jueves, 2 de abril de 2026

"CUANDO EL ODIO SE DISFRAZA DE BROMA". Nacho Meneses, El País

Docentes, psicólogos y activistas exploran cómo abordar en las aulas los discursos de odio, desde memes y vídeos virales hasta rap, grafitis o teatro. La idea de fondo es clara: menos sermones y más preguntas

El silencio no dura mucho. Al principio hay risas incómodas, miradas cruzadas y algún comentario en voz baja que intenta rebajar la tensión. En el escenario, Pamela Palenciano cuenta su historia sin adornos —violencia, control, miedo— mientras en las primeras filas algunos chicos se remueven en el asiento y otros directamente se ríen, como si así pudieran mantener la distancia.

“Hay chicos que llegan muy a la defensiva, incluso con rechazo, como diciendo ‘a ver qué nos va a contar esta’… pero luego, cuando termina, se acercan, te piden perdón o te dicen que no lo habían visto así. Ahí es cuando ves que algo se ha movido”, cuenta Palenciano, activista y creadora del monólogo No solo duelen los golpes, que lleva más de dos décadas recorriendo institutos y auditorios de toda España.

Ese “algo” que se mueve no es fácil de definir, pero sí de reconocer: es el momento en que un discurso aprendido —una broma, un comentario, una idea repetida sin pensar— deja de funcionar en automático y empieza a incomodar. Lo interesante es que ese gesto, aparentemente mínimo, conecta con una preocupación mucho más amplia que atraviesa hoy a la sociedad y que distintas instituciones llevan tiempo señalando. Organismos como la UNESCO o el Consejo de Europa han alertado en los últimos años del aumento de los discursos de odio, especialmente en entornos digitales, y de la necesidad de abordarlos de forma explícita desde la educación. No solo como un problema de convivencia, sino como una cuestión democrática.

“Lo que vemos en las aulas no es un fenómeno aislado ni exclusivo de los jóvenes. Tiene mucho que ver con lo que está pasando fuera”, resume Stribor Kuric, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y antiguo investigador del Centro Reina Sofía de FAD Juventud. En ese “fuera” conviven la polarización política, la circulación constante de contenidos en redes sociales (donde estos discursos no solo se difunden, sino que encuentran espacios de refuerzo y validación) y una progresiva legitimación de mensajes que hace unos años quedaban relegados a los márgenes.

Los adolescentes, señalan los expertos, no solo están expuestos a ese entorno, sino que aprenden a moverse en él con naturalidad, adaptando sus códigos y reproduciendo —a veces sin cuestionarlos— los lenguajes que encuentran. Ese entorno digital no solo condiciona lo que se dice, sino también cómo se dice.

Cuando el odio se disfraza de broma

Los discursos de odio entre adolescentes rara vez se presentan como tales. No llegan en forma de consignas explícitas ni de mensajes abiertamente agresivos, sino envueltos en códigos que circulan con facilidad: memes, vídeos, chistes que se repiten sin pensarse demasiado y que, precisamente por eso, pasan desapercibidas. En ese terreno ambiguo —entre lo que hace gracia y lo que incomoda— es donde muchas veces se normalizan.

“Los memes son un caballo de Troya”, afirma Noemí Laforgue, investigadora del Grupo INTER de la UNED, que ha trabajado este tema junto a Alberto Izquierdo con alumnado de secundaria. En su experiencia, el humor no actúa como un elemento neutral, sino como una vía de entrada que permite que determinados estereotipos y formas de violencia simbólica se instalen sin generar rechazo inmediato.

“Todo se justifica con el ‘es broma’, el ‘no es para tanto’... Y ahí es donde se va normalizando”, apunta Palenciano, que lleva años observando ese mismo mecanismo en sus encuentros con adolescentes. La risa, en ese contexto, no es un elemento neutro, sino una forma de marcar el límite entre lo que se considera inaceptable y lo que puede decirse sin consecuencias aparentes. Y ese límite, como muestran distintas investigaciones y experiencias educativas, no se construye tanto desde la intención individual como desde el trabajo colectivo.

“El odio muchas veces no nace del odio, sino del miedo. Miedo a no encajar, a no ser aceptado o a quedarse fuera del grupo”, explica Javier Urra, psicólogo y primer defensor del menor en la Comunidad de Madrid. “Y la presión del grupo es brutal: cuesta mucho llevar la contraria, y es más fácil repetir lo que dicen los demás que quedarse fuera”. En la adolescencia, esa necesidad de pertenencia pesa lo suficiente como para que reír un chiste, compartir un meme o repetir una idea no implique necesariamente una adhesión consciente, sino más bien una forma de no desentonar. “Si tú entras en un aula diciendo ‘esto está mal’, probablemente no consigas que cambien de opinión. Lo que necesitas es que se pregunten por qué piensan así”, añade Urra. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 1 de abril de 2026

"LA TERCERA ORILLA DEL RÍO". Un cuento de Joao Guimaraes Rosa

Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.

Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, ni a un cuarto de legua: el río por allí se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día en que la canoa estuvo lista.

Sin pena ni alegría, nuestro padre se caló el sombrero y nos dirigió un adiós a todos. No dijo otras palabras, no tomó fardel ni ropa, no hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, nosotros pensamos que iba a bramar, pero permaneció blanca de tan pálida, se mordió los labios y gritó: “Se vaya usted o usted se quede, no vuelva usted nunca”. Nuestro padre no respondió. Me miró tranquilo, invitándome a seguirle unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero obedecí en seguida de buena gana. El rumbo de aquello me animaba, tuve una idea y pregunté: “Padre, ¿me lleva con usted en su canoa?”. Él sólo se volvió a mirarme, y me dio su bendición, con gesto de mandarme a regresar. Hice como que me iba, pero aún volví, a la gruta del matorral, para enterarme. Nuestro padre entró en la canoa y desamarró, para remar. Y la canoa comenzó a irse -su sombra igual como un yacaré, completamente alargada.

Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Sólo realizaba la idea de permanecer en aquellos espacios del río, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más. Lo extraño de esa verdad nos espantó del todo a todos. Lo que no existía ocurría. Parientes, vecinos y conocidos nuestros se reunieron en consejo.

Nuestra madre, avergonzada, se comportó con mucha cordura; por eso, todos habían pensado de nuestro padre lo que no querían decir: locura. Sólo algunos creían, no obstante, que podría ser también el cumplimiento de una promesa; o que nuestro padre, quién sabe, por vergüenza de padecer alguna fea dolencia, como es la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias que daban ciertas personas -caminantes, habitantes de las riberas, hasta de lo más apartado de la otra orilla- decían que nuestro padre nunca se disponía a tomar tierra, ni aquí ni allá, ni de día ni de noche, de modo que navegaba por el río, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes habían establecido que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabaría; y él, o desembarcaba y se marchaba, para siempre, lo que se consideraba más probable, o se arrepentía, por fin, y volvía a casa. CONTINUAR LEYENDO

martes, 31 de marzo de 2026

"MUJERES". Un poema de Luis García Montero

… Cada cosa en su tiempo. Escribí un poema titulado “Mujeres” para explicarme lo que había sentido en una escena de la vida cotidiana, una de esas escenas que se despiertan con signos de interrogación. El autobús recorría muy de mañana mi ciudad y se detuvo en una parada llena de mujeres que se habían levantado para ir a trabajar. El tiempo de sus cuerpos era el exigido por una ducha, un peine y un horario laboral. Al subir al autobús, dejaron al descubierto la marquesina de la parada. Estaba embellecida por las braguitas, los sujetadores y los cuerpos edulcorados de una campaña de ropa interior. Después de apreciar la belleza, sentí que me resultaba necesario distinguir entre la modelo perfecta de los carteles, elaborada como una propuesta virtual, y la experiencia de carne y hueso de las mujeres que van al trabajo y comparten sus vidas con la realidad. Como poeta, elegí los ojos madrugadores de esas mujeres. Estaban llenos de sueño y de sueños. (infoLibre.es, "El poeta en la calle". Luis García Montero)

MUJERES

Mañana de suburbio
y el autobús se acerca a la parada.
Hace frío en la calle, suavemente,
casi de despertar en primavera,
de ciudad que no ha entrado
todavía en calor.
Desde mi asiento veo a las mujeres,
con los ojos de sueño y la ropa sin brillo,
en busca de su horario de trabajo.

Suben y van dejando al descubierto,
en los cristales de la marquesina,
un anuncio de cuerpos escogidos
y de ropa interior.
Las muchachas nos miran a los ojos
desde el reino perfecto de su fotografía,
sin horarios, sin prisa,
obscenas como un sueño bronceado.

Yo me bajo en la próxima, murmuras.
Me conmueve el recuerdo
de tu piel blanca y triste
y la hermandad humilde de tu noche,
la mano que dejaste
olvidada en mi mano,
al venir de la ducha,
hace sólo un momento,
mientras yo me negaba a levantarme.

Que tengas un buen día,
que la suerte te buque
en tu casa pequeña y ordenada,
que la vida te trate dignamente.

LUIS GARCÍA MONTERO 


lunes, 30 de marzo de 2026

"EL EFECTO MATEO". Corandino Vega, El País

En España la educación se ha convertido en uno de los campos más fértiles para la mezcla de desigualdad y enriquecimiento privado

“Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”, dice la cita del Evangelio según san Mateo que la sociología tomó, a finales de los años sesenta, para acuñar un efecto que se ha producido siempre en ámbitos como la economía o la cultura pero que, en los últimos tiempos, parece haberse generalizado como modo operativo sin disimulo. No solo se trata de la manera de actuar de Trump en la esfera internacional o cuando favorece a los gigantes tecnológicos. En España, por ejemplo, la educación se ha convertido en uno de los campos más fértiles para esa mezcla de desigualdad y enriquecimiento privado. Así, mientras Ignacio Zafra informaba de cómo el abandono escolar de los alumnos extranjeros triplica al de los autóctonos, su compañera Elisa Silió advertía que los municipios más ricos de Madrid acaparan las “becas de excelencia” que se dan en esa comunidad y que han empezado a exportarse a otras regiones.

No tener estudios postobligatorios se ha convertido en una nueva forma de exclusión, pero esa posibilidad pasa cada vez más por la capacidad económica. Buena parte de las familias inmigrantes no solo se enfrentan a la barrera lingüística, al laberinto burocrático a la hora de pedir becas para sus hijos, a la falta de refuerzos individualizados y aulas de acogida en la enseñanza pública. Además, suelen no tener el poder adquisitivo suficiente para pagar clases particulares o los ciclos de Formación Profesional privados que están proliferando. En lugar de ayuda u orientación, lo que reciben muchas veces de la escuela es la repetición de curso como única alternativa, el indicador que mejor avisa del futuro fracaso. Por su parte, la estrechez propicia que estos alumnos, cumplidos los 16 años, salgan del sistema educativo para ponerse a trabajar en los mismos empleos precarios por los que los jóvenes españoles dejaban los estudios antes de 2008. Ellos son el nuevo proletariado, y su regularización debería ir acompañada de un modelo integrador que les permita realizar el sueño de prosperidad que trajo aquí a sus padres. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 29 de marzo de 2026

El encaje roto, un cuento de Emilia Pardo Bazán

Convidada a la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fue mi sorpresa cuando supe al día siguiente -la ceremonia debía verificarse a las diez de la noche en casa de la novia- que ésta, al pie mismo del altar, al preguntarle el obispo de San Juan de Acre si recibía a Bernardo por esposo, soltó un «no» claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la pregunta, se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace a la vez.

No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no embarazan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.

Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita era el medio ambiente en que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería; al brazo la mantilla blanca para tocársela en el momento de la ceremonia; los hombres, con resplandecientes placas o luciendo veneras de órdenes militares en el delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas, conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo del cuñado futuro; el obispo que ha de bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo, dignándose soltar chanzas urbanas o discretos elogios, mientras allá, en el fondo, se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde, artísticamente dispuesta, y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de Valencia el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona por viejo y achacoso -detalles que corren de boca en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá a Micaelita, una esperanza más de ventura para el matrimonio, el cual irá a Valencia a pasar su luna de miel-. En un grupo de hombres me representaba al novio algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar a las delicadas bromas y a las frases halagüeñas que le dirigen...

Y, por último, veía aparecer en el marco de la puerta que da a las habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla, como sembrado de rocío, la roca antigua del aderezo nupcial... Y ya la ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida con los padrinos, la cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio... Apíñase en primer término la familia, buscando buen sitio para ver amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes.... el obispo formula una interrogación, a la cual responde un «no» seco como un disparo, rotundo como una bala. Y -siempre con la imaginación- notaba el movimiento del novio, que se revuelve herido; el ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar a su hija; la insistencia del obispo, forma de su asombro; el estremecimiento del concurso; el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: «¿Qué pasa? ¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice «no»? Imposible... Pero ¿es seguro? ¡Qué episodio!... « CONTINUAR LEYENDO

sábado, 28 de marzo de 2026

"LA JUSTICIA POR LA MANO / A XUSTICIA POLA MAN". Un poema de Rosalía de Castro seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Regresar a los poemas de Rosalía de Castro es siempre motivo de placer y asombro. Este domingo de marzo comparto el poema ‘A xusticia pola man’, incluido en el libro ‘Follas novas’, en su apartado ‘Do íntimo’, publicado en 1880. No responde a la imagen contemplativa y melancólica que suele darse de la poeta, sino que ofrece una faceta más rabiosa y reivindicativa, más comprometida con el dolor humano y, en especial, con el dolor de las mujeres. En este caso, el de una mujer víctima de los abusos de los caciques, que, altaneros, se pasean por los caminos sin temor, sabiendo que ni los jueces ni los sacerdotes harán justicia, por mucho que la reclame la mujer violentada. ¿Qué hacer ante la connivencia y la corrupción de los poderosos? Cuántos casos de atropellos contra las mujeres debió conocer Rosalía de Castro, cuántas impunidades, para sentirse interpelada, para dejar constancia con valentía de la necesidad de, cuando las instituciones fallan, tomarse la justicia por la mano para vengar las afrentas. (Andrea Villarrubia Delgado)

LA JUSTICIA POR LA MANO

Los que más honrados son, allá en la villa,
me robaron toda mi blancura limpia;
mancharon de estiércol mis galas de un día,
y mi pobre ropa me la hicieron tiras.

Ni piedra dejaron donde yo vivía;
sin casa ni abrigo, moré en las campiñas,
y en el campo al raso con liebres dormía;
mis hijos…, ¡mis ángeles…!, que tanto quería,
murieron de hambre, que hambre tenían.

Quedé deshonrada, marchita mi vida,
un lecho me hicieron de tojos y espinas
y mientras, los zorros de sangre maldita,
en lecho de rosas, tranquilos, dormían.

-¡Salvadme, jueces!,- grité…, ¡Tontería!
de mí se mofaron, justicias vendidas.
-¡Ayuda, Dios mío!- gritando seguía…
De lo alto que , el buen Dios no oía.

Entonces, cual loba doliente o herida,
de un salto, rabiosa, con la hoz bien cogida,
me fui, paso a paso… ¡Nada se sentía!
Se escondió la luna; la fiera dormía
con sus compañeros en cama mullida.

Los miré con calma; con mis manos rígidas,
de un golpe… ¡uno solo! Los dejé sin vida;
y me senté a un lado, cerca de mis víctimas,
tranquila, esperando el alba del día.

Entonces… entonces se hizo justicia:
yo, en ellos; las leyes, en mi mano altiva.

ROSALÍA DE CASTRO

Traducción de Juan Barja

A XUSTICIA POLA MAN

Aqués que tn fama d’honrados na vila
roubáronme tanta brancura qu’eu tiña,
botáronme estrume nas galas dun día,
a roupa decote puñéronma en tiras.

Nin pedra deixaron, en dond’eu vivira;
sin lar, sin abrigo, morei nas curtiñas,
ó raso cas lebres dormín nas campías;
meus fillos… ¡meus anxos!… que tant’eu quería,
¡morreron, morreron, ca fame que tiñan!

Quedei deshonrada, murcháronm’a vida,
fixéronm’un leito de toxos e silvas;
i en tanto, os raposos de sangre maldita,
tranquilos nun leito de rosas dormían.

-Salvádeme, ¡ouh, xueces!, berrei… ¡Tolería!
De min se mofaron, vendeum’a xusticia.
-Bon Dios, axudaime, berrei, berrei inda…
Tan alto qu’estaba, bon Dios non m’oíra.

Entonces cal loba doente ou ferida,
dun salto con rabia pillei a fouciña,
rondei paseniño… (Ne’as herbas sentían)
i a lúa escondíase, i a fera dormía
cos seus compañeiros en cama mullida.

Mireinos con calma, i a fera dormía,
dun golpe, ¡dun soio!, deixeinos sin vida.
I ó lado, contenta, senteime das vítimas,
tranquila, esperando pola alba do día.

I estonces… estonces, cumpreuse a xusticia:
eu, neles; i as leises, na man qu’os ferira.

viernes, 27 de marzo de 2026

"MALDITO IDIOMA". Luis García Montero, infoLibre.es

Después de la descalificación del idioma español que ha hecho Donald Trump, conviene llamar la atención sobre algunas cosas.

En primer lugar, me parece importante valorar la lengua inglesa, su importancia internacional y la calidad literaria que nos ha regalado a los lectores. Los admiradores de Shakespeare hemos encontrado en sus palabras una manera decisiva de preguntarnos, de sentir el amor, la injusticia, el miedo a la muerte y la realidad de los matices humanos a la hora de convivir con los héroes y con nosotros mismos, con la perfección y con las carencias. La historia es una suma, un sigue, que no puede olvidarse de las restas y las divisiones. ¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla? ¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo? Eso se preguntó García Lorca en su Oda a Walt Whitman, cuando buscaba un modo poético de denunciar en Poeta en Nueva York las consecuencias económicas y políticas del capitalismo norteamericano. Fue un maestro para Federico el poeta que había paseado y escrito en inglés por las calles de Brooklyn, como Eliot y Auden fueron maestros imprescindibles para la mejor poesía española de posguerra. La literatura inglesa es una maravilla, aunque se olviden de ella los que sólo aprenden inglés para situar negocios multinacionales y poco humanos en las ambiciones de la speculation.

En segundo lugar, las críticas al idioma español de Donald Trump no son un ataque a España, o a México, o a Colombia, porque el español es un idioma propio de los EEUU. Según los informes del Instituto Cervantes, hay más de 60 millones de ciudadanos americanos de origen hispánico, de los cuales más de 40 millones mantienen el español como lengua materna. Así que cuando Trump desprecia el español, el idioma "maldito", y lo borra de la página web de la Casa Blanca, y promueve políticas de desprestigio en las escuelas, ataca sobre todo la diversidad de su ciudadanía en nombre de una identidad cerrada. El ataque al español en EEUU es el ejemplo más claro de la deriva neoliberal hacia el autoritarismo ideológico, confundiendo la libertad con la ley del más fuerte.

En tercer lugar, llama la atención que muchos hablantes hispanos, que aprendieron a amar a su familia y pedir pan en su idioma materno, muestren simpatías y apoyos a quien desprestigia el español. Coinciden en esa traición íntima representantes de la derecha española del PP y Vox, personajes como Milei y Bukele, cubanos identificados con Miami y protagonistas hispanos del capitalismo internacional. Traicionar a Castilla, al castellano, al español, a La Rioja, a Silos, a sus orígenes, a los puertos andaluces que miraron hacia América, a los procesos justos de independencia defendidos en español, no es ningún problema para los tradicionalistas, como tampoco parece problema bombardear hospitales, romper la justicia internacional, matar personas y violar los derechos humanos. El derecho a la propia lengua es uno de esos derechos.

En cuarto lugar, es necesario recordar que Donald Trump sabe lo que hace cuando desprecia el español. Si en su propio país se trata de una identidad importante, que se opone al deseo homogeneizador de su autoritarismo, en el mundo exterior el español es el segundo idioma del mundo junto al hindi, después del chino mandarín. Y cumple un papel decisivo de puente entre Europa y Latinoamérica. Reconocer y respetar el español supone respetar el multiculturalismo y pensar en un mundo que busque en la diversidad de una ilusión común el camino para la paz y la convivencia. El valor del español implica al mismo tiempo que Latinoamérica no debe ser un patio trasero de EEUU y que Europa tiene un valor decisivo a la hora de defender las ilusiones de una democracia social que no confunda el progreso con la avaricia tecnológica de las élites.

En quinto lugar, es bueno no olvidar el calado reaccionario, agresivo, dictatorial, beligerante y genocida que tienen las declaraciones despreciativas contra un idioma, aunque las diga alguien disfrazado de payaso populista. Y en sexto lugar, considero un orgullo que sea España quien le haya plantado cara, con voz en español, al peligro totalitario y bélico que hoy representan los invasores norteamericanos, sus redes sociales y sus armas de destrucción masiva.

miércoles, 25 de marzo de 2026

"ABRAHAM E ISAAC". Un cuento de Woody Allen

 Y Abraham se despertó en mitad de la noche y dijo a su único hijo Isaac:

– He tenido un sueño en el que la voz del Señor me ha ordenado que sacrifique a mi único hijo, así que ponte los pantalones.

E Isaac tembló y repuso:

– ¿Y qué has dicho tú? Me refiero después de que Él te presentase la papeleta.

– ¿Y qué iba a decir? -contestó Abraham-. Estaba allí de pie a las dos de la madrugada y en ropa interior ante el Creador del Universo. ¿Qué querías que dijera?

– Bueno, ¿Por qué desea que me sacrifiques? -preguntó Isaac a su padre.

Pero Abraham replicó:

– El creyente no hace preguntas. Vamos pues, que mañana me espera un día muy ajetreado.

Y Sarah, al escuchar los planes de Abraham, se irritó y dijo:

– ¿Cómo sabes que era el Señor y no, pongo por caso, ese amigo tuyo al que le gustan las bromas pesadas? Porque el Señor detesta las bromas pesadas y todo aquel que gaste una será entregado a sus enemigos, puedan éstos pagar los gastos de reembolso o no.

Y Abraham respondió:

– Porque yo sé que era el Señor. Era una voz profunda, resonante, bien modulada, y nadie en el desierto es capaz de retumbar de esta forma.

Y Sarah insistió:

– ¿Y pretendes consumar ese acto insensato?

Pero Abraham repuso:

– Francamente, sí, porque poner en duda la palabra del Señor es una de las cosas peores que puede hacer un hombre, sobre todo estando como está la economía.

Y así llevó a Isaac a un cierto lugar y se dispuso a sacrificarle, pero en el último momento el Señor detuvo la mano de Abraham y dijo:

– ¿Cómo puedes hacer semejante barbaridad?

Y Abraham protestó:

– Pero Tú dijiste…

– No importa lo que Yo dijera -tronó el Señor-. ¿Prestas oído a todas las ideas absurdas que se te ofrecen?

Y Abraham se sintió avergonzado.

– Ejem… no realmente… no.

– Te sugiero en broma que sacrifiques a Isaac y te falta tiempo para poner manos a la obra.

Y Abraham cayó de rodillas:

– Mira, nunca sé cuándo hablas en broma.

Y el Señor estalló:

– No tienes sentido del humor. No puedo creerlo.

– Pero, ¿no prueba eso que te amo, que estaba dispuesto a entregarte a mi único hijo según tu capricho?

Y el Señor contestó:

– Eso prueba que algunos hombres obedecen cualquier orden por cretina que sea, mientras la formule una voz resonante y bien modulada.

Y con esto, el Señor ordenó a Abraham que se fuera a descansar y que volviese a despachar con Él al día siguiente.

martes, 24 de marzo de 2026

"LA NOCHE". Un poema de Alejandra Pizarnik

Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.

Alguna vez volveremos a ser.

lunes, 23 de marzo de 2026

"TODO, EN UN PARPADEO". Juan José Millás, El País

La poeta estadounidense Emily Dickinson

Hay lecturas que exigen una edad moral, no biológica. Emily Dickinson no pide entusiasmo sino atención; no adhesión sino disponibilidad

Hay poetas que saben esperarte. Emily Dickinson llevaba lustros aguardándome. Hay obras que descubres cuando habías perdido la esperanza de entenderlas. Antes, nos rozan, se insinúan, se dejan ver de forma delicada. Después, un miércoles cualquiera, nos llaman por nuestro nombre. “Ya es la hora”, nos dicen, “léeme”. Durante años supe que Dickinson estaba ahí, en ese lugar geográfico de mi biblioteca, con una respiración tan baja que parecía no existir. Conocía algunos de sus versos (“el para siempre está hecho de ahoras”, por ejemplo), citados sin amor. Dickinson estaba bien, pero no era para mí. O yo no era todavía para ella. Faltaban derrotas, faltaban silencios, faltaba una cierta domesticación del asombro. Hay lecturas que exigen una edad moral, no biológica. Dickinson no pide entusiasmo sino atención; no pide adhesión sino disponibilidad. Sus poemas no avanzan: se detienen. No explican: interrumpen. Uno entra en ellos como quien entra en una habitación oscura, confiado en que algo se manifestará si logra que los ojos se acostumbren a la ausencia de luz.

Cuando por fin llegó a mí ―o cuando yo llegué a ella― no hubo estruendo. Sucedió sin anuncio. Un verso breve, casi insignificante (“El alma tiene momentos vendados”), me obligó a cerrar el libro. No por su carga emotiva, sino por su precisión. Ahí entendí la espera: no era la suya, era la mía.

Leerla ahora es una forma de conversación tardía. Ella habla desde un lugar sin tiempo, y yo desde un cuerpo cansado de explicarse. Nos encontramos en el punto exacto donde ya no hace falta convencerse de nada. Sus mayúsculas no subrayan: iluminan un segundo y se apagan, como en un parpadeo. Todo ocurre en ese abrir y cerrar de ojos. Algunos autores nos esperan. Saben que tenemos una cita y que no es más que una cuestión de tiempo. Llegaremos cuando deje de llover. Y entonces, por fin, nos dirán lo que no habíamos sido capaces de escuchar durante lustros.

domingo, 22 de marzo de 2026

"EL CAMINO ES ASÍ". Un cuento de Alfredo Bryce Echenique

Todo era un día cualquiera de clases, cuando el hermano Tomás decidió hacer el anuncio: «El sábado haremos una excursión en bicicleta, a Chaclacayo». Más de treinta voces lo interrumpieron, gritando: «Rah». «¡Silencio! Aún no he terminado de hablar: dormiremos en nuestra residencia de Chaclacayo, y el domingo regresaremos a Lima. Habrá un ómnibus del colegio, para los que prefieran regresar en él. ¡Silencio! Los que quieran participar, pueden inscribirse hasta el día jueves». Era lunes. Lunes por la tarde, y no se hace un anuncio tan importante en plena clase de geografía. «¡Silencio!, continúo dictando, la meseta del Collao es… ¡Silencio!».

Era martes, y alumnos de trece años venían al colegio con el permiso para ir al paseo, o sin el permiso para ir al paseo. Algunos llegaban muy nerviosos: «Mi padre dice que si mejoro en inglés, iré. Si no, no». «Eso es chantaje». El hermano Tomás se paseaba con la lista en el bolsillo, y la sacaba cada vez que un alumno se le acercaba para decirle: «Hermano, tengo permiso. Tengo permiso, hermano».

Miércoles. «Mañana se cierran las inscripciones». El amigo con permiso empieza a inquietarse por el amigo sin permiso. Era uno de esos momentos en que se escapan los pequeños secretos: «Mi madre dice que ella va a hablar con mi papá, pero ella también le tiene miedo. Si mi papá está de buen humor… Todo depende del humor de mi papá». (Es preciso ampliar, e imaginarse toda una educación que dependa «del humor de papá»). Miércoles por la tarde. El enemigo con permiso empieza a mirar burlonamente al enemigo sin permiso: «Yo iré. Él no». Y la mirada burlona y triunfal. Miércoles por la noche: la última oportunidad. Alumnos de trece años han descubierto el teléfono: sirve para comunicar la angustia, la alegría, la tristeza, el miedo, la amistad. El colegio en la línea telefónica. El colegio fuera del colegio. Después del colegio. El colegio en todas partes. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 21 de marzo de 2026

"PERMITID, SEÑOR". Un poema de Juan Bernier seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El poeta Juan Bernier fue miembro fundador junto con los poetas Pablo García Baena, Ricardo Molina, Julio Aumente y Mario López de la revista de poesía ‘Cántico’ en Córdoba en el año 1947. La revista dio nombre al grupo poético que tuvo un papel fundamental en la poesía de la posguerra española (cuánto me gusta, dicho sea de paso, que la Biblioteca Pública de Córdoba lleve el nombre del grupo y que en esa ciudad haya una plaza dedicada al poeta). La poesía de Juan Bernier es quizá una de las más atormentadas de todo el grupo. Su juventud estuvo marcada por su homosexualidad, atrozmente perseguida en aquellos años crueles y amenazantes. La poesía fue su modo íntimo de explicarse a sí mismo frente a la repulsa y la intolerancia que percibía a su alrededor. Esas oscuras miradas le hicieron decir en su libro ‘Diario’ «únicamente en mí mismo encuentro comprensión». El poema que hoy comparto pertenece al libro ‘Poesía en seis tiempos’ en la sección ‘Tiempo de deseo’ publicado en el año 1977. Cuánta angustia y cuántas pasiones reprimidas acumulan la poesía de todos los tiempos. (Andrea Villarrubia Delgado)

PERMITID, SEÑOR

Permitid, Señor, un poco de lujuria en este mundo.
Permitid que el roce de los labios sea caliente levadura,
permitid que las pupilas de luto del deseo se hundan en el pozo de otros ojos,
permitid que la mano del osado amante palpe la sangre ajena estremecida.

Dejad hervir la entraña de los machos sobre la piel desnuda,
dejad el juego de los adolescentes labios bucear en los senos de los lirios,
dejad las vírgenes con su secreto fuego ardiendo en piras escondidas,
dejad los muslos de los verdes tallos mezclarse en llamas
de tacto, en apretadas lianas de caricias.

Que el rubor se desnude enteramente y la escultura
surja de tactos y torrentes,
que los zumos de ojos exprimidos y de brazos
manen de fuentes secretas y de labios.

Permitidlo, Señor, que ya sufrieron sus penas los humanos,
que ya, bastante, la carga duró sobre los hombros.

JUAN BERNIER

viernes, 20 de marzo de 2026

"LEER A SOLAS EN UNA HABITACIÓN". Antonio Muñoz Molina, El País

Mientras decenas de millones de niñas no pueden ir a la escuela, en nuestro mundo de desganado cinismo aprender se ve como algo superfluo

En el mundo privilegiado, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito. Fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal. En Gaza, el ejército israelí se ha especializado heroicamente estos últimos años en bombardear las escuelas con la misma saña que los hospitales. En sus tiendas de refugiados en su propio país, niños y niñas rescatan libros y cuadernos escolares de los escombros y aprenden caligrafía donde pueden, en papeles rotos, en los márgenes de periódicos y libros medio quemados.

El poeta Cezslaw Milosz contaba que durante la ocupación alemana la resistencia polaca mantenía escuelas, bibliotecas y hasta universidades clandestinas, y, aparte de luchar contra el invasor con las armas en la mano, organizaba conciertos y funciones teatrales para mantener vivo el amor del conocimiento y la belleza. Lo mismo hacían los judíos confinados en los guetos, y hasta en los campos de exterminio. Uno de los pasajes más conmovedores de Si esto es un hombre es aquel en el que Primo Levi, a punto de rendirse al embrutecimiento de la miseria y el miedo, consigue recordar y recitar de memoria un pasaje de la Divina Comedia. El que ha pasado hambre mantendrá siempre un respeto litúrgico hacia los alimentos. Para los condenados al analfabetismo, el saber es el alimento necesario del espíritu, y su imposibilidad o su escasez una privación de la que nunca se consuelan.

He visto desde niño que el ansia de aprender con mucha frecuencia estaba más acentuada en las mujeres, sin duda porque para ellas era más grave la condena a la ignorancia. Las madres de la clase y la generación de la mía se han pasado la vida sintiendo la amargura de lo que no pudieron aprender, y la nostalgia de una escuela a la que solo asistieron de manera esporádica, y en circunstancias precarias. Mi abuelo materno, casi del todo autodidacta, escribía con muy buena letra, aunque a veces juntara las palabras y cometiera faltas. Mi abuela solo sabía firmar su nombre, con mucha torpeza. Mi madre recordaba como un breve paraíso los días que pasó en la escuela antes de la guerra, y aunque su memoria ya va disgregándose, aún conserva un rastro del resentimiento que alimentó siempre contra las normas de un mundo en el que todo se conjuraba para impedirle aprender.

La frustración personal la compensaban esas mujeres empeñándose, a veces contra la indiferencia o la oposición de los hombres, en que sus hijas y sus hijos estudiaran. Entre los escasos regalos de Reyes que recibíamos mi hermana y yo siempre había algún libro. Para elegirlos, nuestra madre se dejaba aconsejar por el dueño de la papelería en la que comprábamos también los materiales escolares. Lo que no tuvieron en la infancia, cuando la pobreza y la obligación del trabajo se lo vedaron, pudieron disfrutarlo con mucho retraso, pero no menos felicidad, cuando en los años ochenta se matricularon, ellas sobre todo, aunque también muchos de ellos, en las escuelas para adultos, en las que unos maestros jóvenes se les aparecían como héroes providenciales. Ahora escribían con corrección y claridad, aunque siempre despacio, porque a esas edades era más difícil que se volvieran ágiles con el bolígrafo aquellas manos endurecidas por el trabajo. Y además se descubrían leyendo con una fluidez y una comprensión que no mucho antes les habrían parecido imposibles. Leían sin silabear, y pasaban con mucho cuidado las páginas, humedeciendo el pulgar con un gesto preservado o revivido de la infancia.

Durante muchos años, y hasta hace muy poco, mi madre ha sido una lectora asidua de literatura. Se sentaba con las gafas de coser y abría el libro alisándolo sobre la mesa, y luego sobre un atril, y decía que se olvidaba de poner la televisión, y el tiempo se le pasaba sin sentir. Leía Don Quijote de la Mancha y le daban ataques de risa. Leía Fortunata y Jacinta y se indignaba con las crueldades de señorito explotador de Juanito Santa Cruz, y el destino de infortunio al que se veía arrastrada Fortunata, en un mundo en el que no había posibilidad de albedrío para una mujer sola. Cuando se le empezaron a debilitar la vista y las manos, mi hermana la introdujo en el uso del Kindle. Pesa menos, y se puede agrandar la letra tanto como haga falta. Hay señoras nonagenarias que dan órdenes impacientes a Alexa, como a una sirvienta algo alelada, para que les cambie de canal, y tecnólogos futuristas que nunca imaginaron que los abuelos fueran a ser el mejor público del libro electrónico.

La habitación propia de Virginia Woolf es una conquista tan decisiva para una lectora como para una escritora. Mi madre leyendo tranquilamente a solas en su habitación estaba gozando de una de las reivindicaciones fundamentales de su vida. En los museos holandeses hay muchos cuadros del siglo XVII que retratan a mujeres solas que leen en uno de esos interiores confortables y limpios que no se ven nunca en la pintura española de la época, igual que no se ven mujeres lectoras, a no ser la Virgen María, que ve su soledad importunada por un ángel. Ha estado brevemente en España la gran activista pakistaní Malala Yousafzai y le ha dicho a Patricia R. Blanco en una entrevista: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. Malala sabe de lo que está hablando. Creció en una región de Pakistán donde los talibanes, para asegurarse de que las niñas se quedaban sin educación, bombardeaban las escuelas. Hija de un padre con vocación de educador y activista social, a los 12 años Malala dominaba perfectamente el inglés, además del urdu, su lengua nativa, y escribía con seudónimo un blog para la BBC, en el que daba cuenta de los abusos de los talibanes contra niñas y mujeres en su provincia. Descubierto su verdadero nombre, los mulás integristas la condenaron a muerte por la herejía femenina de adquirir una educación.

En los países privilegiados, chicos y chicas salen de un examen y se lanzan ávidamente a la libertad de la calle. A los 15 años, volviendo en autobús de un examen junto a unas amigas, Malala vio que un hombre barbudo gritaba Allahu Akbar delante de ella y le ponía una pistola en la cara, y ya no vio más. La bala le atravesó el cerebro pasando muy cerca de un ojo, y quedó alojada en su espalda. Estuvo durante meses entre la vida y la muerte. Volvió del coma con una determinación invariable de seguir aprendiendo, pero ahora no quería ser doctora, sino activista por la educación de las niñas.

En nuestro mundo de desganado cinismo, el aprendizaje es una cosa más bien superflua, y las escuelas y las universidades de los ricos, lo mismo en Madrid que en Harvard, no ofrecen ya una educación; tan solo venden credenciales y contactos. Pero algo muy serio, profundo, hasta peligroso, tiene que haber en el deseo de aprender de una niña de 15 años para que se considere necesario asesinarla. Malala salió de Pakistán no por ver mundo, sino para que no la mataran, y se doctoró en Oxford, además de ganar a los 17 años ese Premio Nobel de la Paz que al octogenario Donald Trump le da tanta rabia no haber conseguido. Malala, ahora una mujer de 28, consagra su prestigio universal a la causa de la educación de las niñas, y no parece que pierda ni la serenidad ni el entusiasmo. Hay en el mundo, nos dice, 120 millones de niñas que no pueden ir a la escuela. Quién puede imaginar lo qué pasaría si esa formidable multitud pudiera escapar al cautiverio de la ignorancia.

jueves, 19 de marzo de 2026

"PERDIDOS EN UNA PIRÁMIDE, O LA MALDICIÓN DE LA MOMIA". Un cuento de Louisa May Alcott

I

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—¿Qué son estas cosas, Paul? —preguntó Evelyn, mientras abría una caja de oro deslustrado y examinaba su contenido con curiosidad.

—Son semillas de una planta egipcia desconocida —respondió Forsyth, y una sombra repentina cruzó su rostro moreno, mientras miraba los tres granos escarlatas que yacían en la blanca mano que le había tendido.

—¿Dónde las has conseguido? —preguntó la joven.

—Es una historia extraña que solo te perturbará si te la cuento —dijo Forsyth con una expresión ausente que despertó enormemente la curiosidad de la joven.

—Por favor, cuéntamela. Me gustan las historias extrañas y nunca me alteran. Ah, cuéntamela, tus historias siempre son tan interesantes —exclamó, levantando la mirada con una combinación tan seductora de súplica y mandato en su encantador rostro, que era imposible negarse.

—Te arrepentirás, y quizá yo también; te lo advierto de antemano: se augura un mal destino para quien posee esas misteriosas semillas —dijo Forsyth sonriendo, mientras fruncía las cejas y miraba a la joven con una mirada cariñosa, pero también premonitoria.

—Continúa, no le temo a esas bonitas semillas —respondió ella con un gesto imperioso.

—Oír es obedecer. Déjame recapitular los hechos y luego comenzaré —respondió Forsyth, paseándose de un lado a otro con la mirada ausente de quien rememora el pasado.

Evelyn lo observó un momento y luego volvió a su trabajo, o más bien a su juego, una actividad que parecía ajustarse a la perfección a la vivaz criatura, a medio camino entre niña y mujer.

—Mientras estaba en Egipto —empezó a decir Forsyth lentamente—, un día fui con mi guía y el profesor Niles a explorar las pirámides de Keops. Niles era un apasionado de las antigüedades de todo tipo y, en su fervor, se olvidaba del tiempo, del peligro y del cansancio. Recorrimos los estrechos pasadizos, ahogados por el polvo y el aire viciado, mientras leíamos inscripciones en las paredes, tropezábamos con ataúdes destrozados o nos encontrábamos cara a cara con algún espécimen arrugado, encaramado como un duende en los pequeños estantes donde, durante siglos, se habían guardado los cadáveres. Tras unas horas, estaba desesperadamente cansado y rogué al profesor que volviéramos. Pero él estaba empeñado en explorar ciertos lugares y no desistió. Como solo teníamos un guía, me vi obligado a quedarme, pero Jumal, mi criado, al ver lo cansado que estaba, nos propuso que descansáramos en uno de los pasillos más amplios mientras él iba a buscar otro guía para Niles. Aceptamos y, tras asegurarnos de que estaríamos perfectamente a salvo si no abandonábamos el lugar, Jumal se marchó prometiendo volver rápidamente. El profesor se sentó a tomar notas de sus investigaciones y yo, tras estirarme sobre la suave arena, me quedé dormido. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 18 de marzo de 2026

"EPIGRAMA CONTRA STALIN". Un poema de Ósip Mandelshtam que le costó la vida

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.

Entre una chusma de caciques de cuello extrafi no
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
sólo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en
la ceja, al cuarto en el ojo.

Toda ejecución es para él un festejoque
alegra su amplio pecho de oseta. 
Traducido por José Manuel Prieto

martes, 17 de marzo de 2026

"LA MEJOR ES LA ÚNICA BUENA". Antonio Lobo Antunes, El País 22 JUL 2006

Pensándolo bien, no soy un escritor, porque lo que hago no es escribir, es oír más intensamente. Me siento y espero hasta que las voces comiencen. Andan a mi alrededor, más fuertes, más tenues, más distantes, más próximas, hablando sin sonido y no obstante diciendo, diciendo.

El problema es elegir cuál de ellas es la verdadera, porque todas las demás mienten. A veces lleva semanas, lleva meses entenderla. Casi nunca se trata de la más nítida. Casi nunca, no: nunca se trata de la más nítida, ni de la más seductora, ni de la más inteligente. En general se apaga, recomienza, vuelve a apagarse, se distrae de mí y yo de ella, intento encontrarla entre las restantes, no lo consigo, lo consigo, no lo consigo, recomienzo, la descubro a lo lejos, creo descubrir

Aunque piense que está leyendo no está leyendo nada, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida

-Es ésta

me desilusiono

-No es ésta

pues lo que cuenta no tiene sentido y no obstante existe algo en el sinsentido que me persigue, la atraigo hacia mí o me empujo hacia ella, no la atraigo hacia mí, me empujo hacia ella, comienzo a probarla despacito, una palabra dispersa, una segunda palabra al azar, una frase entera, las voces que quedan se empeñan en desviarme

-¿Qué interés hay en eso?

-¿A qué te lleva ese discurso?

-Estás equivocado

me entregan personajes, episodios, historias y yo no quiero saber nada de personajes, episodios, historias, eso es para quien hace novelas y yo me cago en las novelas, quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quiero el corazón del mundo, no quiero entretener a los que las compran, no quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna, quiero seguir un pasito leve en un corredor que no sé dónde queda, no exactamente un pasito, el eco de un pasito que ha de volverse pasito si continúo con él, que ha de ganar carne y ojos y llevarme consigo, quiero respirar con él, quiero que nos quedemos juntos, quiero que el pasito sea mi pasito y el corredor mi corredor, que la carne y los ojos se conviertan en mi carne y en mis ojos, quiero ese libro que aún no ha comenzado, pero que a fuerza de obstinación y orgullo y paciencia se volverá mío, sin escribirlo, claro, ya no caigo en esa trampa, dejándolo salir como el agua que se derrama y encuentra su curso en las junturas de las tablas del suelo y no es mi libro, dado que no me pertenece ningún libro con mi nombre, los libros deberían llevar el nombre del lector, no del autor, en la cubierta, es el lector quien le da sentido a medida que lee, es al lector a quien le pertenece la voz, y no sólo la voz, la carne y los ojos y el corredor y el paso, y el lector está solo y es inmenso, el lector contiene en sí el mundo entero desde el principio del mundo, y su pasado y su presente y su futuro, y se escucha a sí mismo y siente el peso de cada víscera, de cada célula, de cada íntimo rumor, el lector no para de crecer y ya no necesita ni el libro ni a mí, y al acabar el libro comienza, y al guardar el libro en el estante el libro continúa y el lector continúa con él, cada célula se divide en millares de células y el lector es muchos, y el lector deja de leer porque no está leyendo, aunque piense que está leyendo no está leyendo nada en absoluto, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida aunque el libro esté cerrado en algún rincón de la casa y el lector no lo necesite para continuar con él y ahora me vienen a la cabeza las semillitas sin peso que en el verano de cuando éramos pequeños entraban volando por la ventana, volvían a salir, desaparecían y, aun desaparecidas, seguían con nosotros llevando de la mano recuerdos y esperanzas y alguien que cantaba

(¿qué mujer?)

junto al lavadero una melodía

(a veces ni una melodía siquiera: dos o tres notas solamente)

que son las únicas que oiremos cuando caiga la noche y las sombras que nos rodean piensen

(más que pensar: tengan la certidumbre, ellas y el médico y el señor de los ataúdes)

de que no oímos nada.

lunes, 16 de marzo de 2026

La barra de pan, un cuento de Manuel Rivas

Tras el entierro, en el cementerio de San Amaro, habíamos ido al Huevito y luego al bar David para brindar por el alma difunta. Había muerto la madre de Fontana. Él estaba muy apesadumbrado, como si el peso de la caja continuase aún allí, en su espalda, y con ese aire de dolor culpable que tienen los hijos cuando se les va la madre. En su caso, la madre había tenido Alzheimer y confundía a su hijo con el hombre de la información meteorológica en la televisión.

!Mira qué formal está!, decía ella. Y le mandaba un beso soplando en la palma de su mano hacia la pantalla.

Fontana interpretaba aquella desmemoria como una señal de protesta, de acusación indirecta por sus largas ausencias. Estaba soltero como todos nosotros y le iba la bohemia. Le llegó a tener mucha antipatía al Hombre del Tiempo. Hasta que O'Chanel le dijo un día: Es que se parece a ti, Fontana. Es igualito a ti.

Y Fontana se puso un traje de chaqueta cruzada como el de aquel Hombre del Tiempo y le dijo: Mamá, soy yo.

Ya veo que eres tú, le respondió su madre sonriente. Mucho he rezado para te dejasen salir de las isobaras.

En la barra del bar estaba Corea. Era un bebedor solitario, que no se metía con nadie. Pero en lo poco que hablaba, incluso cuando quería ser amable, le salían apocalipsis por la boca, que decía con una voz grave, como palabras de tierra. Por eso, cuando se acercó a Fontana, nos pusimos en guardia. Pero Corea le puso la mano en el hombro y le dio el pésame sorprendente: A los muertos hay que dejarles ir. No hay que tirar de ellos hacia abajo. Hay que abrir una teja en el tejado. Y que el alma busque su sitio.

Sin más, Corea se fue hacia la barra, bebió el trago que le quedaba, pagó la ronda y se marchó por la puerta sin despedirse.

Por un tiempo, nos quedamos mudos. Es una hermosa oración, dijo por fin O'Chanel.

La mejor, añadió Fontana pensativo.

Va un brindis por el alma.

¡Por el alma!

Es cierto, dijo O'Chanel. Es cierto que hay cosas que tienen alma. O dicho de otra manera, hay sitios en los que se posan las almas como pájaros en las ramas.

O'Chanel siempre tenía un cuento en la recámara para tapar los tiempos muertos. Solo necesitaba un trago para, según decía él, mojar la prosodia. Había emigrado a Francia de joven, en uno de esos trenes que salían atestados de Galicia. Y le había ido bien. Oye, tú, ¡yo colocaba guardabarros en la Renault!, decía como un mariscal victorioso. Incluso contaba que había estado sentado con un Filósofo célebre en la terraza de un café a la orilla del Sena y que el filósofo había tomado notas de cuanto él le decía. Por supuesto, aseguraba O'Chanel, antes me pidió permiso. ¡Ese sí que es un país con cultura y educación! Y es que a veces le entraba nostalgia del revés: ¡Aún he de volver a París! Un hombre con prosodia allí es un galán.  CONTINUAR LEYENDO

domingo, 15 de marzo de 2026

"¿EN PERSEGUIRME, MUNDO, QUÉ INTERESAS ...?". Un poema de Sor Juana Inés de la Cruz

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando solo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.

Yo no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

sábado, 14 de marzo de 2026

"SER BUENA GENTE". José Luis Sastre, El País

El principio sencillo y universal de la bondad se ha vuelto revolucionario

Los ingenuos. Los frágiles. Las almas cándidas. Esos a los que llaman flojos y tibios y buenistas y cosas peores. Los que no gritan. Los que escuchan. Los que se ponen en la piel de otros, a los que no conocen. Los que cuidan y preguntan qué tal estás con una curiosidad sincera. Los honestos que van de frente y sin doblez. Los que se revuelven aunque les critiquen, porque siempre critican. Los que hacen aquello que creen que tienen que hacer.

Los que dudan y, en cambio, tienen clara la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Los que hacen preguntas pero no son equidistantes: los que se hacen preguntas para no ser equidistantes. Los que podrían dormir tranquilos y, sin embargo, se desvelan. Los que sufren y conviven con un malestar que no es por ellos, o no es solo por ellos, sino que es también por los demás. Los que se atreven a decir no estoy bien y algo me pasa. Los que se inquietan por la deriva del mundo. Los que saben dónde está la injusticia, y se rebelan.

Los que discuten que siempre gane el más fuerte y el que más se aproveche. Los que piensan que sirven de algo sus pequeños gestos, sus gestos minúsculos que no importan a nadie, y construyen a su alrededor un lugar pequeño pero seguro, un refugio sin algoritmos. Los discretos. Los que bailan. Los que se ríen. Los que no pasan los días enfadados, ahogados por la bilis de sus reproches. Los que se dan cuenta de sus rencores y saben qué hacer con la rabia. Los que conocen su sitio y desde qué altura han de mirar a los demás.

Los que tratan de cambiar algo por mucho que asuman que el mundo más global lo dominan en realidad muy pocas manos. Los que confían en la condición humana y se acuerdan de que, incluso tras el espanto de la Segunda Guerra Mundial, Camus escribió de la solidaridad entre los hombres y se congratuló de quienes cumplieron con su deber, más allá de su ideología. Los que tienden la mano. Los que no lo dan todo por perdido porque distinguen el realismo de la resignación.

Los que oyen el griterío y piensan que aun así vale la pena. Los que recuerdan, ahora más que nunca, que la alegría se ha vuelto revolucionaria, aunque no llegue a serlo tanto como otro principio sencillo y universal: tratar de ser buena gente.

viernes, 13 de marzo de 2026

"EL MONO QUE QUISO SER ESCRITOR SATÍRICO". Una fábula de Augusto Monterroso

En la Selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.

Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.

Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.

No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba  nvariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.

Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada. Entonces un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.

Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso en ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios auxiliares en realidad de su arte adulatorio lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus 
cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas y desistió de hacerlo.

Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba  estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacía más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.

Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.

Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa y en él mismo.

En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.

FIN

jueves, 12 de marzo de 2026

"MIS OJOS, SIN TUS OJOS, NO SON OJOS". Un poema de Miguel Hernández

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos.

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.

miércoles, 11 de marzo de 2026

"VÍVERES". Luis García Montero, El País

La literatura es parte de las provisiones imprescindibles para afrontar un invierno tan duro como este

La sabiduría de almacenar provisiones supone un modo de luchar por la vida. Como los inviernos y sus fríos pueden endurecer la caza diaria, nos conviene un respaldo de vituallas en la cocina. Luis Landero sabe que la literatura es una buena provisión. Cuando uno de nuestros inviernos provocó una nevada arrogante a la que llamamos Filomena, Landero recordó que Boccaccio, en el siglo XIV, había salvado de la peste bubónica a unos jóvenes de Florencia. El Decamerón salió de la despensa literaria para dar pie al Coloquio de invierno (Tusquets, 2026), libro que reúne en un hotel rural a siete personajes dispuestos a sobrevivir. Las historias de sus vidas son tan importantes como los víveres de los hoteleros para darle sentido a la experiencia. Contar, escuchar, conocer, reconocer, nos hace humanos más allá de la animalidad de la caza diaria y de las agitaciones de la naturaleza.

Landero es un maestro en el arte de crear personajes. Sabe que la literatura forma parte de nuestros víveres. El temporal de hoy se llama individualismo, prisa, móviles, desinformación, distancia. Todas las nuevas estrategias de comunicación nos conducen al aislamiento, borran las conversaciones familiares, las citas tranquilas, los encuentros que no sean aluviones de tratos fugaces. Como creador de personajes, Landero sabe que, si queremos reconocernos, además de buscar nuestros ojos en el espejo, necesitamos escuchar a los demás, formar parte del coloquio cervantino de los perros, comprender la vida que ladra o murmura en cada palabra. Contar nuestra vida nos hace dueños de nosotros mismos, sobre todo cuando comprendemos que alguien nos oye, porque nosotros también necesitamos oír a los demás. Historias laborales, amorosas, recuerdos de familia, naufragios y deseos se apoyan en la mesa y pronuncian nuestro nombre. La literatura forma parte imprescindible de nuestros víveres en este invierno duro que quiere congelarnos.

lunes, 9 de marzo de 2026

"LAS DESNUDAS". Un cuento de Emillia Pardo Bazán

Una tarde gris, en el campo, mientras las primeras hojas que arranca el vendaval de otoño caían blandamente a nuestros pies, recuerdo que, predispuestos a la melancolía y a la meditación por este espectáculo, hablamos de la fatalidad, y hubo quien defendió el irresistible influjo de las circunstancias y de fuerzas externas sobre el alma humana, y nos comparó a nosotros, depositarios de un destello de la Divinidad, con la piedra que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al abismo. Pero Lucio Sagris, el constante abogado de la espiritualidad y del libre albedrío, protestó, y después de lucirse con una disertación brillante, anunció que, para demostrar lo absurdo de las teorías fatalistas, iba a referirnos una historia muy negra, por la cual veríamos que, bajo la influencia de un mismo terrible suceso, cada espíritu conserva su espontaneidad y escoge, mediante su iniciativa propia, el camino, bueno o malo, que en esto precisamente estriba la libertad. -Pertenece mi historia -añadió- a un cruento período de nuestras luchas civiles, después de la Revolución de 1868; y evoca la siniestra figura de uno de esos hombres en quienes la inevitable crueldad y fiereza del guerrillero se exaspera al sentir en derredor la hostilidad y la enemiga de un país donde todos le aborrecen: hablo del contraguerrillero, tipo digno de estudio, que mueve a piedad y a horror. Mientras el guerrillero, bien acogido en pueblos y aldeas, encontraba raciones para su partida y confidencias para huir de la tropa o sorprenderla, descuidada, el contraguerrillero, recibido como un perro, sólo por el terror conseguía imponerse: siempre le acechaban la traición y la delación; siempre oía en la sombra el resultado del odio. En guerras tales, el país está de parte de los guerrilleros; o, por mejor decir, las guerrillas son el país alzado en armas, y el contraguerrillero es el Judas contra el cual todo parece lícito, y hasta loable.

Ahora, pues, el contraguerrillero de mi historia -supongamos que se llamaba el Manco de Alzaur- había conseguido realizar el triste ideal de esta clase de héroes; al oír su nombre, persignábanse las mujeres y rompían a llorar los chicos. Interpelado el Gobierno en pleno Parlamento acerca de algunas atrocidades de aquel tigre, protestó de que eran falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían condigno castigo; pero realmente, las instrucciones secretas dadas al general encargado de pacificar el territorio en que funcionaba la contraguerrilla del Manco, encerraban la cláusula de dejarle a su gusto, y cuanto más, mejor. Sin embargo, el general, a quien repugnaban y estremecían ciertos actos de barbarie, y que además tenía hijas y era padre tiernísimo, solía encargar mucho al contraguerrillero que, al menos, no se oprimiese violentamente a las mujeres; y el Manco se comprometió a ello, jurando que si alguno de su partida incurría en tal delito, le cortaría inmediatamente las dos orejas. Los contraguerrilleros, que conocían las malas pulgas de su jefe, se guardaban bien de contravenir a lo mandado.

Si en alguna ocasión lamentó el Manco haber empeñado su formidable palabra al general, fue el día en que, evacuado por las fuerzas de Radico y Ollo el pueblo de Urdazpi, penetró la contraguerrilla en este foco del carlismo. Es de saber que el párroco de Urdazpi se encontraba desde hacía año y medio al frente de una partidilla, tan escasa en número como resuelta y hazañosa, y más de diez veces había puesto la ceniza en el frente al Manco yéndole a los alcances, batiéndole, cogiéndole prisioneros y dispersando a su gente, con harto corrimiento y rabia del contraguerrillero. El odio al cura de Urdazpi era ya como un frenesí en el Manco, y en Urdazpi vivían cinco lindas y honestas muchachas, carlistas y devotas, sobrinas del párroco faccioso, hijas de su única hermana, fusilada por los liberales en la anterior guerra. Cuando trajeron ante el Manco, amarillas cual la muerte y tan sobrecogidas que ni podían llorar a las cinco infelices, se alzó un tumulto en el alma feroz del contraguerrillero; la promesa al general combatía los ímpetus salvajes de un corazón sediento de venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de su enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo que ha limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgía impura. Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas bajo las cuales encandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su boca; encontró el medio de no faltar a su palabra, y al mismo tiempo de mancillar al cura en la persona de sus sobrinas. Dio en vascuence una orden terminante, y poco después las cinco doncellas, enteramente despojadas de sus ropas, eran paseadas y empujadas a través de las calles del pueblo, entre rechifla, denuestos, golpes y groseros equívocos de los inhumanos que las rodeaban, ebrios de vino y de sangre. El Manco había anunciado que sería reo de pena capital cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase a mofarse de la desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las cuales, estúpidas de vergüenza, intentando velarse el rostro con el pelo, echándose por tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido, pedían con llanto entrecortado y desgarrador que les devolviesen su ropa y las fusilasen pronto; y al verlas como estatuas de dolorido e injuriado mármol, el Manco en persona, o satisfecho o ablandado ya, escupió a los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con risa bestial: «Ahora ya pueden volverse a su madriguera estas carcundas».

Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura después del afrentoso suplicio, es como si nos asomásemos a un abismo de desesperación. Nótese que eran mujeres de conducta intachable, de grave recato, de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las respetaban en el pueblo por honradas y las celebraban por hermosas; que a pesar de su fe no tenían vocación monástica, y entre los mozos incorporados a la partida del cura, más de uno rondaba sus ventanas y pensaba en bodas a la conclusión de la guerra. Pero después del horrible atropello del Manco, para las sobrinas del párroco de Urdazpi se había cerrado el horizonte, se habían acabado las perspectivas de la vida y del mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo las llamaban “Las desnudadas", y este apodo infamante era como inmensa mancha extendida sobre su piel, quemada por tantos ojos impuros. Abrumadas bajo la carga de la desventura, permanecían recluidas en casa, sin asomarse a la ventana ni siquiera sin salir ni a la iglesia; ¡la iglesia, que es el refugio de todos los dolores! Como si estuviesen contaminadas de lepra, como a los lazrados que la Edad Media aislaba, les traía una amiga, movida a compasión, lo necesario para su sustento, y se lo dejaba en el portal, en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella consentían ser vistas y habladas. Así vivieron un año…

-Pues por ahora -dijimos a Lucio Sagri, interrumpiéndolo-, su historia de usted demuestra que, sometidas a unas mismas circunstancias, las cinco sobrinas del cura de Urdazpi adoptan un género de vida absolutamente idéntico.

-¡Aguarden, aguarden! -clamó Lucio-. No se ha concluido el episodio. Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de las sobrinas, la menor. Aquélla a cuyos cándidos hombros desnudos había escupido el Manco. Enferma de tristeza desde el día de su desgracia, había ocultado su padecimiento por no ver al médico, o más bien porque el médico no la viese. Y la primera salida de la Desnudada fue con los pies para adelante, camino del cementerio. Pocos días después dejó la casa otra Desnudada, la mayor. Hizo su viaje de noche, con la cara envuelta en tupido velo, y apareció en Vitoria, en la casa matriz de las religiosas de una Orden que tiene por misión asistir a los enfermos y amparar a los niños abandonados.

Quedaban solamente en Urdazpi tres de las sobrinas del cura; pero de allí a medio año escapáronse juntas dos de ellas, y se incorporaron a la partida, que por entonces recorría las cercanías en triunfo. Una de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre, con denuedo rabioso, contra las tropas liberales hasta que una bala le atravesó el fémur y pereció desangrada. En cuanto a la otra…

-¿Murio también? -preguntamos.

-Peor que si muriese -contestó melancólicamente el narrador-. No sé qué será de ella; rodará por Bilbao; es lo probable. Esa no supo comprender que por mucho que desnuden el cuerpo, el pudor y decoro sólo se pierden cuando se desnuda el alma.

-¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi?

-¡Ah! Esa vive hoy al lado de su tío, que se acogió a indulto al terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo a sus trabajos domésticos ya sus devociones, no parece recordar que en algún tiempo quiso vivir apartada de sus semejantes… Y en el pueblo la respetan, ¡vaya si la respetan! A pesar de que no puede olvidarse la espantosa acción de Manco, nadie se atrevería a llamarla Desnudada en alta voz.

domingo, 8 de marzo de 2026

"TÚ ME QUIERES BLANCA". Un poema de Alfonsina Storni

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada

Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.