO Y QUE POR AHORA ES TODO UN ÉXITO EN LAS AULAS.
Autor: Sebastian Meschenmoser
Ilustrador: Sebastian Meschenmoser
Traducción: Margarita Santos Cuesta
Editorial: Fondo de Cultura Económica México D.F., 2013
Seleccionado por: Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
Edad recomendada: De 6 a 8 años
Este libro trata de: Estaciones del año, Bosques, Invierno, Amistad, Amigos, Curiosidad
EXQUISITAS ILUSTRACIONES NOS LLEVAN A ENAMORARNOS PERDIDAMENTE DE ÉL Y LA TRAMA! HILARANTE:
El comienzo del invierno está llegando y los animales se preparan para invernar en el bosque. Martín, desea estar despierto para ver cómo son los copos de nieve. Les pide a sus amigos que lo acompañen para no dormirse, pero ninguno ha visto la nieve, no saben cómo es y lo que tienen que esperar. Las ilustraciones a lápiz, con colores suaves y armoniosos, nos muestran la espera ansiada de la primera nevada, donde los amigos con alegría la empiezan a disfrutar. El autor, Sebastian Meschenmoser, consigue que el lector se meta de lleno en la historia gracias al dominio del dibujo y al lenguaje sencillo, sin artificiosidad.
LA HISTORIA SE ASEMEJA A LA EXPERIENCIA DE LOS NIÑOS DE INFANTIL CON LA NIEVE, MUCHOS NO LA HAN VISTO NUNCA Y ESTA SEMANA PUEDE QUE NIEVE...
Fuente: Biblioteca Escolar del C.P. La Paz de Albacete
"Arrojar las palabras". Un artículo de Rosa Montero sobre la muerte (El País Semanal)
En más de una ocasión, cuando me entrevistan por mis novelas, ha llegado un periodista y me ha dicho: “¿Y por qué escribes sobre la muerte?”. Es una pregunta que me deja turulata: ¿es que acaso uno puede dejar de escribir sobre eso? Siempre siento la tentación de responder: lo siento mucho, querido, pero tengo que darte una malísima noticia: te vas a morir. Porque creo que es una cuestión que sólo se puede plantear desde la más completa negación de la muerte y, por lo tanto, desde el desconocimiento de lo que es la vida.
Todos los seres humanos estamos marcados por nuestra finitud. Somos lo que hacemos contra la muerte. Y pensar en ello no es una pintoresca obsesión que sólo sufrimos unos cuantos chalados, sino que es el eje vertebrador de la realidad de todos. El budismo, por ejemplo, se originó hace 2.500 años cuando, según la leyenda, el príncipe Siddhartha Gautama, a quien su bondadoso padre mantenía encerrado en un palacio y rodeado de belleza para que fuera feliz, se escapó de su prisión dorada y se topó con un enfermo, con un anciano y con un cadáver. Ante esta horrible verdad, para neutralizarla, para defenderse, Gautama creó una de las religiones más poderosas del planeta. De hecho todas las religiones son un intento de colocar la muerte en un lugar mental que dé sentido a la vida, pero me gusta que el budismo lo reconozca con tanta claridad.
El manejo de la muerte, la propia y la de los seres queridos, siempre es conflictivo. Pero a medida que envejezco voy teniendo más claro que, si aspiras a vivir con serenidad y plenitud, primero tienes que llegar a un acuerdo con la parca. Con la Ladrona de Dulzuras, como la llaman en Las mil y una noches. Nuestra sociedad no nos pone esto fácil, porque se dedica a escamotearnos la muerte. La gente fallece en los hospitales, sólo vemos cadáveres en la serie televisiva CSI, huimos de los ritos mortuorios y cada vez utilizamos más eufemismos: parece de mal gusto hablar de defunciones y de difuntos. No creo que eso nos ayude a paliar el miedo.
“A medida que envejezco voy teniendo más claro que, si aspiras a vivir con serenidad y plenitud, primero tienes que llegar a un acuerdo con la parca”.
Hay un libro extraordinario del que ya he escrito en más ocasiones, Ayudar a morir, de la doctora Iona Heath, que dice: “La muerte forma parte de la vida y es parte del relato de una vida. Es la última oportunidad de hallar un significado y de dar un sentido coherente a lo que pasó antes”. Muy cierto. Me viene ahora a la memoria aquel magnífico programa de televisión, Epílogo, en el que Begoña Aranguren hablaba con personajes famosos en una charla que sólo se emitía tras la muerte del entrevistado. Es una idea formidable: palabras dichas en vida pero pensadas póstumas, un resumen de tu existencia hecho por ti mismo, un tenue rastro de emociones y de reflexiones depositado en el vacío de tu ausencia.
Curiosamente se acaba de crear una empresa que parte de un planteamiento similar. Se llama Hasta Siempre y ofrece sus servicios para “dejar un testamento emocional” por medio de un vídeo que ellos ayudan a preparar con el consejo de psicólogos, filman, editan con música y después guardan en lugar seguro y confidencial hasta el fallecimiento del cliente, momento en que lo entregan en mano a las personas designadas para verlo. “Los mensajes pueden ser de agradecimiento, de perdón, de arrepentimiento, de amor, de conflictos no resueltos, de cosas jamás dichas, etcétera. También otros menos complicados tipo consejos de la abuela a sus nietos o la historia de la familia o, incluso, recetas familiares”, explican.
Es una propuesta ingeniosa, aunque no me gusta mucho su página web: tiene ese tono superficial y radiante, todo sonrisas y alegría, que poseen algunos cementerios modernos, que a veces parecen más centros deportivos que camposantos. En una pestaña llamada Tienda puedes comprar el paquete básico (299 euros) o el paquete premium (499), y también me chirría un poco que, puestos a trabajar en el territorio último de la veracidad, recurran a ese zafio truco comercial de rebajar un euro para que las cifras no parezcan tan abultadas, como si estuvieran vendiendo detergente en el supermercado. Pero la idea es atinada, es sustancial, es consoladora. Qué otra cosa podemos hacer contra el pozo negro de la muerte sino arrojar palabras.
Nota: AQUÍ podéis acceder a la entrada que hice sobre el libro "Ayudar a morir"
Poesía para dormir
Libre Albedrío publica ¿Qué soñarán las camas?, un libro, ilustrado por Ester García y escrito por Mar Benegas, que nos introduce en el mundo de los sueños a través de la poesía.
Los textos, a veces divertidos, a veces llenos de nostalgia, reflexionan sobre los mundos oníricos y los sueños infantiles. Y el volumen puede llegar a ser tan reconfortante como una nana susurrada al oído, porque “cuando lees en voz alta en el borde de la cama de tus hijos, en realidad estás en la orilla del mar, en un embarcadero, y empujas suavemente, con esa historia, su barco”.
Fuente: Biblioteca Virtual Cervantes
lunes, 16 de enero de 2017
domingo, 15 de enero de 2017
"El negrito de los ojos azules". Un cuento de Ana Mª Matute
Una noche nació un niño.
Supieron que
era tonto porque no lloraba y estaba negro como el cielo. Lo dejaron en un
cesto, y el gato le lamía la cara. Pero, luego, tuvo envidia y le sacó los
ojos. Los ojos eran azul oscuro, con muchas cintas encarnadas. Ni siquiera entonces
lloró el niño, y todos lo olvidaron.
El niño
crecía poco a poco, dentro del cesto, y el gato, que le odiaba, le hacía daño.
Mas él no se defendía porque era ciego.
Un día llegó
a él un viento muy dulce. Se levantó, y con los brazos extendidos y las manos
abiertas, como abanicos, salió por la ventana.
Fuera, el
sol ardía. El niño tonto avanzó por entre una hilera de árboles, que olían a
verde mojado y dejaban sombra oscura en el suelo. Al entrar en ella, el niño se
quedó quieto, como si bebiera música. Y supo que le hacían falta, mucha falta,
sus dos ojos azules.
—Eran azules
—dijo el niño negro
—. Azules,
como chocar de jarros, el silbido del tren, el frío. ¿Dónde estarán mis ojos
azules? ¿Quién me devolverá mis ojos azules?
Pero tampoco
lloró, y se sentó en el suelo. A esperar, a esperar.
Sonaron el
tambor y la pandereta, los cascabeles, el frufrú de las faldas amarillas y el
suave rastreo de los pies descalzos. Llegaron dos gitanas, con un oso grande. Pobre oso grande, con la piel agujereada. Las gitanas vieron al niño tonto y negro. Le vieron quieto, las manos en las rodillas, las cuencas de los ojos rojas y frescas, y no le creyeronvivo. Pero
el oso, al mirar su cara negra, dejó de bailar. Y se puso a gemir y llorar por
él.
Las gitanas
hostigaron al animal: le pegaron, y le maldijeron sus palabras de cuchillo.
Hasta que sintieron en el espinazo un aliento de brujas y se alejaron, con pies
de culebra. Ataron una cuerda al cuello del oso y se lo llevaron a rastras,
llenas de polvo.
Cayeron
todas las hojas de los árboles, y, en lugar de la sombra, bañó al niño tonto el
color rojo y dorado. Los troncos se hicieron negros y muy hermosos. El sol
corría carretera adelante cuando apareció, a lo lejos, un perro color canela
que no tenía dueño. El niño sintió sus pasos cerca y creyó oír que le daba
vueltas a la cola, como un molino. Pensó que estaba contento.
—Dime, perro
sin amo, ¿viste mis dos ojos azules?
El perro
puso las patas en sus hombros y lamió su cabeza de uvas negras. Luego, lloró
largamente, muy largamente. Sus ladridos se iban detrás del sol, ya escondido
en el país de las montañas.
Cuando
volvió el día, el niño dejó de respirar. El perro, tendido a sus pies toda la
noche, derramó dos lágrimas. Tintinearon, como pequeñas campanillas.
Acostumbrado a andar en la tierra, con las uñas hizo un hondo agujero que olía
a lluvia y a gusanitos partidos, a mariquitas rojas punteadas de negro.
Escondió al niño dentro. Bien escondido, para que nadie, ni los ocultos ríos,
ni los gnomos, ni las feroces hormigas, le encontraran.
Llegó el
tiempo de los aguaceros y del aroma tibio, y florecieron dos miosotis gemelos
en la tierra roja del niño tonto y negro.
FIN
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