miércoles, 28 de octubre de 2026

"EL RENCOR Y LA SOBERBIA". Luis García Montero, infoLibre.es

Uno se pone a escribir de forma ilusionada un poema de amor y de pronto empieza a dar vueltas la palabra deseo

Los buenos poetas aprenden que para escribir conviene conocer el carácter de las palabras. Así es, porque las palabras son seres vivos que se mueven por la realidad sin someterse a un significado establecido. Van de un sitio para otro. No se debe nunca, desde luego, olvidar el significado original de las palabras. Al utilizarlas, nombramos el mar, el amor, la tierra, la salud, la escuela, los hijos, los abuelos, el trabajo, el día o la noche…, y en ese ámbito humano podemos entendernos para caminar por las orillas, abrir la ventana, comprender el estado de la luz y cuidar a la familia. Pero a la hora de escribir también resulta necesario elegir con cuidado el uso de las palabras, meditar sobre lo que resulta oportuno elegir o borrar, los matices y las prisas, porque las palabras son seres vivos y pueden enfermar, podemos enfermar, en el interior de la conciencia.

Uno se pone a escribir de forma ilusionada un poema de amor y de pronto empieza a dar vueltas la palabra deseo. Quizá no resulta pertinente utilizarla en esta ocasión, pero el deseo insiste, se enfada, grita, aquí estoy yo, nos recuerda lo importante que fue en otros poemas, el papel que jugó, el valor que tiene, su convencimiento de ser indispensable en la retórica de la vida y en las relaciones nacionales o internacionales del vocabulario. Así que la palabra deseo se pone insoportable y exige estar, porque necesita ser, y quiere ser para estar y estar para ser. Nada más y nada menos. Muy rencorosa la palabra deseo si uno piensa que en este momento ya no hace falta contar con ella.

Pero otras veces el problema no es el rencor. Algunos desplazamientos internos son significativos porque las sílabas se desnudan para hacer presente su soberbia. Debajo de los rencores suelen esconderse las soberbias. Uno dice que está bien, que ya vale, que va a utilizar la palabra deseo y le busca cabida en el poema para mantener un diálogo sensato entre la realidad y el deseo. Pero entonces el deseo se crece, pasa del orgullo a la soberbia y se pone a mirar desde las alturas a todos los verbos y a todas las adjetivaciones, da codazos a cualquier sustantivo, salta por los complementos directos hacia los complementos indirectos. Acaba por imponerse como la única palabra, yo y el deseo, yo y nada más, en un ejercicio de extrema soberbia.

La escritura del poema siente así el terremoto de las soberbias y los rencores, las palabras pierden su sentido original. Puede desaparecer la intención original de la escritura, por ejemplo, la mirada sobre un mundo habitado por abuelas, amantes, padre e hijos, gente que necesita amarse, cuidarse, defender la educación y la salud, los derechos laborales y la dignidad personal. Entonces parece necesario llegar a un acuerdo, cuidar los significados originales y la intención primera de los versos, pedirle a la palabra deseo que tenga en cuenta el contexto, que no se pase, que no sacrifique a sus rencores y a su soberbia el contenido original de la escritura, esa escritura que nos permite habitar una casa digna y repartir de manera justa las propiedades.

Resulta lastimoso el fracaso de las palabras que se convierten en enemigas de su significado original. En vez de ampliar matices, llegar a acuerdos amplios, se llega a confundir el amor con el odio, la ilusión con el desprecio y el compromiso con los infiernos egoístas. Escribir exige entonces una voluntad amplia y una frente activa para saber elegir. No sólo defenderse de los enemigos externos, sino también de los rencores y las soberbias de los falsos amigos que acaban aliándose con el bando contrario. Corregir es un ejercicio imprescindible en la escritura, aprender a borrar, comprender lo que sobra. Sólo así se consigue defender el sentido original de las ilusiones.

martes, 27 de octubre de 2026

"EL ESPEJO Y LA MÁSCARA". Un cuento de Jorge Luis Borges

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

—Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

—Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.

El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:

—Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.

—Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro —dijo el poeta, que era también un cortesano.

Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.

Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 26 de octubre de 2026

"EL CORAZÓN QUE RÍE". Un poema de Charles Bukowski

tu vida es tu vida
no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión
mantente alerta
hay salidas

hay una luz en algún lugar
puede que no sea mucha luz pero
vence a la oscuridad

mantente alerta
los dioses te ofrecerán oportunidades
conócelas
tómalas

no puedes vencer a la muerte pero
puedes vencer a la muerte en la vida, a veces
y mientras más a menudo aprendas a hacerlo
más luz habrá

tu vida es tu vida
conócela mientras la tengas

tú eres maravilloso
los dioses esperan para deleitarse
en ti.

domingo, 25 de octubre de 2026

"PUERTAS CERRADAS, PUERTAS ABIERTAS". Andrea Marcolongo, El País

MIKEL JASO
La escuela pública nos pide responder también por niños cuyos nombres desconocemos y que un día compartirán el mundo con los nuestros

Desde el primero de septiembre, cada mañana atravieso la plaza del Panteón y bajo hacia el Sena, en dirección al bulevar Saint-Michel, acompañando a mi hija de tres años a la escuela. Ella va en su pequeña bici; a veces viene también el perro. Acaba de empezar la educación infantil. Está descubriendo un lugar donde aprende cosas que por la tarde me contará orgullosa, como quien trae en los bolsillos un tesoro. Pasamos junto a Henri-IV y Louis-le-Grand, los liceos más prestigiosos de París. Desde antes de que naciera, sueño con que algún día pueda estudiar allí.

Hace unas semanas que nuestro camino atraviesa las concentraciones de los alumnos que se movilizan en Francia. Mi hija ha descubierto que los mayores pueden reunirse delante de una escuela, levantar pancartas, ocupar una calle y cantar Bella ciao. A sus ojos, aquello se parece a una fiesta. Avanza haciendo eses entre los estudiantes: para llegar a su aula hay que atravesar las voces de quienes han salido de las suyas.

En este otoño de 2026 contemplo así una escena que no consigo olvidar: una niña al principio de su escolaridad pasa junto a jóvenes que se acercan al final de la enseñanza secundaria. Para ella se abre la infancia; para ellos, la vida adulta. Los reúne la escuela pública.

Apenas unos metros separan esas edades. Entre ellas caben los años necesarios para aprender a leer y después a interpretar, levantar la mano para pedir permiso y después para formular una objeción. Educar contiene esa dificultad hermosa: acompañar a quienes un día podrán discutir lo que les hemos enseñado. La transmisión necesita dejar espacio para una respuesta que todavía desconocemos.

Conozco esos liceos parisinos también como profesora. He sido testigo de la curiosidad de sus alumnos, de sus preguntas, de su inteligencia y de su vulnerabilidad que olvidamos cuando hablamos de “la juventud” como de una categoría uniforme, a veces con la condescendencia reservada a quienes suponemos demasiado protegidos para tener motivos de queja.

No es nada fácil ser joven hoy. Antes de explorar sus capacidades, muchos sienten que deben justificar sus elecciones, anticipar su utilidad, demostrar que merecen un lugar. Les hablamos del futuro como de una oportunidad y se lo presentamos como una selección. Algunos pueden llegar a sentir que ha sido repartido antes de su llegada, que aquello que llamamos porvenir pertenece ya al pasado de otros.

Las movilizaciones nacen de dificultades concretas: profesores que faltan, aulas sobrecargadas, horarios agotadores, edificios deteriorados. Incluso alumnos de colegios favorecidos se movilizan por compañeros menos afortunados. Hay algo educativo en ese gesto: comprender que lo que sucede al otro nos concierne, aunque ninguna carencia altere nuestra jornada.

Una escuela donde se aprende a argumentar debería ayudarnos también a reconocer cuándo una ventaja propia descansa sobre una desigualdad compartida. El éxito de Nous aussi de Anne Godard, una novela sobre la burguesía parisina y sus privilegios, invita a preguntarnos a quién incluye ese “nosotros”. La solidaridad empieza cuando esa palabra abarca también a quienes han recibido menos oportunidades.

¿Qué prometemos a un niño cuando lo llevamos por primera vez a la escuela? ¿Aprender a leer, obtener un diploma, encontrar trabajo? Todo eso importa. Pero hay una promesa anterior: que su nacimiento no decidirá por completo su destino. Que encontrará personas, conocimientos y experiencias capaces de abrir posibilidades que su entorno inmediato quizá no podía ofrecerle.

La igualdad de oportunidades empieza ahí. Solemos invocarla como si bastara con abrir la misma puerta a todos. Pero cada niño llega a la escuela con una historia: una casa donde estudiar, libros, tiempo, seguridad, o la falta de todo ello. Algunos tienen adultos que conocen las reglas escolares; otros deben descubrirlas solos. La puerta abierta importa. También importan las distancias recorridas para alcanzarla y las fuerzas que quedan para seguir adelante.

En París, la búsqueda de una buena escuela puede convertirse en una obsesión. Se comparan direcciones, se calculan zonas de escolarización, se cambia de barrio para asegurar una plaza. Yo también he hecho cuanto estaba a mi alcance para ofrecer a mi hija esa posibilidad: mi propia dirección está ligada a su escuela. No escribo desde fuera de esa inquietud: la conozco y la comparto. Pero saber cuáles son las mejores escuelas significa conocer también la existencia de otras donde las condiciones son peores. Mi deseo de proteger a mi hija no borra esa realidad, al revés me obliga a mirarla.

Sería injusto reprochar a las familias que busquen lo mejor para sus hijos. La pregunta es qué ocurre cuando esa búsqueda exige recursos que otras familias no tienen: la libertad de elegir puede convertirse en otra forma de heredar una ventaja.

Hay desigualdades que ningún examen mide: sentirse autorizado a entrar en una biblioteca, imaginarse en una universidad, preguntar sin vergüenza, aspirar a una vida distinta. Un profesor puede ensanchar ese horizonte al prestar atención a un alumno que había aprendido a hacerse invisible. Educar puede conseguir que un niño deje de confundir el lugar donde nació con el lugar que le corresponde.

Al comienzo del libro octavo de la Política, Aristóteles propone que la educación sea una responsabilidad común de toda la ciudad. Su mundo excluía a muchos de quienes hoy reconocemos como iguales, pero su reflexión nos alcanza: ¿qué sucede cuando cada familia se ocupa únicamente de sus hijos? La escuela pública nos pide responder también por niños cuyos nombres desconocemos y que un día compartirán el mundo con los nuestros.

Ese vínculo atraviesa el tiempo. Cuando confiamos un niño a una escuela, dejamos algo nuestro en manos ajenas y aceptamos que otras voces participen en su crecimiento. También nosotros debemos aprender a compartirlo. La educación comienza con esa separación pequeña y cotidiana, cuyo sentido más profundo es hacer sitio a los demás en una vida.

Esa responsabilidad hoy se debilita bajo la desconfianza. Los padres dudan de los profesores; los profesores se sienten cuestionados por los padres. Los niños crecen entre esas reservas y perciben la inquietud de los adultos antes de comprender sus razones. Necesitamos poder discrepar sin convertir cada conversación en una defensa.

La confianza requiere condiciones concretas: tiempo para enseñar, familias escuchadas, alumnos cuya experiencia importe. Hemos querido enseñarles a pensar y participar. Ahora que los jóvenes toman la palabra, nos corresponde escuchar lo que ese aprendizaje les permite decir.

Escucharlos no significa concederles siempre la razón. Significa reconocer que su edad no invalida su experiencia. Conocen algo que los adultos tendemos a olvidar: habitar un mundo sobre el que apenas han podido decidir. Muchas de sus incertidumbres nacen de decisiones tomadas cuando ellos todavía no tenían voz.

Durante estas semanas, en nuestro camino a la escuela, mi hija ha aprendido la palabra manif y a cantar Bella ciao. Soy italiana: mi abuela, que fue resistente, me la cantaba cuando era pequeña. Ahora reconozco aquellos versos en la voz de mi hija, después de haberlos escuchado entre adolescentes franceses.

Espero que la escuela le dé palabras para comprender el mundo y reconocer lo que considere injusto. Que algún día, si lo cree necesario, ella también pueda salir a la calle con otros compañeros y pedir un futuro mejor. Y que sepa pedirlo también para quienes tuvieron menos oportunidades que ella.

Por ahora mi hija pedalea y canta. La acompaño hacia una puerta que se abre, pensando en todas las puertas que deberán seguir abiertas para ella y los demás.

sábado, 24 de octubre de 2026

"INMORTALIDAD". Un cuento de Yasunari Kawabata

Un viejo y una muchacha caminaban juntos.

Había una serie de cosas extrañas respecto de ellos. Se aproximaban como amantes, como si no sintieran los sesenta años de diferencia en su edad. Al viejo le costaba oír. No entendía la mayor parte de lo que la muchacha decía. La joven vestía unos pantalones rojo oscuro con un kimono púrpura y blanco con fino diseño de flechas. Las mangas eran bastante largas. El viejo vestía el tipo de ropa apropiada para mujeres que sacaran maleza de un arrozal, solo que en su caso sin sobrecalzas. Las mangas estrechas y pantalones ajustados en los tobillos parecían de mujer. La ropa le quedaba floja en las caderas.

Caminaban por el césped. Un alambrado se cruzaba en su marcha. Los amantes no parecieron notar que, de continuar avanzando, quedarían atrapados en él. No se detuvieron; en cambio, lo atravesaron como una brisa primaveral.

Después de cruzar, fue ella quien se dio cuenta del alambrado.

—Shintaro, ¿tú también pudiste pasar por la red?

El viejo no la oía, pero tomó la red de alambre.

—Porquería, porquería —decía mientras la agitaba. La sacudió con demasiada violencia, y en un momento dado la enorme red lo arrastró. El viejo se tambaleó y cayó.

—Shintaro, ¿qué pasó? —la joven lo rodeó con sus brazos para sostenerlo—. Alejémonos de la red… Oh, has perdido mucho peso —dijo la muchacha.

Por fin el viejo pudo ponerse de pie. Jadeante, le daba las gracias. Volvió a tomar la red, pero esta vez con más suavidad, con una sola mano. Luego en voz alta, como hablan los sordos, dijo:

—Solía recoger las pelotas que cruzaban los alambrados día tras día. Durante diecisiete largos años.

—¿Diecisiete años es mucho? Es poco.

—Lanzaban las pelotas como se les ocurría. Hacían un ruido feo al golpear en el alambrado. Antes de acostumbrarme, me acobardaba. Es por el ruido de esas pelotas que me volví sordo.

Era una red de metal para proteger a los muchachos que recogían pelotas en el campo de golf. Tenía unas ruedas que permitían moverla hacia adelante y hacia atrás y a derecha e izquierda. El campo de golf estaba separado por algunos árboles. Originariamente había una arboleda muy poblada, pero la habían ido cortando y solo quedaba una hilera irregular.

Siguieron caminando, con el alambrado a sus espaldas.

—Qué recuerdos tan placenteros trae oír el sonido del océano.

Como quería que el viejo oyera esas palabras, la muchacha acercó la boca a su oreja:

—Puedo oír el sonido del océano.

—¿Cómo? —el viejo cerró los ojos—. Ah, Misako. Es tu dulce aliento. Igual que hace tantos años.

—¿Puedes oír el océano tan amado?

—El océano… ¿Hablas del océano? ¿Amado? ¿Cómo el océano, donde te ahogaste, podría serme querido?

—Yo lo amo tanto. Es la primera vez que vuelvo a mi pueblo natal en cincuenta y cinco años. Y tú has vuelto también. Esto me trae recuerdos queridos.

El viejo no podía oírla, pero ella continuó:

—Me alegro de haberme ahogado. De ese modo puedo pensar en ti por siempre, tal como lo hacía en el momento en que me ahogaba. Además, los únicos recuerdos y reminiscencias que conservo son las de mis dieciocho años. Tú eres eternamente joven para mí. Lo mismo te sucede a ti. Si yo no me hubiera ahogado y tú vinieras al pueblo a verme, yo sería una anciana. Qué horrible. No lo soportaría.

El viejo hablaba. Era el monólogo de un hombre sordo:

—Fui a Tokio y fracasé. Y ahora, decrépito con la edad, he regresado al pueblo. Había una muchacha que lamentaba que tuviéramos que separarnos. Se arrojó al mar, y por eso busqué un trabajo en un campo de golf que mirara al océano. Les rogué que me dieran el puesto… aunque solo fuera por piedad.

—¿Esa zona por donde caminamos era la de los bosques que pertenecieron a tu familia?

—No podía hacer otra cosa más que recoger pelotas. Me lesioné la columna por agacharme todo el tiempo… Pero hubo una muchacha que se mató por mí. El acantilado está precisamente de este lado, de modo que podría saltar, incluso tambaleante. Y es lo que pienso hacer.

—No, debes seguir viviendo. Si murieras, no quedaría nadie en la Tierra que me recordara. Y yo moriría por completo.

La muchacha se colgó de él. El viejo no podía oír, pero la abrazó.

—Eso es. Vamos a morir juntos. Esta vez… Viniste a buscarme, ¿no?

—¿Los dos? Pero tú debes vivir. Vivir por mí, Shintaro.

Ella se quedaba sin aliento mientras miraba sobre su hombro.

—Oh, esos grandes árboles están todavía allí. Los tres… como hace tanto tiempo.

La muchacha los señaló y el viejo dirigió su mirada hacia los árboles.

—Los golfistas se quejan de ellos. Siempre insisten en que los corten. Cuando lanzan una pelota, dicen que se curva hacia la derecha como succionada por la magia de esos árboles.

—Esos golfistas morirán a su debido tiempo, mucho antes que estos árboles. Son ejemplares centenarios. Los golfistas dicen eso, pero sin comprender la duración de la vida de un hombre —aseguró ella.

—Estos son árboles que mis ancestros cuidaron por cientos de años, y yo obtuve del comprador, al venderle el terreno, la promesa de que no los cortaría.

—Vamos —la joven tiró de la mano del viejo. Y a punto de caer el viejo marchó con ella hacia los árboles.

La muchacha se deslizó sin dificultad a través del tronco. Y también el viejo.

—¿Cómo? —ella se quedó mirando maravillada al viejo—. ¿Estás muerto tú también, Shintaro? ¿Cuándo moriste?

Él no respondió.

—Has muerto. ¿Es así? Qué extraño no haberte encontrado en el mundo de los muertos. Bueno, intenta atravesar este tronco una vez más para verificar si estás muerto o vivo. Si estás muerto podremos entrar en el árbol y quedarnos allí.

Desaparecieron dentro del árbol. Ni el viejo ni la muchacha volvieron a aparecer.

El color de la noche empezaba a flotar sobre los retoños que estaban detrás de los grandes árboles. El cielo a lo lejos se tiñó de un pálido rojo allí donde rugía el océano.

FIN

viernes, 23 de octubre de 2026

"RETRATO". Un poema de Antonio Machado

Mi infancia son recuerdos de un patiio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


jueves, 22 de octubre de 2026

¿HAY QUE LEER A LOS CLÁSICOS?. Carmen Domingo, El País

Jacob Elordi y Margot Robbie en la última adaptación
cinematográfica de 'Cumbres borrascosas'
Es difícil que la literatura del pasado fascine a los más jóvenes como a nosotros, pero debemos sembrar en ellos la curiosidad

Aunque parezca una perogrullada, una se da cuenta que ya tiene cierta edad cuando empieza a repetir (si no verbalmente, al menos de pensamiento) frases que había criticado hasta la saciedad a sus padres tipo: “En mi época…”.

Me explico.

Hace unos meses, en Instagram, una influencer quería leerse Cumbres borrascosas —no recuerdo si antes o después de ver la película—. La chica tenía una intención loable: leer un libro del que hay una adaptación cinematográfica reciente. Cuántos de nosotros habremos hecho lo mismo. El caso es que, tras este arranque novelesco, la influencer se sorprendía frente a la cámara de que había palabras ya desde el inicio que no entendía: Lidiar, faz, mundanal ruido, misántropo...

Se sorprendió: “Pensé: este librito me lo leo en nada, pero… necesito un diccionario al lado. ¿Cómo me voy a leer el libro si no entiendo la mitad del vocabulario?”. Y añadía: ”El problema es que está escrito de una forma que la literatura actual no está escrita. En el instituto nos dan un tipo de literatura más sencilla”.

Hace unos días ocurrió algo similar. Otra influencer literaria se viralizó tras recibir una edición de la Odisea de Homero y preguntar confundida si no era “la película nueva que ha salido en cines”.

Vayamos por partes y dejemos de lado no solo que hay multitud de estudios que demuestran que el desarrollo cognitivo de la generación presente es menor que la de sus padres, sino también que las personas que traducen se devanan los sesos para encontrar en nuestro idioma términos adecuados para la época en que se escribió el libro; y que, seamos sinceros, los planes de estudio priman las adaptaciones frente a las versiones originales. Dicho de otro modo, no entender Cumbres borrascosas o no saber que la Odisea la escribió Homero no es culpa suya.

Operan varios factores: cambios de hábitos de consumo cultural (redes sociales, videojuegos, consumo de contenidos breves…); una distancia lingüística y cultural de los contenidos que no son contemporáneos (para leer y entender hay que tener conocimientos previos, de otro modo ni las referencias ni las estructuras narrativas se comprenden); ha habido multitud de cambios en el sistema educativo (menos dedicación a la lectura, unas enseñanzas centradas en priorizar fragmentos o resúmenes; una falta de enseñanza de los clásicos, presentados como aburridos o difíciles); la competencia con la literatura contemporánea y juvenil (muchas veces incluso en los propios centros educativos, que priorizan el entretenimiento de los jóvenes o las temáticas y estructuras más sencillas, por no hablar de personajes con los que se identifican más fácilmente) y, por último, los cambios contemporáneos de las formas de narrativas para contar las historias (series, películas, audiolibros, podcasts).

El problema no es de ahora. Cuántos de nuestros jóvenes, y no tan jóvenes, desconocen que El padrino, Blade Runner, La guerra de los mundos o Psicosis fueron antes un libro que una película.

Todo lo anterior no obedece a que esté disminuyendo el número de lectores. Los datos más recientes indican que los jóvenes son el grupo que más lee en España. Entre 14 y 24 años, alrededor del 75% lee libros por ocio, más de 10 puntos por encima de la media nacional. No podemos quejarnos.

Lo que quiere decir todo lo anterior es que no basta con leer novelas adaptadas o sagas de fantasía que no suponen dificultad y solo entretenimiento. Lo que hace falta es aprender a leer. Porque la lectura de los clásicos requiere de una atención prolongada y específica, menos habitual en el entorno digital actual y que solo se adquiere con una educación consciente de que la lectura es un hábito que se inicia y fomenta desde los primeros años escolares, y que, dificultad léxica incluida, eso solo se resuelve diccionario en mano para, con el tiempo, poder disfrutar de la lectura.

Todos estamos de acuerdo en que los estilos de escritura, las tramas o los ambientes de lo que leen hoy nuestros jóvenes no pueden ser idénticos a los que vivimos nosotros. Las aventuras de Celia, los romances de Isabel Allende, las aventuras de Julio Verne o de Salgari, el ambiente colonial de Pearl S. Buck o el poscolonial de Arundhati Roy es difícil que fascinen a los más jóvenes de la misma manera que nos fascinaron a nosotros. Sin embargo, debemos sembrar en ellos la curiosidad por esos tiempos pasados, otras civilizaciones, otras formas de relacionarse.

Los clásicos que, a juzgar por algunas de las respuestas que recibió el tuit de la influencer de la que hablaba al inicio, son “aburridos y están pasados de moda”, no solo no lo son, sino que, justo al contrario, son los únicos que pueden ayudarnos a aumentar nuestro vocabulario tanto como a disfrutar de las obras más allá de las adaptaciones comerciales. Y a darnos cuenta de que las sagas de hoy tienen su germen en las novelas de ayer. Todavía más, son los que nos pueden ayudar a entender el mundo, porque nos presentan cómo era el pasado y, como diría aquel, solo conociendo el pasado se puede comprender el presente.

miércoles, 21 de octubre de 2026

"MISS UNIVERSO DE OJOS DE COLOR VERDE-VENUS". Un cuento de Gianni Rodari

Delfina, ¿quién es? Es la parienta pobre de doña Eulalia Borgetti, que tiene una lavandería en seco en Módena, en Canal Grande. Las hijas de la viuda Borgetti, Sofronia y Bibiana, se avergüenzan un poco de una prima tan pobre, siempre vestida con una bata gris, siempre en la lavandería ajetreada con las máquinas, limpiando chaquetas de reno, planchando pantalones y camisas. Entre ellas dos la llaman «esa tipa». Saben que su madre la tiene por caridad, por compasión, y porque rinde como dos obreras y no cuesta un chavo de impuestos. Pero a veces también ellas se conmueven y la llevan al cine, donde la mandan al gallinero, mientras ellas van a butaca.

-Tienen un corazón muy grande, mis crías -dice doña Eulalia, muy pendiente de que Delfina no se sirva una segunda loncha de cerdo.

Pero Delfina no se la sirve. Y bebe agua. Y al postre come manzanas, no clementinas. Y lava los platos, mientras Sofronia y Bibiana comen bombones. Y hasta va a misa, porque alguien de la familia tiene que ir.

No va al gran baile de la elección de presidente de la República de Venus. Van su tía y sus primas, en la astronave de la Cámara de Comercio. Va media Módena, va media Europa. Mirando al cielo se ven cientos de cohetes con colas de fuego, como muchas estrellas que cayeran hacia arriba, en vez de hacia abajo. Dicen que los bailes de Venus son una maravilla. Llegan allá jóvenes y muchachas de todos los rincones de la Vía Láctea. Naranjada a chorros, chupa-chups gratis para todos.

Delfina suspira y entra en la tienda. Tiene que acabar de planchar el traje de la señora Foglietti, que se lo pondrá mañana por la noche para ir a la ópera, donde echan la Cenicienta del maestro Rossini. Un traje precioso, todo negro, bordado en oro y plata: parece una noche estrellada. Para el baile de Venus la señora Foglietti no puede ponérselo, porque lo llevó ya hace dos meses a la elección de otro presidente. Allá arriba nombran tantos presidentes para poder dar muchos bailes.

Delfina piensa (erróneamente, pero ella no puede saberlo) que no sucederá nada, ni bueno ni malo, si se prueba ese lindo vestido. Y en efecto, se lo prueba, y le sienta de maravilla, como dice el espejo, guiñándole un ojo. Delfina da dos o tres pasos de danza, llega a la puerta de la lavandería y, como la calle está desierta, sale al exterior bailando de una acera a otra. De repente oye voces, un rumor de pasos. Dios mío, tiene que esconderse. Justamente hay una astronave de tipo familiar aparcada allí al lado. Se llama Hada II, pero eso no le impide tener la portezuela abierta. Delfina se cuela dentro, se hunde en el asiento posterior. ¡Ah, qué hermoso sería partir, así, irse de paseo entre las estrellas, sin meta, sin deberes, sin tías adustas, sin primas cotillas, sin clientes pelmas!

Los pasos y las voces se acercan, están aquí. La portezuela anterior del misil se abre. A Delfina le da tiempo de reconocer a la pareja que entra, y se deja caer al suelo, para poder fingir que no está allí:

-¡Madre mía! ¡La propia señora Foglietti! Si me ve con su traje…

-Pero que no se nos haga tarde -está diciendo la señora Foglietti a su marido, el caballero Foglietti, propietario de una fábrica de accesorios para abrelatas-. A las doce en punto nos venimos, porque mañana quiero ir a Campogalliano a comprar huevos frescos.

El señor Foglietti farfulla una respuesta con firma ilegible. Rasca una cerilla para encenderse el cigarrillo; simultáneamente aprieta la tecla de la puesta en marcha. El cohete da un salto a la velocidad de la luz (más dos centímetros al segundo inmuto) y, antes de que se apague la cerilla, ya han llegado tan ricamente al planeta Venus.

Delfina espera a que el señor y la señora Foglietti desciendan a tierra y se alejen; después dice: «Bueno, ya que estoy aquí, voy también yo a echar un vistazo a la fiesta. Habrá tanta gente que seguramente la señora Foglietti no me verá, ni a mí ni a su traje».

El palacio de la presidencia está allí a dos pasos. Tiene un millón de ventanas iluminadas. En la sala de baile hay setecientos cincuenta mil bailarines que están aprendiendo la nueva danza, llamada Saturno. El sitio ideal para bailar de incógnito. CONTINUAR LEYENDO 

"LA CARGA DEL HOMBRE BLANCO". Un poema de Ruyard Kipling

Hace ya más de cien años que el escritor británico Rudyard Kipling escribió su famoso poema "La carga del hombre blanco", en el que describió la ardua e ingrata tarea de civilizar a los salvajes pueblos conquistados. Los tiempos han cambiado desde la época de Kipling y la colonización ya se ve como cosa del pasado. Sin embargo, parece que la idea etnocéntrica en virtud de la cual los europeos se autoproclaman guardianes globales del progreso y la moralidad sigue con igual vigor.

Llevad la carga del Hombre Blanco.
Enviad adelante a los mejores de entre vosotros;
vamos, atad a vuestros hijos al exilio
para servir a las necesidades de vuestros cautivos;
para servir, con equipo de combate,
a naciones tumultuosas y salvajes;
vuestros recién conquistados y descontentos pueblos,
mitad demonios y mitad niños.

Llevad la carga del Hombre Blanco,
con paciencia para sufrir,
para ocultar la amenaza del terror
y poner a prueba el orgullo que se ostenta;
por medio de un discurso abierto y simple,
cien veces purificado,
buscar la ganancia de otros
y trabajar en provecho de otros.

Llevad la carga del Hombre Blanco,
las salvajes guerras por la paz,
llenad la boca del Hambre,
y ordenad el cese de la enfermedad;
y cuando vuestro objetivo esté más cerca
en pro de los demás,
contemplad a la pereza e ignorancia salvaje
llevar toda vuestra esperanza hacia la nada.

Llevad la carga del Hombre Blanco.
No el gobierno de hierro de los reyes,
sino el trabajo del siervo y el barrendero,
el relato de cosas comunes.
las puertas por las que vosotros no entraréis,
los caminos por los que vosotros no transitaréis,
vamos, hacedlos con vuestra vida
y marcadlos con vuestra muerte.

Llevad la carga del Hombre Blanco,
y cosechad su vieja recompensa
la reprobación de vuestros superiores
el odio de aquellos que protegéis,
el llanto de las huestes que conducís
(¡Tan laboriosamente!) hacia la luz:
“Oh amada noche egipcia,
¿por qué nos librasteis de la esclavitud?,

Llevad la carga del Hombre Blanco,
no oséis rebajaros,
ni clamar ruidosamente por la Libertad,
para encubrir vuestro cansancio.
por todo lo que gritáis o susurráis,
por todo lo que hagáis o dejéis de hacer,
los silenciosos y descontentos pueblos
os juzgarán a vuestro Dios y a vosotros.

Llevad la carga del Hombre Blanco,
olvidad esos tiempos de la infancia,
los laureles ligeramente concedidos,
la fama fácil y sin fundamento;
venid ahora, a buscar vuestra hombría,
a través de todos los años ingratos,
frutos, aguzados con la costosa sabiduría,
el juicio de vuestros compañeros.

lunes, 19 de octubre de 2026

"LEER EN TIEMPOS DE ALGORITMOS: DIAGNÓSTICO DE UNA BRECHA ANUNCIADA". Daniel Turienzo y Emilio M. García Carlos, El País

Si queremos jóvenes capaces de orientarse en el siglo XXI, necesitamos que chicos y chicas lean con profundidad, disfruten y se reconozcan en los libros

Miguel de Cervantes escribió que «quien lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». Por su parte, Emilia Pardo Bazán afirmó que «cada libro que se lee es un paso adelante», lo que establece una relación directa entre la lectura y cualquier tipo de avance, ya sea físico o metafísico. Reflexiones de este tipo encierran una verdad: leer no es un adorno cultural, es una herramienta de poder. Leer ya no puede reducirse a la mera decodificación de signos; implica inferir, contrastar fuentes, evaluar argumentos y sostener la atención en entornos de alta dispersión cognitiva. La escuela, la estructura social y la experiencia íntima convierten la actividad lectora en la infraestructura básica sobre la que se construyen el resto de los aprendizajes, en una condición indispensable para la participación informada y en un indicador crítico de equidad.

Sin embargo, la competencia lectora atraviesa hoy una paradoja histórica: nunca se había tenido tanto acceso a la información y jamás había sido tan evidente la fragilidad de nuestra capacidad para comprenderla. La expansión de la inteligencia artificial generativa ha intensificado este diagnóstico; cuando la producción textual automatizada se vuelve ubicua, el valor diferencial reside en la capacidad humana para interpretar críticamente, discernir y aprender de manera autónoma.

En este contexto, las evaluaciones internacionales trazan un patrón persistente: las chicas superan sistemáticamente a los chicos en competencia lectora. Paradójicamente, en los países más igualitarios la diferencia suele ser todavía más amplia. Además, de la brecha (inversa) de género, aparece otra asociada a las variables socioeconómicas, pues el alumnado más desfavorecido acumula desventajas en vocabulario, exposición a textos y prácticas letradas familiares. En el caso español, el programa PIRLS, que evalúa al alumnado en cuarto de Primaria, muestra una diferencia estadísticamente significativa pero contenida. Nada dramático ni irreversible. No obstante, al mirar a los 15 años en los resultados de PISA, la distancia se ensancha y llega a superar los 30 puntos a favor de las chicas. La pregunta no es solo cuánto difieren, sino por qué la diferencia crece.

Si el origen fuera estrictamente biológico, cabría esperar una brecha estable, constante en el tiempo y homogénea entre países. Pero su magnitud varía según contextos culturales, políticas educativas y climas escolares. Esa variabilidad demuestra que, aunque existen patrones de desarrollo diferenciados, el entorno y las políticas educativas importan. Desde la sociología se plantea que esta distancia está vinculada a factores no cognitivos como la disciplina, la persistencia, la autorregulación y las actitudes hacia la escuela. En promedio, las niñas desarrollan antes ciertas habilidades lingüísticas, estimuladas por una socialización de género que desde la infancia fomenta más el lenguaje, la comunicación y el hábito lector en el hogar, donde además tienen más probabilidades de ver a la madre como modelo de lectura. Una cuestión que el sistema escolar recompensa. El capital cultural familiar transmite actitudes y recursos que favorecen de distinta manera a cada género. La educación ha sido para muchas mujeres una vía de movilidad social y autonomía económica, por lo que no estudiar no es una opción. En cambio, en el caso de los chicos existen alternativas laborales menos dependientes de la trayectoria académica.

Lo que empieza como una pequeña diferencia de maduración lingüística temprana puede interactuar con los procesos de socialización y convertirse en la adolescencia en una notable acumulación de desventajas. Las chicas, de media, leen más por placer y dedican más tiempo a ello fuera del colegio. Por el contrario, la influencia del grupo de iguales y la presión de los compañeros suele desincentivar la lectura entre los varones si esta no aporta prestigio social. El esfuerzo académico está mejor aceptado entre ellas, mientras que en algunos grupos de chicos la construcción de la masculinidad y sus ideales pueden chocar con el interés por los libros o el buen rendimiento escolar, algo que puede generar que la lectura se perciba como una actividad alineada con los estereotipos femeninos. A esto contribuyen las diferencias en los hábitos de ocio, orientados en los chicos a actividades que implican menos lectura prolongada, y una posible feminización de la escuela, donde la elevada presencia de mujeres en la docencia (especialmente en etapas iniciales) y ciertas dinámicas escolares pueden asociar inconscientemente los libros al mundo femenino.

Incluso, las expectativas del profesorado pueden reforzar estas diferencias de rendimiento de forma inconsciente. Existe también un debate abierto sobre si los materiales escolares y las lecturas obligatorias conectan mejor con los intereses medios de las alumnas que con los de sus compañeros. Al final, si la evaluación se centra prioritariamente en resultados estandarizados sin atender al punto de partida y al progreso individual, se consolidan sesgos que afectan a quienes ya se encuentran en situación de vulnerabilidad.

Ahora bien, el perfil del estudiante resiliente ofrece un diagnóstico claro: alta autoconfianza lectora, hábitos tempranos y apoyo familiar inicial. Nada mágico ni imposible. Por su parte, las prácticas pedagógicas y las expectativas docentes pueden mitigar la brecha si se evita una naturalización de la idea de que las alumnas «leen mejor» y los alumnos «leen menos», previniendo así una profecía autocumplida que daña la motivación y el compromiso lector.

La brecha de género en lectura en España es modificable. Pero cuidado: no se trata de desplazar recursos de unas para dárselos a otros. Las chicas no «van demasiado bien»; lo que ocurre es que muchos chicos están infraenganchados a la cultura escrita. La solución no pasa por bajar el listón ni por romantizar la desafección masculina, sino por intervenir donde la evidencia señala.

Frente a este escenario, la respuesta de la administración y los centros debe ser operativa y huir de la retórica. Esto pasa por implementar intervenciones sistemáticas en los primeros años de escolarización con énfasis en la conciencia fonológica, el desarrollo del vocabulario y estrategias explícitas de comprensión para detectar precozmente las dificultades y proporcionar apoyo específico. Paralelamente, resulta vital incentivar la lectura por placer desde edades tempranas, impulsando el compromiso de las familias, ya que el ejemplo lector en casa y el fomento de hábitos tempranos tienen efectos duraderos y reducen las desigualdades. Asimismo, los colegios e institutos deben diversificar su oferta y ofrecer una mayor variedad de libros para conectar con la diversidad de intereses del alumnado, y procurar la presencia de modelos masculinos que lean activamente, como padres o profesores para contrarrestar los estereotipos.

En el plano estructural, la universalidad de la educación debe complementarse con una focalización inteligente de recursos hacia los centros con más dificultades, con la finalidad de reforzar el cuidado de las bibliotecas escolares, el desarrollo de tutorías personalizadas y la formación docente específica en didáctica de la lectura. Además, la reducción de la repetición de curso debe acompañarse necesariamente de mecanismos de apoyo intensivo y seguimiento individualizado antes de que las brechas se cronifiquen.

Permitir que una parte significativa de nuestros adolescentes llegue a los 15 años con una menor competencia lectora supone hipotecar su autonomía. La brecha no es solo un problema de igualdad entre sexos; es un problema de capital humano y cultural, de cohesión social y de democracia. Es horizonte simbólico. Si queremos jóvenes capaces de orientarse en el océano informativo del siglo XXI, necesitamos que todos —chicos y chicas— lean con profundidad, disfruten leyendo y se reconozcan en los libros. La desigualdad en sus hábitos, referentes y legitimaciones no es una anécdota estadística, sino un síntoma cultural. La lectura, en definitiva, refleja un conjunto de decisiones familiares, escolares y sociales que podemos revisar. La cuestión es si estamos dispuestos a actuar antes de que esos cinco puntos en Educación Primaria se conviertan, otra vez, en treinta en Educación Secundaria. Ahí se juega algo más que una estadística. Se juega el derecho de cada joven a «leer mucho y andar mucho, ver mucho y saber mucho».

domingo, 18 de octubre de 2026

"EL RELOJ DE BAGDAD". Un cuento de Cristina Fernández Cubas

Nunca las temí ni nada hicieron ellas por amedrentarme. Estaban ahí, junto a los fogones, confundidas con el crujir de la leña, el sabor a bollos recién horneados, el vaivén de los faldones de las viejas. Nunca las temí, tal vez porque las soñaba pálidas y hermosas, pendientes como nosotros de historias sucedidas en aldeas sin nombre, aguardando el instante oportuno para dejarse oír, para susurrarnos sin palabras: «Estamos aquí, como cada noche». O bien, refugiarse en el silencio denso que anunciaba: «Todo lo que estáis escuchando es cierto. Trágica, dolorosa, dulcemente cierto». Podía ocurrir en cualquier momento. El rumor de las olas tras el temporal, el paso del último mercancías, el trepidar de la loza en la alacena, o la inconfundible voz de Olvido, encerrada en su alquimia de cacerolas y pucheros: Son las ánimas, niña, son las ánimas. Más de una vez, con los ojos entornados, creí en ellas.

¿Cuántos años tendría Olvido en aquel tiempo? Siempre que le preguntaba por su edad la anciana se encogía de hombros, miraba con el rabillo del ojo a Matilde y seguía impasible, desgranando guisantes, zurciendo calcetines, disponiendo las lenteja en pequeños montones, o recordaba, de pronto, la inaplazable necesidad de bajar al sótano a por leña y alimentar la salamandra del último piso. Un día intenté sonsacar a Matilde. «Todos los del mundo», me dijo riendo.

La edad de Matilde, en cambio, jamás despertó mi curiosidad. Era vieja también, andaba encorvada, y los cabellos canos, amarilleados por el agua de colonia, se divertían ribeteando un pequeño moño, apretado como una bola, por el que asomaban horquillas y pasadores. Tenía una pierna renqueante que sabía predecir el tiempo y unas cuantas habilidades más que, con el paso de los años, no logro recordar tan bien como quisiera. Pero, al lado de Olvido, Matilde me parecía muy joven, algo menos sabia y mucho más inexperta, a pesar de que su voz sonara dulce cuando nos mostraba los cristales empañados y nos hacía creer que afuera no estaba el mar, ni la playa, ni la vía del tren, ni tan siquiera el Paseo, sino montes inaccesibles y escarpados por los que correteaban manadas de lobos enfurecidos y hambrientos. Sabíamos -Matilde nos lo había contado muchas veces- que ningún hombre temeroso de Dios debía, en noches como aquéllas, abandonar el calor de su casa. Porque ¿quién, sino un alma pecadora, condenada a vagar entre nosotros, podía atreverse a desafiar tal oscuridad, semejante frío, tan espantosos gemidos procedentes de las entrañas de la tierra? Y entonces Olvido tomaba la palabra. Pausada, segura, sabedora de que a partir de aquel momento nos hacía suyos, que muy pronto la luz del quinqué se concentraría en su rostro y sus arrugas de anciana dejarían paso a la tez sonrosada de una niña, a la temible faz de un sepulturero atormentado por sus recuerdos, a un fraile visionario, tal vez a una monja milagrera... Hasta que unos pasos decididos, o un fino taconeo, anunciaran la llegada de incómodos intrusos. O que ellas, nuestras amigas, indicaran por boca de Olvido que había llegado la hora de descansar, de tomarnos la sopa de sémola o de apagar la luz.

Sí, Matilde, además de su pierna adivina, poseía el don de la dulzura. Pero en aquellos tiempos de entregas sin fisuras yo había tomado el partido de Olvido, u Olvido, quizá, no me había dejado otra opción. «Cuando seas mayor y te cases, me iré a vivir contigo.» Y yo, cobijada en el regazo de mi protectora, no conseguía imaginar cómo sería esa tercera persona dispuesta a compartir nuestras vidas, ni veía motivo suficiente para separarme de mi familia o abandonar, algún día, la casa junto a la playa. Pero Olvido decidía siempre por mí. «El piso será soleado y pequeño, sin escaleras, sótano ni azotea.» Y no me quedaba otro remedio que ensoñado así, con una amplia cocina en la que Olvido trajinara a gusto y una gran mesa de madera con tres sillas, tres vasos y tres platos de porcelana... O, mejor, dos. La compañía del extraño que las previsiones de Olvido me adjudicaban no acababa de encajar en mi nueva cocina. «El cenará más tarde», pensé. Y le saqué la silla a un hipotético comedor que mi fantasía no tenía interés alguno en representarse.

Pero en aquel caluroso domingo de diciembre, en que los niños danzaban en torno al bulto recién llegado, me fijé con detenimiento en el rostro de Olvido y me pareció que no quedaba espacio para una nueva arruga. Se hallaba extrañamente rígida, desatenta a las peticiones de tijeras y cuchillos, ajena al jolgorio que el inesperado regalo había levantado en la antesala. «Todos los años del mundo», recordé, y, por un momento, me invadió la certeza de que la silla que tan ligeramente había desplazado al comedor no era la del supuesto, futuro y desdibujado marido. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 16 de octubre de 2026

"EN LA PLAZA". Un poema de Vicente Aleixandre

A LOS ACAMPADOS EN MUCHAS PLAZAS DE ESPAÑA EN DEFENSA DEL DERECHO A LA VIVIENDA

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

jueves, 15 de octubre de 2026

"LO QUE PUEDEN NUESTRAS MANOS". Lidia Jorge, El País

EVA VÁZQUEZ
Luchemos al menos para evitar vernos de regreso al mundo feudal que dejamos atrás hace seis siglos

Una pluma de ganso puso fin a la muerte que había puesto fin a las conversaciones (Dylan Thomas)

1. Siempre tuve la idea de que entre la mano y el cerebro había una relación misteriosa, aunque al principio no supiera cómo enunciar semejante premisa. Pero recuerdo cómo se me quedó grabada la cuestión desde muy pequeña. Fue durante el Estado Novo, la dictadura de Salazar. Yo era una niña, alumna de primaria, con mis nueve años, y ya sabía leer y escribir con la corrección exigida para mi edad, cuando, un día, empezaron a aparecer adultos analfabetos a media tarde, que acudían al colegio por primera vez. Fue todo un acontecimiento. Se trataba de una campaña de alfabetización, muy necesaria en Portugal, pero no se habían asignado recursos para llevarla a cabo. La maestra, docente de Primaria, sin ninguna preparación ni método, era la encargada de instruir a estos alumnos suplentes que venían a aprender las primeras letras. A aquella mujer, agobiada por la tarea que había recaído sobre sus espaldas, se le ocurrió una idea: bajo su supervisión, recurriría a los alumnos más aventajados en lectura y escritura para que enseñaran a los adultos. Así fue como me reclutaron para la difícil tarea. La crueldad de los niños es proverbial. Los tres que fuimos seleccionados mirábamos a nuestros vecinos adultos con la superioridad de reyes. Abríamos la cartilla con presunción y les enseñábamos a reconocer las letras, gritando mucho e imitando los gestos de la maestra con nosotros. Y ellos aprendían a reconocer las letras y a formar palabras. Lo peor era la escritura. Poníamos nuestras manitas sobre las suyas para guiar así los movimientos circulares de las letras mayúsculas y minúsculas, pero resultaba muy difícil que las copiaran en línea recta. Las letras saltaban del margen, se invertían, se esparcían por la página; una dificultad poco habitual. Algunos se rindieron, otros lograron firmar con su nombre, y fueron pocos los que terminaron su instrucción forzada logrando escribir un mensaje.

2. Pero lo que me desconcertaba era por qué razón las encajeras, que manejaban la aguja de ganchillo con extraordinaria destreza, eran incapaces de dibujar una b o una f. El carpintero, que tallaba ranuras rectas en tablones de madera y dibujaba la cerradura de la llave con precisión milimétrica, era incapaz de escribir la G mayúscula de su nombre con los trazos correctos. La bordadora, con la ayuda de la máquina de coser Singer, transformaba hilos de diversos colores en mariposas y flores multicolores, pero era incapaz, en una hoja en blanco, de escribir la M y la N de forma distinta. En mi cabeza infantil, pensaba que esas personas pertenecían a otra especie. Estar alfabetizado o no estarlo dividía a la especie humana. Y un día oí a un campesino que quería aprender a leer y escribir, pero no podía, preguntarle a la maestra: “Saber leer y escribir ¿vale tanto como los 500.000 escudos que tengo?“. Se trata de una escena arcaica, es obvio. Pero vale la pena revisar escenas arcaicas cuando nos aportan evidencias que nos ayudan a comprender el presente e imaginar el futuro.

3. No merece la pena discurrir en exceso sobre lo que ocurre con la lectura entre los jóvenes; es de sobra conocido. Todos los días aparecen textos con las debidas dosis de alarma para quienes se interesan por el asunto. Pero dado que lo que proviene de los Estados Unidos de América siempre llega cargado de un estatuto científico que ilumina incluso a los europeos más iluminados, y entre ellos a quienes previeron sabiamente hace mucho la anunciada capitulación, merece la pena leer el extenso artículo que Rose Horowitch publicó en The Atlantic el mes pasado, titulado The end of Reading is here. Quizá la catástrofe, escrita en inglés, consiga parecer más dramática y la advertencia resulte más convincente.

Además, en esos mismos días, en relación con el Informe PISA 2025, que citaba la pandemia como causa del descenso del rendimiento escolar en Europa, también se vinculó la relación entre la cultura digital y la hiperconectividad con la pérdida de la capacidad lectora, así como con bajos niveles de razonamiento deductivo y una capacidad de cálculo matemático deficiente. Y, por último, también se hizo mención a que la incapacidad para leer libros y comprender textos complejos, o para descifrar el significado metafórico de una oración, está estrechamente relacionada con la pérdida de la habilidad para escribir a mano. Casualmente, en medio de la controversia, apareció en las librerías Escrever à Mão (Escribir a mano), obra del neurólogo Alexandre Castro Caldas, especialista en neurociencia cognitiva, que explica con diáfana claridad la relación entre la habilidad para dibujar letras con las que formar palabras y las capacidades de reacción y rendimiento del cerebro.

4. A lo largo de 200 páginas, se detalla la demostración científica con una buena base histórica y filosófica, pero yo diría, en resumen, que lo que queda bastante claro es que las capacidades operativas del cerebro aumentan con la práctica de la escritura manual y disminuyen con su reducción. Lo que Castro Caldas plantea es la inminente pérdida de los gestos fundadores que nos hicieron humanos modernos, en esta violenta fase de cambio de paradigma a través del surgimiento de novísimos instrumentos cuyo poder parece ilimitado para el usuario, transformando a quien debería ser un sujeto activo en un patético ser pasivo. El autor nunca se deja llevar por el dramatismo, comprende el rumbo del cambio, pero aun así anuncia que nos enfrentamos a un cambio estructural en la naturaleza de nuestra especie.

En su voz se oyen campanas que doblan por un tiempo que tal vez esté en vías de desaparición. Sin embargo, como verdadero humanista, sabe que, naturalmente, una nueva era llegará por sí sola. Lo que no le impide llamar a la resistencia. Cita a Anaxágoras: “El hombre es el más inteligente de los seres vivos a causa de tener manos”. Por lo tanto, luchemos al menos para evitar vernos de regreso al mundo feudal que dejamos atrás hace seis siglos, iluminado ahora por la luz cegadora y totalitaria de la inteligencia artificial. El autor escribe en un momento dado: “No podemos permitir que nuestras mentes se conviertan en esclavas de un sistema artificial, que viene de quién sabe dónde”. Con todo, una de las mayores sorpresas que me deparó este libro fue encontrar en él la explicación a las dudas que me habían acompañado desde que fui una maestra niña para mis vecinos adultos.

5. Castro Caldas está especializado en el funcionamiento cerebral del adulto analfabeto en contraste con el del alfabetizado. Lo que cualquiera de nosotros imagina de forma empírica queda demostrado mediante la experimentación. Resulta conmovedor darse cuenta de cómo la falta del aprendizaje de la escritura durante la primera infancia obstaculiza el mecanismo neurológico que permite el almacenamiento de datos y condiciona el desempeño mental del analfabeto a lo largo de la vida, reduciendo su capacidad de desciframiento silogístico. Lo que está en juego hoy, con el progresivo distanciamiento del uso de la mano como ayuda para el cerebro, es la amenaza de un retroceso en la capacidad de imaginación, expresión, determinación y en el ejercicio del derecho a la libertad. Pronto comprenderemos hacia dónde nos dirigimos. Creo que estamos viviendo uno de esos momentos decisivos en los que el progreso exige detenerse y perder significa ganar. Ojalá que los jóvenes de hoy, que serán adultos en un futuro próximo, no tengan que volver a aprender a juntar letras y a deletrear palabras para salvar su propia humanidad.

lunes, 12 de octubre de 2026

"EL CUARTO HOMBRE". Un cuento de Agatha Christie

El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo "¡Es el corazón!"

Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimiento de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.

Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más alejada le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie lo hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.

-Vaya, Parfitt -comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?

-Y con lo malo que es para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad encontrarle, don Jorge. ¿Va usted muy al norte?

-Hasta Newcastle -replicó don Jorge-. A propósito -añadió-: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?

Y el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.

-Nos encontramos en la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.

El canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades mentales, y su último libro, El problema del subconsciente, había sido la obra más discutida del año.

El canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.

Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento resultó ser totalmente extraño... tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parecía dormir.

-¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester? -preguntó el doctor Clark con voz agradable.

El canónigo pareció halagado. Aquellos "sermones científicos" habían sido un gran acierto... especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia... modernizarse. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 11 de octubre de 2026

"DOMINGO EN EL PARQUE". Un poema de Susana Oviedo seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Susana Oviedo
Susana Oviedo nació en Córdoba, Argentina, aunque lleva muchos años residiendo en España. Ha dedicado gran parte de su vida a poner su hermosa voz al servicio de poemas de otros poetas. Hemos disfrutado mucho escuchándola. Como era previsible, decidió un día escribir sus propios versos, agrupados finalmente en el libro ‘Carta astral’, bellamente editado con ilustraciones del pintor Mario Simpson. Me llegó su libro por correo, inesperadamente, sin ruido, modesto. Y enlacé el recuerdo de su autora con los pensamientos que en él desgrana, con la pasión por la vida que expone, con la certeza de que no hay lucha social sin amor ni amor que no empuje a luchar contra las injusticias. En el poema que hoy comparto, un momento de plenitud sensorial en el parque trae a su memoria un tiempo pasado, sin papeles, incierto, semejante al de otros que ahora, pese a sus esfuerzos, no lo logran. La felicidad personal, parece decirnos, también se nutre de fatigas ajenas, de esperanzas compartidas. (Andrea Villarrubia Delgado)

DOMINGO EN EL PARQUE

Es verano todavía.
Tendida en la hierba escribo y sudo al sol.
No esperaba la mansedumbre
de estas lágrimas
y las dejo caer y caer
acompañándome.
Desde las cimas de los árboles
se escucha el parloteo de las cotorras
argentinas invasoras e indocumentadas.
Sonrío.
Más allá, las urracas, indefensos gorriones,
torpes palomas antes alabadas
rebuscan migas y semillas.
Esta tarde no hay familias merendando.
Un paseante solitario
camina hacia la fuente del Ángel Caído,
el bello desterrado
por querer saber.
Suspiro.
Privilegiada me sé
entre millones de almas
arrastradas por el río de la vida.
Cuerpos de dioses sangrantes,
encallados en las piedras,
sumergidos o humillados
en el barro de la orilla,
cuerpos que resisten
contra un destino
que es mentira que esté escrito.

Si aprendiéramos que todos
giramos en la misma rueda
no serían tan tristes
los domingos.

SUSANA OVIEDO

sábado, 10 de octubre de 2026

"EN UN MUNDO DISPERSO, LA LECTURA ES UN ACTO DE REBELDÍA". Nazareth Castellanos, El País

Leer no es una capacidad innata del ser humano: requiere aprendizaje, atención y concentración absoluta. En un momento de constante agitación, detiene la vida unos instantes

Cada día Mendel, el de los libros, acudía al café Gluck de Viena, en la parte alta de la calle Alser. Se sentaba en una mesita cuadrada con la superficie de mármol de un sucio gris, siempre repleta de libros y documentos. Su mirada tras las gafas fija, hipnóticamente clavada en un libro. Se trata de Jakob Mendel, el protagonista del relato Mendel, el de los libros, del escritor Stefan Zweig. Me refiero a Zweig como escritor porque así se le conoce, pero bien podría considerarse un psicólogo por su profunda y delicada descripción de los rincones de la mente humana. Zweig nace en Viena en 1881 y muere en Brasil en 1942, donde se quita la vida junto a su esposa. No quería presenciar la decadencia de Europa, supongo que esperaba mucho más del ser humano. Conocía bien sus debilidades, pero aún más sus fortalezas. En este relato nos presenta a Mendel, un apasionado de los libros, alguien que no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor cuando tenía un libro enfrente. Su obsesión por los libros es un esperpento que nos muestra esa maravilla, ese regalo de los dioses, que es la lectura.

El ser humano nace con la capacidad innata del habla, pero no con la de la lectura. Y ese ha sido precisamente uno de los enigmas más interesantes de la neurociencia, comprender cómo se las arregla el cerebro para que aprendamos a leer. En el siglo XIX se propuso la teoría de Wernicke-Geschwind según la cual las áreas visuales del cerebro, situadas en la parte posterior, reconocen la palabra como una imagen. Posteriormente, el lóbulo parietal asigna un significado a dicha imagen. De esta forma se establece una equivalencia secuencial entre lo visual, lo auditivo y lo semántico. Pero la llegada de la neuroimagen revolucionó esta teoría. Concretamente fue el profesor francés Stanislas Dehaene. Según su teoría, vigente hoy, el aprendizaje de la lectura supone la creación de dos rutas de procesamiento de la información: una léxica y otra no-léxica. Por una parte, aquellas palabras que conocemos se buscan en “el almacén de la memoria”, como lo llamó Dehaene. Y las palabras desconocidas activan una ruta fonológica, podemos leer algo sin saber lo que significa. Pero eso no es lectura. Esto supone que aprender a leer reorganiza el cerebro, ya que se generan rutas nuevas. Pero como decíamos, leer no es innato, es una capacidad que adquiere el cerebro. Y lo hace mediante un proceso denominado “reciclaje neuronal”, también propuesto por Dehaene. El cerebro se vale de redes neuronales ya existentes, que “recicla” para dedicarlas a la lectura. Así se generan las áreas de formación de palabras visuales, o popularmente “cajas de letras”, situadas en la corteza temporal visual del hemisferio izquierdo. Las palabras son tratadas como una imagen que debe interpretarse, una imagen que se vincula al lenguaje. Por ejemplo, si vemos escrita la palabra “flor” el cerebro visualiza esa imagen formada por cuatro símbolos (f, l, o, r), inmediatamente reconoce su significado y verbaliza, en silencio o usando la voz, el fonema “flor”. Por así decirlo, cuando leemos asignamos un sonido a la imagen.

Pero leer es mucho más. Leer es un proceso de atención. Mendel, el de los libros, saboreaba los misterios de la concentración absoluta. Como dice Zweig en su relato, la concentración es el eterno secreto de cualquier perfección. Cuando Mendel leía nadie podía molestarle en un instante como aquel, igual que a un verdadero creyente durante la oración. Sí, leer tiene algo de ceremonial. La atención es un ejercicio de rebeldía, como decía Simone Weil. Al tomar un libro en las manos, el cuerpo se prepara para sumergirse en otra realidad, un viaje donde queda atrás lo que somos. Comienza la supresión de la propia identidad y del contexto, que se realiza inhibiendo la actividad de las ínsulas, situadas en las regiones medias del cerebro, y que son las zonas encargadas de recordarnos quiénes somos y dónde estamos. Leer detiene nuestro mundo por unos instantes, y reconozcamos que eso es, a veces, delicioso. Al leer nos convertimos en otros personajes, aprendemos de ellos, pero también aprendemos a escuchar, a ser espectadores, a encontrar palabras que jamás hubiéramos utilizado. Leer nos ayuda a ser mejores relatores, en lo propio y en lo ajeno. La lectura amplía nuestro vocabulario y esto favorece la comunicación con los demás, y la comprensión de nuestra experiencia. La sutil diferencia entre dos palabras puede ser inmensa y a la vez aclaratoria. Pero sobre todo leer cultiva la atención. Esas páginas repletas de palabras generan ondas gamma en la corteza frontal, creando coreografías neuronales de una exquisita precisión. Así se entrenan las neuronas, que se acostumbran a estar al servicio de la atención. La lectura entrena al cerebro a concentrar su foco en lo elegido, y por tanto a apartar lo demás. La atención también es un proceso de olvido de aquello que no es relevante en este momento. Ante un libro nos entregamos al mundo de sus personajes, y esto nos convierte en seres con mayor empatía y comprensión de la complejidad humana. Nadie lo ha dicho mejor que Stefan Zweig: los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.