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domingo, 13 de marzo de 2016

"La utilidad del deseo*. Un artículo de Juan Villoro. Revista "América sin nombre".

Históricamente, la literatura infantil ha sido el género de los seres subordinados. Por eso mismo busca la libertad. La palabra «infante» viene de fante (servidor, criado). «Nepote» que en español significa «pariente protegido», viene del griego nepion: «el que no habla». 

Criaturas sin voz, reducidas a una condición de obediencia, los niños fueron vistos durante siglos como desaliñados prólogos de la edad adulta. Si la idea de individuo comienza cabalmente en el Renacimiento, la idea del niño como sujeto independiente es más tardía y apenas se vislumbra en la Ilustración. Un largo proceso cultural transformó a los seres de orejas sucias y pelo revuelto, con la cabeza llena de ideas desmedidas y palabras que no existen en los diccionarios, en personas ya realizadas.

En las barricadas de Los miserables, el pequeño Gavroche explica los motivos de la insurrección: «La culpa es de Rousseau». Se refiere a que la noción de justicia y su autoridad para proclamarla provienen del Emilio. 

Rousseau, padre impaciente que mandó a todos sus hijos al orfanatorio de La Inclusa, se dedicó al acto compensatorio de entender la infancia, no como una preparación para la madurez, sino como un singular momento de llegada. Al igual que tantos hombres de letras, fue más justo en las ideas que en las acciones. Emilio logró en la escritura una vindicación de los derechos de los niños que el autor no concedió a los suyos, abultando la estadística de grandes pensadores que han sido pésimos padres

De Rousseau a Piaget y Bettelheim, el niño pudo ser pensado en sus propios términos. La literatura infantil ha sido la bitácora de viaje de esta tarea liberadora. No es casual que Esopo, uno de los fundadores del género, fuera un esclavo al que se le asignaron tareas de educador y que se convertiría en liberto gracias a la palabras. Las fábulas, las leyendas y los cuentos de hadas surgieron de los cuartos secundarios donde los menores convivían con los sirvientes. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 29 de febrero de 2016

El sueño de las moscas. Un artículo de Juan Villoro sobre el Escritor Augusto Monterroso.

Cuentos, fábulas y Lo demás es silencio reúne la ficción breve de Augusto Monterroso y la novela que escribió a contrapelo de la norma. Lo demás es silencio se publicó en 1978, año tranquilo en que no se hablaba de posmodernidad, zapping ni hipertexto. Poco más tarde, el libro hubiera recibido esas vistosas etiquetas del pop académico. Su insólita estructura anticipa la metaficción contemporánea: una novela escrita con géneros ajenos a la novela (entrevistas, poemas, aforismos, papeles dispersos, índices, notas de pie de página). Su tema de conjunto es la vida y la obra de Eduardo Torres, gloria municipal del imaginario San Blas, S. B., que escala a diario el Everest del lugar común. La mayor paradoja de esta biografía fragmentaria consiste en ser tan completa que encumbra y destruye a su protagonista.

[...] Ya en el cuento Leopoldo (sus trabajos) Monterroso había trabajado el idiotismo del mundo intelectual. Forzado a llevar un diario de Gran Hombre, Leopoldo escribe: "Hoy me levanté temprano, pero no me sucedió nada". El relato narra el tránsito de alguien que no sabe escribir a alguien que aprende a escribir horriblemente. La distancia de la ironía permite a Monterroso hacer un cuento maestro con mala literatura. El procedimiento se intensifica en Lo demás es silencio. La esposa de Eduardo Torres dice de su marido: "Cuando no se le ocurre nada, escribe pensamientos". Por esta vía, el docto inútil produce enormidades: "Los enanos tienen un sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista". A propósito de la dificultad de escribir Vidas paralelas al modo de Plutarco, comenta: "El actual afán de desplazamiento constante, al mismo tiempo que la facilidad intrínseca de los transportes modernos, hace con demasiada frecuencia que hoy día las vidas de unos y otros, bien se trate de particulares o de simples personajes, no sólo no se junten, sino que incluso se crucen, cuando lo bonito de las paralelas es que no se encuentran jamás".

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Fuente: El País


viernes, 3 de julio de 2015

«Escribimos porque el mundo está mal hecho»: Entrevista al escritor mejicano Juan Villoro

Entre estadios, hospitales y las calles violentas de nuestro México lindo y querido, las historias y las crónicas de Juan Villoro nos llevan a disfrutar el sufrimiento de los partidos y a gritar-cantar los goles de nuestro equipo (más fuerte si ese equipo es el Necaxa), nos invitan a caminar en las calles del México antes del temblor o nos abren los ojos de golpe para conocer el México del narcotráfico y la violencia. Galardonado como escritor y periodista con premios como el Herralde de novela o el Rey de España de periodismo, y con más de 20 años publicando, Villoro es uno de los escritores mexicanos más activos en la actualidad.

Claro, porque la literatura te permite tener muchas vidas posibles. Si tú querías ser futbolista, arquitecto o buzo, puedes tener personajes que se dediquen a esas actividades, puedes investigar un poco y meterte en esa piel a través de los personajes. Es uno de los grandes atractivos de la literatura, que es suplantadora de muchos posibles destinos. [...]

- A veces puede parecer, sobre todo en estos tiempos en México, que la ficción es más verdadera que la realidad; en este sentido, ¿qué tanto puede servir la literatura para entender la realidad?
Yo creo que sirve de mucho, porque tenemos que intentar establecer el sentido y encontrar el hilo conductor de nuestra historia en una realidad que muchas veces se nos presenta de manera muy desgajada, rota, y la novela, el cine, el cuento o el teatro nos ayudan a través de distintas narrativas a entendernos de otra manera y a ver que, por ejemplo, el narcotráfico se ha convertido en una forma de vida y en una subcultura; cuando digo esto me refiero a una normalidad paralela, es decir, algo que para mucha gente es perfectamente habitual y sin embargo no tiene que ver con lo que promulgan las leyes o desea el resto de la sociedad. Entonces la literatura puede adentrarse en esos mundos, recrearlos para nosotros, y gracias, por ejemplo, a todo el cine de gángsters de los Estados Unidos se pudo entender lo que era el crimen organizado en tiempos de la Prohibición, y cómo funcionaban las mafias, de modo que el arte nos puede dar un reflejo muy significativo de la realidad para entenderla mejor.  [...]

- Entonces usted considera que con el arte, la literatura, ¿se puede sufrir?
El arte tiene que ver con el dolor, porque las cosas de las que una persona escribe la afectan mucho. Se escribe de sufrimiento, de dolor, de tragedias y, al mismo tiempo, se convierte en un placer, una diversión, se escribe y se lee por gusto. El arte nos conmueve por eso, porque surge del dolor pero se convierte en un placer.  [...]

- ¿Cuál sería el fin? O ¿para qué escribir?
¿El fin? Bueno, nosotros escribimos porque el mundo está mal hecho, el mundo está incompleto, el ser humano necesita soñar, enamorarse, contar chistes, anécdotas, compartir historias para completar su experiencia del mundo; la realidad no nos basta, tenemos que completarla con algo y, una de las maneras más ricas de hacerlo es justamente el mundo de los libros. Quien lee tiene dos realidades: el mundo que le consta, donde trabaja, ama, se relaciona con sus amigos y familiares, y otro mundo, imaginario, en donde están los héroes de las historias, que le recuerdan mucho a las de este mundo, pero también le aportan cosas nuevas. Entonces la literatura existe por eso, por lo mismo que existen el amor o los sueños, por la necesidad de completar, imaginariamente, un mundo que está incompleto, que es imperfecto.  [...]

lunes, 29 de junio de 2015

LEER PARA VIVIR. Un artículo de Juan Villoro


Aunque el fin de los libros se anuncia con frecuencia, los desastres del mundo refrendan su importancia. En las cárceles, las dictaduras, el exilio, el secuestro y los hospitales, hay quienes han encontrado un consuelo en la lectura.

La lectura es como el paracaidismo: en condiciones normales la practican algunos espíritus arriesgados, pero en caso de emergencia le salva la vida a cualquiera.

Óscar Tulio Lizcano, víctima de la guerrilla colombiana, rindió un inaudito testimonio de la forma en que los libros preservaron su dignidad. En la clínica de Cali donde se recuperó de ocho años de privaciones como rehén de las FARC, habló de la selva donde perdió veinte kilos, pero no la lucidez. De los 50 a los 58 años vivió agobiado por las enfermedades, la desnutrición, las humillaciones de perder todo sentido de la privacidad. Para conservar la cordura, clavó tres palos en la tierra y decidió que fueran sus alumnos. Lizcano les enseñó política, economía y literatura. Como tantos maestros, se salvó a sí mismo con la prédica que lanzaba a sus perplejos discípulos. Un comandante vio el aula donde los palos tomaban lecciones, y decidió pasarle libros. Lizcano leyó a Homero, y seguramente admiró la desmesura de Héctor, que desafía al favorito de los dioses. "La poesía me alimentó", ha dicho el hombre cuya dieta material era tan ruin, que se veía mejorada por un trozo de mono o de oso hormiguero. CONTINUAR LEYENDO

martes, 3 de febrero de 2015

“Yo sé leer”: vida y muerte en Guerrero. Un artículo de Juan Villoro

Juan Villoro.jpg
El pasado 17 de octubre el cadáver de Margarita Santizo fue velado en la calle Bucareli de la Ciudad de México, frente a la Secretaría de Gobernación. Así se cumplía la última voluntad de la difunta, que había buscado sin éxito a su hijo desaparecido. La escena sirve de alegoría para un país donde la política amenaza con transformarse en un rito funerario.
La espiral de violencia alcanzó un grado superior el 26 de septiembre con el asesinato de seis jóvenes y el secuestro posterior de 43 estudiantes normalistas en Ayotzinapa. Ese día me encontraba en la Universidad Autónoma Guerrero para dar una conferencia sobre José Revueltas. Mi anfitrión era un alto funcionario de la Universidad que en su juventud perteneció a la guerrilla de Lucio Cabañas. Hablamos del escritor comunista tantas veces encarcelado por sus ideas. Esto permitió que el académico repasara su propia trayectoria: “Lucio Cabañas me salvó la vida”, comentó con una peculiar mezcla de admiración y tristeza: “Me obligó a bajar de la sierra antes de que mataran a su gente: ‘No tienes aspecto de campesino’, me dijo: ‘Si te encuentran acá, no podrás decir que andabas sembrando; tienes que continuar la lucha donde vales más: el salón de clases”. SEGUIR LEYENDO