domingo, 13 de septiembre de 2026

"LA SORPRESA". Un cuento de Stig Dagerman

 

Hay personas que no hacen nada para ser amadas y a pesar de ello lo son y otras que lo hacen todo para ser amadas y nunca llegan a serlo. Se puede notar que a las personas pobres de verdad les resulta muchas veces difícil ser amadas. Cuando la madre de Åke llevaba viuda cinco años, el abuelo paterno de Åke cumplió setenta años. Fueron invitados a asistir en una carta de ocho líneas, breve y seca, en la que ponía: “Si quieren pueden venir, pero la ropa de cama tienen que traerla ustedes porque hace frío en el cuarto y además algunos van a tener que dormir en el zaguán porque van a venir también otras personas, hemos invitado al contable y al comerciante Jonsson y tendrán que dormir en la sala y si tú, Elsa, puedes venir un día antes, para ayudar en la limpieza y a poner la mesa y a hacer la comida, estaría bien. Cordialmente, Irma. Después siempre habrá alguien que ayude a fregar y alguna otra cosa y seguro que Åke podrá hacer un poco de leña”.

La madre leyó la carta en voz alta una noche bajo la lámpara. Estaba cansada y se apoyaba en la mesa con ambas manos. Había estado todo el día limpiando techos en un piso grande del barrio de Östermalm y tenía dolor de cabeza de haber estado con la cabeza vuelta hacia el cielo tanto rato. Cuando hubo leído la carta se quedaron los dos en silencio sin mirarse. Åke hojeaba su libro de geografía: las cascadas de Trollhättan son muy hermosas… Los holandeses son un pueblo limpio que friega las aceras todos los días… bajo la dirección, dura pero vigorosa, de Mussolini esas insanas tierras pantanosas han sido drenadas… En Chile se embarca un abono llamado guano.

La madre clavó los ojos en el vacío, sus manos estaban completamente solas arrugando despacio la carta hasta convertirla en una pelota irregular. Cuando Åke luego miró las manos, sintieron vergüenza y alisaron la carta, pero quedó arrugada como el rostro de una anciana. Las manos de los pobres siempre se avergüenzan de lo que hacen. Por la noche la lámpara del escritorio estuvo mucho tiempo encendida y Åke se durmió tarde. Primero pensó que la madre se había dormido sin apagar la luz, pero cuando se incorporó con cuidado apoyándose en el codo y miró en su dirección notó que tenía los ojos abiertos y que las manos que estaban sobre el edredón arrugaban y alisaban una carta invisible.

La noche siguiente la lámpara estuvo encendida aún más tiempo. La madre, completamente vestida, estaba sentada escribiendo en el viejo escritorio del padre. Era una carta que parecía no terminar nunca. Antes de que Åke se durmiera, el tablero de la mesa estaba lleno de papeles arrugados y emborronados. En mitad de la noche se despertó. Hacía frío y la madre estaba sentada al borde de su cama y le ponía la mano en la frente exactamente igual que si tuviera fiebre. Cuando acabó de despertarse ella lo miró a los ojos y dijo:

—No son más que las doce. ¿Cómo se escribe siglo? ¿Con C o con S?

El despertador marcaba la una y cuarto. Con S, susurró. La oyó deslizarse de vuelta al escritorio y empezar a raspar con la pluma. Luego se durmió profundamente como un niño hasta que se hizo de día. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 12 de septiembre de 2026

"NANA DEL ODIO". Un poema de Francisca Aguirre

Hay pocos desperdicios tan oscuros como el odio,
y también hay pocos desperdicios tan inservibles como el odio.
Es uno de esos apestados a los que no se sabe por donde coger.
Mira que le he dado vueltas a esa piltrafa,
con él no hay forma, no hay manera de echarle mano.
Y lo de dormir, eso ni pensarlo.
Es como un mal bicho:
Cuando él se nos acerca ya no hay quien pare.
Y tiene una capacidad, un empuje…
es un desperdicio que mantiene la eterna juventud,
una desapacible juventud que se nutre de la destrucción.
Verdaderamente, toparse con el odio,
mirar de frente a esa alimaña,
me descompone el cuerpo, es decir: el alma.
Pero la música nunca pierde de vista su destino:
hay que encontrar la forma de que el odio se duerma,
hay que encontrar las notas de la nana que logre apaciguar a ese caníbal.
La constancia le puede, el dulce ritmo de la música lo apaga, lo enmudece, lo reduce 
a silencio.
No sé cómo explicar lo amargo que es cantarle a un amasijo descompuesto,
pero sé bien que sólo la piedad del canto puede lograr que semejante fiera duerma.
En fin, no hay que hacerse tampoco alegres ilusiones,
con semejante bicho nada está seguro.
Por mucho que le cantes,
aunque dejes tu vida en el empeño,
la experiencia aconseja ser prudentes, permanecer alerta y bien despiertos.
 
Y confiar en que la música de la piedad sea contagiosa.

jueves, 10 de septiembre de 2026

"LA LITERATURA DESPUES DEL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001: DEL TRAUMA GLOBAL AL CONFLICTO LOCAL". Adriana Kiczkowski (UNED), Theconversation.com

El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, la literatura ha intentado contar no solo lo que ocurrió aquel día, sino también cómo sus consecuencias transformaron la vida cotidiana y nuestra forma de entender la guerra, la seguridad y las fronteras.

En los días y meses posteriores a los atentados, periódicos y revistas culturales como The Guardian y Harper’s Magazine publicaron textos de reconocidos escritores para ayudar a interpretar unas imágenes que millones de personas habían contemplado casi en directo. Ian McEwan escribió sobre las últimas llamadas de las víctimas; Martin Amis reflexionó sobre la vulnerabilidad estadounidense; Paul Auster dejó unas notas tomadas aquel mismo día, y Don DeLillo analizó en diciembre el significado histórico y político del ataque. Estas intervenciones inmediatas anticiparon cuestiones que después desarrollarían en su ficción.

Del espectáculo televisivo al duelo

Las primeras novelas importantes sobre el 11-S se enfrentaron a una dificultad: los atentados ya parecían una ficción por su dimensión visual. El hombre del salto (2007), de Don DeLillo, comienza con un superviviente que camina entre los restos de las Torres Gemelas, y convierte una imagen contemplada globalmente en la experiencia corporal y desorientada de una persona:
“Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches”.
En Tan fuerte, tan cerca (2005), de Jonathan Safran Foer, la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos cotidianos ocupan un lugar central. Las obras no se limitan a reconstruir la destrucción de las torres: se centran en la ausencia, el duelo y la dificultad de recuperar una vida normal.

Paul Auster siguió un camino similar en Un hombre en la oscuridad (2008). Frente a la saturación de imágenes, estas ficciones devolvieron al acontecimiento una dimensión íntima. El atentado empezó a medirse por sus efectos en un matrimonio, en una familia o en una persona incapaz de olvidar lo visto en televisión.

Sin embargo, aquella primera respuesta tuvo sus límites. Una buena parte de la narrativa británica y estadounidense abordó el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas obras reprodujeron, aun sin pretenderlo, la oposición entre “Occidente” y “el islam” del discurso oficial, mientras relegaban las posibles causas históricas y políticas de la violencia.

La guerra contra el terror, vista desde los márgenes

A medida que avanzaban las guerras de Afganistán e Irak, otras novelas ampliaron el campo de visión. El fundamentalista reticente (2007), de Mohsin Hamid; La casa de los sentidos (2008), de Nadeem Aslam, y Sombras quemadas (2009), de Kamila Shamsie, situaron el 11-S más allá de una tragedia exclusivamente estadounidense. Lo relacionaron con la migración, la ocupación militar, la islamofobia, la tortura y la pérdida de derechos.

En estas obras, un personaje musulmán puede convertirse en sospechoso en Nueva York o en Londres mientras su familia sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o Irak. La literatura muestra que la “guerra contra el terror” no se desarrolló solo en los campos de batalla: también se extendió a los aeropuertos, las aulas, los barrios y los lugares de trabajo.

En mi investigación doctoral propuse leer estas obras de ficción como literatura de la “glocalización”. La idea es sencilla: lo global nunca ocurre en abstracto, sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. Sombras quemadas, por ejemplo, enlaza el bombardeo atómico de Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra contra el terror a través de dos familias. Las decisiones de los gobiernos terminan marcando la piel y las relaciones de personas concretas.

La economía y las finanzas completan esa mirada. Netherland, de Joseph O’Neill; El fundamentalista reticente y Kapitoil, de Teddy Wayne, relacionan terrorismo, finanzas, petróleo y especulación. Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva York, pero sus decisiones repercuten en países y vidas alejados de Wall Street.

Madrid, Londres y París: el miedo se propaga

El marco político creado tras el 11-S también condicionó otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la literatura española abordó los ataques a los trenes de Madrid desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en El mapa de la vida, de Adolfo García Ortega.

En Londres, Sábado (2005), de Ian McEwan, trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de 2005, otras obras examinaron la vigilancia, la militarización y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. Incendiary, de Chris Cleave, presenta una ciudad en la que el miedo nace tanto de la violencia como de su tratamiento político y mediático. Los ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario de ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.

Una violencia que no cesa

Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del atentado para ocuparse de las consecuencias convertidas en crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como una red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no como un episodio cerrado.

La literatura posterior al 11-S no ofrece una interpretación única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de Londres o las calles de París, la ficción ha desplazado la mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas. Ha convertido una historia global en historias locales y ha preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la imagen y qué significa vivir en una guerra interminable.

Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que detrás de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y generar nuevas formas de incertidumbre.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

"EL ORFANATO". Un cuento de Lula Carson McCullers

Cómo el Hogar llegó a asociarse con el frasco siniestro pertenece a la lógica fluida de la infancia, porque al comienzo de este episodio yo no debía de tener más allá de siete años. Pero el Hogar, residencia de los huérfanos de nuestra ciudad, quizás fuese en parte responsable debido a su misteriosa fealdad. Era un edificio grande, con techo de dos aguas, pintado de un color verde negruzco, que tenía delante un patio cuidadosamente barrido y totalmente vacío con la excepción de dos magnolios. En el patio, rodeado por una verja de hierro forjado, se veía muy pocas veces a los huérfanos cuando te detenías en la acera para mirar dentro. El patio de atrás, por otro lado, fue para mí durante mucho tiempo un lugar secreto; el Hogar estaba en una esquina, y una alta valla de tablas ocultaba lo que sucedía dentro, pero cuando se pasaba por allí se oía el sonido de voces y en ocasiones el ruido de algo semejante a metales entrechocados. El secreto y los ruidos misteriosos me asustaban mucho. En el camino a casa desde la calle principal del pueblo pasaba a menudo por delante del Hogar con mi abuela, y ahora, en el recuerdo, tengo la sensación de que siempre lo hacíamos al atardecer y en invierno. Los sonidos de detrás de la valla de madera parecían teñidos de amenazas en la luz que se desvanecía, y la puerta de la verja delantera estaba increíblemente fría cuando se la tocaba. La melancolía del patio sin hierba e incluso el resplandor de luces amarillas detrás de ventanas estrechas parecía de algún modo corresponderse con la terrible información que por aquel entonces llegó a mis oídos.

Mi confidente fue una niña llamada Hattie, que debía de tener nueve o diez años. No recuerdo su apellido, pero hay algunos otros datos sobre la tal Hattie que son inolvidables. Para empezar me dijo que Jorge Washington era tío suyo. En otra ocasión me explicó lo que hacía negros a los negros. Me dijo que si una chica besaba a un chico se convertía en una persona negra y, cuando se casaba, sus hijos también eran negros. Solo los hermanos eran la excepción a aquella regla. Hattie era pequeña para su edad y dentuda, de cabellos rubios grasientos que se sujetaba en la nuca con un pasador enjoyado. Se me había prohibido jugar con ella, quizá porque mi abuela o mis padres advertían un elemento malsano en aquella relación; si mi suposición es correcta, estaban por completo en lo cierto. Yo había besado en una ocasión a Tit, que era mi mejor amigo pero solo primo segundo, de manera que día a día me iba convirtiendo lentamente en una persona de color. Era verano y día a día me ponía más morena. Quizá confiaba en que Hattie, después de haberme revelado aquella terrible transformación, tuviera de algún modo el poder de detenerla. En el doble cautiverio de la culpa y del miedo, yo la seguía por todo el barrio y ella me pedía a menudo monedas de cinco y diez centavos.

Los recuerdos infantiles poseen una extraña cualidad movediza, y zonas de oscuridad rodean los espacios de luz. Los recuerdos de infancia son como velas encendidas en una hectárea de oscuridad, e iluminan escenas inmóviles, separándolas de la negrura circundante. No recuerdo dónde vivía Hattie, pero en cambio un corredor y una habitación de su casa poseen una nitidez asombrosa. Ni tampoco sé cómo sucedió que fui a aquella habitación, pero lo cierto es que estuve allí con Hattie y con mi primo, Tit. Era a última hora de la tarde y la habitación no estaba del todo oscura. Hattie llevaba un vestido indio, con una cinta para el pelo de brillantes plumas rojas y nos había preguntado si sabíamos de dónde venían los bebés. Las plumas indias de su cinta, por alguna razón, me daban miedo.

—Crecen dentro de las señoras —dijo Tit.

—Si juran que nunca se lo dirán a ningún ser vivo, les enseñaré una cosa.

Debimos de jurar como nos pedía, aunque recuerdo cierta desconfianza y el temor a nuevas revelaciones. Hattie se subió a una silla y bajó algo de la estantería de un armario. Era un frasco, con una cosa extraña y roja dentro.

—¿Saben qué es esto? —preguntó.

Lo que había dentro del frasco no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. Fue Tit quien preguntó:

—¿Qué es?

Hattie esperó y en su rostro, debajo de la hilera de plumas, apareció una expresión astuta. Al cabo de unos momentos de suspenso, dijo:

—Es un bebé muerto y escabechado.

El silencio en la habitación era completo. Tit y yo nos miramos de reojo horrorizados. No tuve valor para mirar de nuevo, pero Tit contemplaba el frasco con aterrada fascinación.

—¿De quién? —preguntó por fin en voz baja.

—Fíjate en la cabecita roja con la boca. Y las piernecitas rojas, aplastadas debajo. Mi hermano lo trajo a casa cuando estudiaba para ser farmacéutico.

Tit extendió un dedo y tocó el frasco; después se puso la mano detrás de la espalda. Y volvió a preguntar, esta vez nada más que un susurro:

—¿De quién? ¿El bebé de quién?

—Era huérfano —dijo Hattie.

Recuerdo el ruido levísimo de nuestros pasos mientras salíamos de puntillas del cuarto, recuerdo que el corredor estaba oscuro y que al final había una cortina. Ese, por suerte, es mi último recuerdo de la tal Hattie. Pero el huérfano escabechado me obsesionó durante algún tiempo; una vez soñé que la Cosa había salido del frasco y deambulaba por el orfanato y yo estaba encerrada dentro y me estaba buscando… ¿Me creí que en aquella casa melancólica, con tejado de dos aguas, había estanterías llenas de aquellos frascos sobrecogedores? Probablemente sí… y no. Porque el niño distingue dos capas de realidad: la del mundo, que se acepta como una inmensa confabulación de todos los adultos; y la no reconocida, la escondida y secreta, la profunda. En cualquier caso, seguí yendo muy pegada a mi abuela cuando, a última hora de la tarde, pasábamos junto al Hogar, al volver del centro. Por aquel entonces yo no conocía a ninguno de los huérfanos, dado que iban a la escuela de la calle 3.

Tuvieron que pasar varios años antes de que dos sucesos me hicieran entrar en contacto directo con el Hogar. Para entonces me consideraba ya una chica mayor, y había pasado por delante miles de veces, ya fuese a pie, con patines o en bicicleta. El terror había disminuido hasta convertirse en algo así como una peculiar fascinación. Siempre miraba fijamente el edificio al pasar y a veces veía a los huérfanos, que caminaban en formación, aunque con lentitud dominical, hacia la catequesis y los servicios religiosos después, los dos huérfanos de mayor tamaño delante y los dos más pequeños al final. Tenía unos once años cuando se produjeron cambios que me acercaron más como espectadora y abrieron una inesperada dimensión novelesca. En primer lugar, a mi abuela la hicieron miembro del Consejo del Orfanato. Eso sucedió en otoño. Luego, al comienzo del trimestre de primavera, los huérfanos se trasladaron a la escuela de la calle 17, a la que también iba yo, y tres de ellos estaban conmigo en sexto grado. El traslado se hizo debido a un cambio en los límites de los distritos escolares. A mi abuela la eligieron porque le gustaban los consejos, los comités y las reuniones de asociaciones, y porque había fallecido por entonces un anterior miembro del Consejo del Orfanato.

Mi abuela visitaba el Hogar una vez al mes, aproximadamente, y la acompañé en su segunda visita. Era el mejor momento de la semana, un viernes por la tarde, con la amplitud que daba a aquellas horas la proximidad del fin de semana. La tarde era fría y el sol del crepúsculo provocaba violentos reflejos en los cristales de las ventanas. Dentro, el Hogar era muy distinto de lo que había imaginado. El amplio vestíbulo estaba prácticamente vacío y en las habitaciones no había cortinas, ni alfombras, ni apenas muebles. El calor procedía solo de estufas en el comedor y en la sala común, junto al salón principal. La señora Wesley, la directora del Hogar, era una mujer grande, bastante dura de oído, que mantenía la boca ligeramente abierta cuando conversaba con personas importantes. Siempre parecía faltarle el aliento, y hablaba con acento nasal y voz plácida. Mi abuela había llevado algo de ropa (la señora Wesley lo llamaba prendas), donada por las diferentes iglesias de la ciudad, y las dos se encerraron para cambiar impresiones en el frío salón principal. A mí me confiaron a los cuidados de una chica de mi misma edad, llamada Susie, y salimos de inmediato al patio de atrás, el que estaba rodeado por la valla de madera.

Aquella primera visita me resultó incómoda. Chicas de todas las edades jugaban a cosas distintas. Había en el patio una tabla flexible sobre dos soportes que permitía dar saltos, una barra fija y un juego de rayuela dibujado en el suelo. La confusión me hizo ver aquel patio lleno de niños como un todo en completo desorden. Una niñita se me acercó para preguntarme qué era mi padre. Y, como tardaba en contestarle, dijo:

—El mío era vigilante de la vía del ferrocarril.

Luego corrió a la barra fija y se colgó de las rodillas: el pelo le cayó recto desde la cara, muy encarnada, y debajo de la falda llevaba bombachas marrones de algodón.

FIN

martes, 8 de septiembre de 2026

"INMORTALIDAD DE LA NADA". Un poema de Ángel González

Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos.

Los despojos del mar roen apenas
los ojos que jamás
—porque te vieron—,
                                   jamás
se comerá la tierra al fin del todo.

Yo he devorado tú
me has devorado
en un único incendio.

Abandona cuidados:
lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo.

"LOS LIBROS QUE CAYERON AL PISO". Fanuel Hanán Díaz (Miau, Blog de Literatura, lectura, libros para niños y jóvenes de la Fundación Cuatrogatos)

A las seis y cuatro de la tarde del 24 de junio de 2026 a los venezolanos nos cambió la vida. Durante varios minutos el mundo perdió su estabilidad, mientras el piso comenzó a sacudirse bajo nuestros pies. Las paredes crujieron y los objetos comenzaron a caer, desparramándose y estallando en el piso.

Poco antes de bajar las escaleras en pánico, giré la cabeza y tuve la visión de un caos de vidrios rotos, muebles y libros regados junto a las bibliotecas desplomadas. A los días, cuando empezaron a circular algunas fotos de cómo habían quedado las casas de otros amigos escritores, se repetía la imagen de libros dispersos de forma caótica al lado de travesaños y estanterías patas arriba.

Rearmar una biblioteca es una tarea extraña, paciente, yo diría que espiritual. No consiste únicamente en colocar cada libro en el lugar donde creíamos que estaba. Es, sobre todo, una forma de reencontrarse con una parte de la propia vida. Cada libro trae recuerdos del momento en que llegó a nuestras manos, la ciudad donde lo compramos, el amigo que nos lo regaló, el autor que nos lo dedicó, las conversaciones, los lugares.

Durante varios días, mientras los iba levantando del piso, no estaba simplemente reordenándolos: estaba recorriendo, sin proponérmelo, una biografía hecha de lecturas.

Recuerdo que hace algunos años escribí un artículo sobre el azar en la lectura: “Geografías del azar en la formación de lectores”. Exploraba en ese texto la misteriosa ruta por la que ciertos libros llegan a nosotros exactamente cuando tienen el poder de transformarnos, de tocarnos. Incluso cómo ciertas coincidencias alrededor de los libros han hecho posible la creación de obras inolvidables.

La historia de una biblioteca personal es también la historia de una sucesión de encuentros fortuitos. Un libro puede llegar a nuestras manos durante una visita a una librería de viejo, otros llegan como un regalo de cumpleaños, otros porque los compramos en un viaje o los vamos cargando (y perdiendo) en mudanzas… hasta que terminan acompañándonos durante una vida. Nunca sabemos del todo si somos nosotros quienes elegimos los libros o si, en ciertos momentos, son ellos quienes terminan escogiéndonos.

Ahora que han pasado algunas semanas, pienso de nuevo en esta reflexión sobre el azar. El terremoto no solo cambió el orden de mi biblioteca, sino también el orden de mis recuerdos. Al levantar un libro, aparecía otro que llevaba años sin abrir. Debajo de un tomo empastado resurgía uno que había olvidado o que no recordaba tener. Entre los escombros de papel asomaban títulos que habían permanecido silenciosos durante mucho tiempo y que, de pronto, parecían reclamar mi atención. CONTINUAR LEYENDO


sábado, 5 de septiembre de 2026

"EN LOS ECOS DEL ÓRGANO, O EN EL RUMOR DEL VIENTO". Un poema de Rosalía de Castro


En los ecos del órgano, o en el rumor del viento,
en el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,
sin encontrarte nunca.
Quizás después te ha hallado, te ha hallado y ha perdido
otra vez de la vida en la batalla ruda,
ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
sin encontrarte nunca.
Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
hermosura sin nombre, pero perfecta y única.
Por eso vive triste, porque te busca siempre,
sin encontrarte nunca.

viernes, 4 de septiembre de 2026

"HABLEMOS DE MÍ". Diego S. Garrocho, El País

Suponer que nuestras vidas y traumas pueden explicar el mundo es otra prueba de cómo se alían la ignorancia y la soberbia

Hablemos de mí. Tal parece ser la premisa transversal sobre la que se sostiene gran parte de nuestra producción cultural. Tras diagnosticarse en vano la muerte del autor —qué mal envejecen algunos fetiches de los sesenta y los setenta—, el narcisismo de nuestra época ha cristalizado en creadores obsesivamente concentrados en hablarnos de sí mismos. O de sí mismas. La biografía tiene, por supuesto, algún valor. Cosa distinta es que la carne propia se haya convertido en el sujeto, el objeto y hasta el trasfondo de todo lo que se cuenta.

La autoficción fue una expresión sublimada del fenómeno. Cada vez con menos disimulo, uno se topa con textos en los que la forma en que Pablito superó sus anginas o lo mal que lo pasó la tía Chon sacándose las oposiciones se plantean como categorías universales. Es verdad que de lo particular se llega a lo general, pero la obsesión por la primera persona, por el perímetro de la intimidad y por considerar que la autobiografía puede proyectarse como un canon desde el que medir todo cuanto ocurre constituye, además de un riesgo literario, un extraño signo de vanidad.

Esa fijación por lo propio se expresa tanto en la manera en que compartimos una ecografía en redes sociales como en los patrones que rigen buena parte de nuestra creación literaria. El ensimismamiento de quienes escribimos nos ha llevado, incluso, a traspasar la barrera de la ficción para construir ensayos o textos filosóficos basados exclusivamente en lo que nos ha pasado. Para combatir el individualismo, nada mejor que hablar de uno.

Sócrates, o al menos el Sócrates que se inventó Platón, nos enseñó que la filosofía acontecía en el momento en que dejábamos de discutir sobre lo que a cada uno le parece bueno, bello o justo, para emprender la búsqueda del bien, la belleza o la justicia en sí. Esa intuición, con todos los matices que queramos, construyó una manera de interrogar el mundo capaz de generar formas de conocimiento abstractas y generales, como las que hoy inspiran nuestras leyes o sostienen nuestros paradigmas científicos.

El contacto con la historia propia y con nuestra circunstancia es, sin duda, una clave que pauta no solo cómo hablamos, sino desde dónde hablamos. Pero convertir el lugar de enunciación en una monomanía, o suponer que nuestros traumas y cicatrices pueden explicar el mundo, es una prueba más de cómo la ignorancia y la soberbia suelen aliarse. Ricardo Strafacce, malvado él, lo resolvió con una sola frase: “Si no sos Proust, no me cuentes tu merienda”.

jueves, 3 de septiembre de 2026

"CUENTO DE HORROR". Un cuento de Marco Denevi.

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:

–Thaddeus, voy a matarte.

–Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.

–¿Cuándo he bromeado yo?

–Nunca, es verdad.

–¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?

–¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.

–Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.

El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sisema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.

FIN

martes, 1 de septiembre de 2026

"CONTIGO". Un poema de Luis Cernuda


¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

Luis Cernuda

lunes, 31 de agosto de 2026

"FÁBULAS DE VERANO". Pilar Mera, El País

Necesitamos relatos que nos vuelvan a explicar que la desigualdad no es inevitable, sino el fruto de las dinámicas del mercado

El verano es un buen momento para contar historias. Tan bueno como el otoño, el invierno o la primavera, pero con una ventaja extra: el tiempo rescatado de las urgencias cotidianas. Noches más largas y mañanas con menos prisas dan aire a mi niña interior, aventurera y fantasiosa, para que se pierda en una marea de historias. Historias para mí, de los libros que esperaban pacientes esta tregua y, cada vez más, historias compartidas. Compartir historias implica menos tiempo sólo mío, pero más universos desbordantes que alimentan mi corazón y mis ideas. Gracias a eso, este verano de Mundial y eclipses, de incendios y temperaturas desbocadas, de crisis humanitarias y discursos más incendiarios que el fuego, de áticos millonarios de ida y vuelta, de periódicos y televisiones repitiendo bulos con afán desestabilizador y cero sonrojos, también es un verano de fábulas y fantasía. De cuentos contados millones de veces y otros inventados sobre la marcha, al calor de la urgencia y de los intereses de quien me mira curiosa y me inspira.

Los cuentos son una herramienta clave para el desarrollo del cerebro infantil. Estimulan la conectividad neuronal, potencian el lenguaje y refuerzan el vínculo afectivo entre niños y adultos. Fomentan la capacidad de concentración, aportan calma y ayudan a gestionar las emociones, identificar sentimientos, abordar miedos, entender valores o explicar el mundo. Lo dicen especialistas, como el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, y lo han sabido las sociedades desde que llegó el lenguaje. Los relatos son pegamento social, ordenan el caos, explican el entorno, transmiten normas, crean identidad y fomentan la cooperación y la confianza entre desconocidos.

Leyendo los últimos datos sobre el brote de ébola de la República Democrática del Congo (más de 2.500 muertos, más de 5.300 contagios) y lo que viene por la falta de fondos de cooperación internacional, pienso qué historias necesitamos para entender que los recortes matan y tienen consecuencias fatales a corto, medio y largo plazo que podríamos evitar. ¿Qué fábulas pueden explicarnos de nuevo, en tiempos de desafección, que la desigualdad no es una elección ni algo inevitable, sino el fruto de las dinámicas del mercado, explicables, casuales o arbitrarias, de inercias y factores que no escogemos, como el momento, el país o la familia donde nacemos? Para que entendamos otra vez la importancia de apostar no ya por el asistencialismo, sino por la justicia social. Para defender con convicción la utilidad de los impuestos y su necesidad para cimentar una sociedad justa y vivible para todos.

domingo, 30 de agosto de 2026

"LA CASA DE MUÑECAS". Un cuento de Katherine Mansfield

Cuando la querida anciana señora Hay volvió a la ciudad, después de pasar una temporada con los Burnell, les envió a las niñas una casa de muñecas. Era tan grande que el carretero y Pat la descargaron en el patio, y allí se quedó, encima de dos cajones de madera, al lado de la puerta de la despensa. No podía pasarle nada; era verano. Y quizá se le habría ido el olor a pintura cuando tuvieran que meterla en casa. Porque la verdad es que el olor a pintura que despedía aquella casa de muñecas (“Un buen detalle, por supuesto, de la anciana señora Hay, tan amable y generosa”)…, pero aquel olor a pintura, según la opinión de la tía Beryl, bastaba para poner enfermo a cualquiera. Incluso antes de quitarle el envoltorio. Y aún después de quitárselo…

Allí estaba la casa de muñecas, de un oscuro y aceitoso verde espinaca, animado con toques amarillo chillón. Sus dos sólidas pequeñas chimeneas, pegadas al tejado, estaban pintadas de rojo y blanco, y la puerta, reluciente de barniz amarillo, parecía un trocito de caramelo. Las cuatro ventanas, verdaderas ventanas, estaban divididas en paneles por una ancha banda verde. Tenía también un porche diminuto, pintado de amarillo, con grandes goterones de pintura seca que colgaban por los bordes.

¡Pero era perfecta, perfecta la casita! ¿A quién podría importarle el olor? Era parte de la gracia, parte de la novedad.

-¡Rápido, que alguien la abra!

El gancho del lateral estaba agarrado fuertemente. Pat lo apalancó con su cortaplumas, y de pronto se abrió toda la fachada de la casa, y… allí estabas mirando al mismo tiempo el salón y el comedor, la cocina y los dos dormitorios. ¡Esta es la manera de abrirse una casa! ¿Por qué no se abren así todas las casas? ¡Cuánto más emocionante que escudriñar por el resquicio de una puerta el interior de un vestíbulo pequeñajo con un perchero y dos paraguas! Esto es, ¿no es cierto?, lo que uno quiere ver de una casa en cuanto pone la mano en la aldaba. Quizá sea así cómo Dios abre las casas en la alta noche cuando pasea tranquilamente con un ángel…

-¡Oh, oh!-. Las niñas Burnell estaban deslumbradas. Era demasiado maravilloso; era demasiado para ellas. Nunca habían visto nada parecido en su vida. Todas las habitaciones estaban empapeladas. Había cuadros en las paredes, pintados sobre el papel, con auténticos marcos dorados. Una alfombra roja cubría todos los suelos, menos el de la cocina; había sillas de felpa roja en el salón; verdes en el comedor; mesas, camas con ropa de verdad, una cuna, una estufa, un aparador con platitos y una gran jarra. Pero lo que le gustaba más a Kezia, lo que le gustaba enormemente, era la lámpara. Estaba colocada, en el centro de la mesa del comedor, una exquisita lamparita color ámbar con un globo blanco. Incluso estaba preparada para ser encendida, aunque, por supuesto, no podías encenderla. Pero había algo dentro que parecía petróleo y que se movía cuando la agitabas.

Los muñecos papá y mamá, que estaban tendidos en el salón, muy tiesos, como si se hubieran desmayado, y sus dos niños pequeños que dormían arriba, eran realmente demasiado grandes para la casa de muñecas. Se diría que no pertenecían a ella. Pero la lámpara era perfecta. Parecía sonreírle a Kezia y decirle: “Yo vivo aquí.” La lámpara era real. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 27 de agosto de 2026

"SONETO". Un poema de Francisco de Aldana (1537 o 1540 - 1578)

Francisco de Aldana

 

-¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies, y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando

y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?

-Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte

que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.

miércoles, 26 de agosto de 2026

"POR QUÉ SEGUIMOS COMPRANDO LIBROS QUE NO LEEMOS... Y POR QUÉ NOS HACE TANTA ILUSIÓN". Michelle Spear (University of Bristol) Theconversation.com

En las épocas de mucho ajetreo, me doy cuenta de que, sencillamente, no puedo leer tanto como me gustaría. La vida tiene la costumbre de llenar cada hora libre con trabajo, reuniones, correos electrónicos, tareas domésticas, recados y plazos. Cuando estoy en uno de mis hábitats naturales –una librería–, resulta frustrante ver tantas cosas que me gustaría leer sabiendo que no tengo tiempo.

Mi consuelo habitual es comprar el libro de todos modos y dejar que se vaya acumulando en un pequeño montón, con la esperanza de que llegue un tiempo más tranquilo en el que por fin pueda abrirlos. Es extrañamente satisfactorio. Algunos podrían llamarlo desorden. Los japoneses tienen una palabra mucho más elegante para ello: tsundoku.

El término describe el hábito de adquirir libros y dejar que se acumulen sin leer. Combina la idea de apilar cosas (tsunde), dejar algo para más tarde (oku) y leer (doku). El resultado es un concepto que captura el optimismo silencioso de una pila de libros.

Lejos de ser un signo de falta de tiempo o de disciplina, el tsundoku puede revelar algo sorprendentemente importante sobre cómo responde el cerebro a la anticipación.
La dopamina de las expectativas

Cuando nos encontramos con algo que promete disfrute o descubrimiento, el sistema de recompensa del cerebro se pone en marcha. Una de sus vías recorre el área tegmental ventral –una región del mesencéfalo, el cerebro medio, que produce dopamina y está implicada en la motivación– hasta el núcleo accumbens, una estructura que ayuda a generar sensaciones de recompensa.

La dopamina se describe a menudo como la sustancia química del placer, pero eso es demasiado simplista. Una de sus funciones clave es ayudar al cerebro a identificar oportunidades que merezca la pena perseguir. En lugar de recompensarnos solo después de que haya ocurrido algo beneficioso, el cerebro a menudo nos recompensa por adelantado, fomentando comportamientos que probablemente resulten valiosos.

Desde una perspectiva evolutiva, esto tiene sentido. Nuestros antepasados se beneficiaban de buscar comida antes de tener hambre, refugio antes de que llegara una tormenta y conocimientos útiles antes de necesitarlos. Un cerebro capaz de anticipar recompensas futuras tenía una clara ventaja sobre uno que solo respondía a las necesidades inmediatas.

Esto significa que la dopamina responde no solo a las recompensas en sí mismas, sino también a su expectativa. La anticipación de una experiencia placentera puede activar las vías de recompensa mucho antes de que esta tenga lugar.

El disfrute futuro

Un libro sin leer es un buen ejemplo. Puede permanecer cerrado durante semanas o meses, pero el cerebro ya ha reconocido su valor potencial, disfrutando de la perspectiva antes incluso de haber pasado de la primera página.

El hipocampo, una estructura situada en lo más profundo del cerebro y conocida sobre todo por su papel en la memoria, también desempeña un papel importante. Aunque a menudo pensamos que el hipocampo nos ayuda a recordar, es igualmente importante para imaginar. El mismo mecanismo neuronal que nos permite reconstruir experiencias pasadas nos ayuda a construir las futuras.

Cuando nos visualizamos leyendo por fin ese libro durante unas vacaciones de verano, en un largo viaje en tren o acurrucados en el sofá en una tarde lluviosa, el hipocampo comienza a armar esa experiencia futura. Une fragmentos de experiencias anteriores almacenadas en todo el cerebro –el calor de los rayos del sol, el olor a café, el sonido de las páginas al pasar, la comodidad de nuestro sillón favorito– para crear una escena mental coherente.

En efecto, el cerebro utiliza los recuerdos del pasado para ensayar placeres que aún están por llegar.

Contribuir al bienestar

Esta capacidad puede ser más importante de lo que creemos. Los psicólogos reconocen cada vez más que la anticipación positiva contribuye al bienestar. Esperar con ilusión experiencias agradables puede mejorar el estado de ánimo, aumentar la motivación y servir de amortiguador frente al estrés cotidiano. En algunas circunstancias, la anticipación de un acontecimiento puede ser casi tan gratificante como el propio acontecimiento.

Esto puede explicar por qué una pila de libros sin leer se percibe de forma tan diferente a una pila de correos electrónicos sin responder. Ambos representan cosas que esperan ser hechas, pero la diferencia radica en cómo los interpreta el cerebro. Los correos electrónicos sin responder son obligaciones futuras, mientras que los libros sin leer son recompensas futuras.

Quizá no sea una coincidencia que este comportamiento se perciba con mayor intensidad en las librerías que en internet. Hojear los libros en persona involucra al cerebro de forma más completa, recurriendo a los sistemas sensoriales, espaciales y de recompensa que hacen que el descubrimiento resulte más enriquecedor y memorable. Por ejemplo, el aroma característico y ligeramente dulce del papel y la tinta es detectado por el sistema olfativo y se transmite directamente a las regiones implicadas en la memoria y las emociones, como el hipocampo y la amígdala.

Mucho antes de que se lea un libro, la experiencia de encontrarlo ya se asocia con el placer. Así que quizá el tsundoku refleje una de las capacidades más notables del cerebro: la de disfrutar con experiencias que aún no han tenido lugar.

martes, 25 de agosto de 2026

"EL AUXILIAR DE LA PARROQUIA". Un cuento de amor verdadero de Charles Dickens

«El auxiliar de la parroquia», cuento de Charles Dickens, narra la historia de Nathaniel Pipkin, un humilde maestro de parroquia enamorado de Maria Lobbs, la hermosa hija del hombre más acaudalado del pueblo. La trama se desarrolla en torno a los esfuerzos de Pipkin por ganar el amor de Maria, a pesar de las evidentes diferencias que existen entre ellos.

Había una vez, en una diminuta ciudad de provincias bastante alejada de Londres, un hombrecito llamado Nathaniel Pipkin, que trabajaba en la parroquia de la pequeña población y vivía en una pequeña casa de la Calle High, a escasos diez minutos a pie de la pequeña iglesia; y a quien se podía encontrar todos los días, de nueve a cuatro, impartiendo algunas enseñanzas a los niños del lugar. Nathaniel Pipkin era un ser ingenuo, inofensivo y de carácter bondadoso, de nariz respingona, un poco zambo, bizco y algo cojo; dividía su tiempo entre la iglesia y la escuela, convencido de que, sobre la faz de la tierra, no había ningún hombre tan inteligente como el pastor, ninguna estancia tan grandiosa como la sacristía, ninguna escuela tan organizada como la suya. Una vez, una sola vez en su vida, había visto a un obispo... a un verdadero obispo, con mangas de batista y peluca. Lo había visto pasear y lo había oído hablar en una confirmación, y, en aquella ocasión tan memorable, Nathaniel Pipkin se había sentido tan abrumado por la devoción y por el miedo que, cuando el obispo que acabamos de mencionar puso la mano sobre su cabeza, él cayó desvanecido y fue sacado de la iglesia en brazos del pertiguero.

Aquello había sido un gran acontecimiento, un momento fundamental en la vida de Nathaniel Pipkin, y el único que había alterado el suave discurrir de su tranquila existencia, hasta que una hermosa tarde en que estaba completamente entregado a sus pensamientos, levantó por casualidad los ojos de la pizarra -donde ideaba un espantoso problema lleno de sumas para un pilluelo desobediente- y éstos se posaron, inesperadamente, en el radiante rostro de María Lobbs, la única hija del viejo Lobbs, el poderoso guarnicionero que vivía enfrente. Lo cierto es que los ojos del señor Pipkin se habían posado antes, y con mucha frecuencia, en el bonito semblante de María Lobbs, en la iglesia y en otros lugares; pero los ojos de María Lobbs nunca le habían parecido tan brillantes, ni las mejillas de María Lobbs tan sonrosadas como en aquella ocasión. No es de extrañar, pues, que Nathaniel Pipkin fuera incapaz de apartar su mirada del rostro de la señorita Lobbs; no es de extrañar que la señorita Lobbs, al ver los ojos del joven clavados en ella, retirara su cabeza de la ventana donde estaba asomada, la cerrara y bajase la persiana; no es de extrañar que, inmediatamente después, Nathaniel Pipkin se abalanzara sobre el pequeño granuja que antes le había molestado y le diera algún coscorrón y alguna bofetada para desahogarse. Todo eso fue muy natural, y no hay nada en ello digno de asombro. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 24 de agosto de 2026

"PARA UN ESTETA". Un poema de José Hierro

Tú que hueles la flor de la bella palabra
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua que corre transparente
no has de beber mis aguas rojas.

Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte —agua y fuego— hermanadas
van socavando nuestra roca.

Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.
Y lo demás, palabras, palabras y palabras,
¡ay, palabras maravillosas!

Tú que bebes el vino en la copa de plata
no sabes el camino de la fuente que brota
en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura
con tus dos manos como copa.

Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
Y olvidas las raíces («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria.

Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo.
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
Y hechos un solo río os vertéis en el mar,
«que es el morir», dicen las coplas.

No has venido a poner orden, dique. Has venido
a hacer moler la muela con tu agua transitoria.
Tu fin no está en ti mismo («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
por la música de otras olas.

José Hierro

domingo, 23 de agosto de 2026

"LAS RESURECCIONES DE FEDERICO GARCÍA LORCA". María Isabel Calle Romero (Universitat Rovira i Virgili), Theconversation.com

Federico García Lorca continúa generando nuevas lecturas casi noventa años después de su asesinato. Así lo demuestran la exposición organizada a partir de nuevos documentos del archivo de la Fundación Federico García Lorca; las imágenes inéditas difundidas por RTVE; la publicación del epistolario No te olvides de escribir. La familia García Lorca en sus cartas, editado por Víctor Fernández, y la película premiada en Cannes La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi.

La explicación no reside únicamente en la extraordinaria calidad de su obra. Lorca pertenece al canon, sí, pero también al imaginario colectivo. Su figura ha experimentado un proceso constante de resemantización: cada época ha seleccionado un Lorca diferente y lo ha incorporado a su propia idiosincrasia.

El primer Lorca: construcción de una leyenda

El mito no nació en 1936. Cuando fue asesinado, Lorca ya era una celebridad. El éxito del Romancero gitano, sus obras teatrales, La Barraca y su extraordinaria capacidad como comunicador habían creado alrededor del escritor una poderosa imagen pública. El propio poeta contribuyó a su “mitologización biográfica”. Su carácter, sus recitales, sus interpretaciones al piano y los testimonios de amigos como Cernuda, Buñuel, Dalí o Alberti contribuyeron a proyectar la imagen de un artista magnético.

Pero Lorca participó también conscientemente en esa autofiguración, creando su propia “aura o máscara legendaria”. A ella se superpusieron pronto otras imágenes: el Lorca del folclore y el duende, el “icono andaluz”, el poeta identificado con una determinada idea de España y, gracias a sus viajes y vínculos americanos, una figura de dimensión panhispánica. Su faceta musical resulta especialmente reveladora: había estudiado piano y recopiló y armonizó canciones tradicionales que en 1931 grabó en 1931 con La Argentinita. Esa dimensión musical tendría después una importancia inesperada en la pervivencia de su figura.

El segundo Lorca: del asesinato al símbolo

Su fusilamiento en agosto de 1936 convirtió la fama en leyenda. Lorca pasó a encarnar al intelectual víctima de la Guerra Civil y, fuera de España, exiliados, hispanistas y compañías teatrales mantuvieron viva su obra. Su teatro recorrió escenarios hispanoamericanos, franceses y británicos mientras dentro del país permanecía mudo.

En la década de 1960 este silencio comenzó a resquebrajarse: volvieron a los escenarios españoles Yerma y La zapatera prodigiosa; en 1962, Bodas de sangre, y, en 1964, La casa de Bernarda Alba. Era el comienzo de una recuperación que también parecía un intento de convertir a Lorca en elemento cohesionador de las “dos Españas”. La música participó de ese proceso. En 1964, Los Pekenikes llevaron al lenguaje del pop “Los cuatro muleros”, una canción tradicional que Lorca había recogido y armonizado décadas antes.

Y llegó 1966. El 6 de noviembre, el periódico ABC publicó un número homenaje en el que participaron, entre otros, José María Pemán, Edgar Neville, José Luis Cano, Gregorio Prieto, Guillermo Díaz-Plaja y un joven Ian Gibson.

Dentro del país comenzaba una particular recuperación. Edgar Neville definió la obra lorquiana –no la figura– como un “bien nacional”, situándolo por encima de partidos y disensiones. Un intento de incorporar a Lorca al patrimonio literario español mediante un discurso conciliador, algo que estudios posteriores han interpretado como una despolitización de su muerte. Los años sesenta muestran el comienzo de su recuperación pública y de su integración en el canon literario dentro de la propia España franquista.

El tercer Lorca: la consagración de un mito

La democracia permitió completar esa recuperación. Tras la muerte de Franco, el mito adquirió una dimensión abiertamente reivindicativa. El 5 de junio de 1976, entre 6.000 y 10.000 personas se reunieron en Fuente Vaqueros en el primer gran homenaje popular a Lorca, conocido como El cinco a las cinco. Organizado por la Comisión de los 33 –con la presencia de una sola mujer, la escritora e investigadora Antonina Rodrigo–, el acto fue autorizado con fuertes restricciones y limitado inicialmente a treinta minutos. Reivindicar a Lorca significaba entonces algo más que recuperar a un escritor: su figura se convirtió en emblema de las libertades democráticas y de la memoria de quienes habían sido silenciados por la dictadura.

El gran momento llegó en 1986, cincuenta años después de su asesinato. El cincuentenario produjo exposiciones, congresos, publicaciones, recitales y espectáculos dentro y fuera de España y, el 29 de julio, abre al público, por primera vez, la Casa Natal de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros.

El teatro volvió a resultar decisivo. Núria Espert recuperó en Madrid la Yerma que Víctor García había dirigido quince años antes; Lluís Pasqual estrenó Los caminos de Federico en el María Guerrero; y 5 Lorcas 5 reunió montajes de cinco directores. En Londres, Glenda Jackson interpretó a Bernarda Alba bajo la dirección de Espert. Y El público, la obra más rupturista de Lorca, se estrenó con lleno absoluto en el Piccolo Teatro de Milán antes de llegar triunfalmente a Madrid. 1986 supone el pleno reconocimiento de Lorca como clásico y la consolidación definitiva del mito.

De poeta español a icono universal

La internacionalización añadió nuevas capas. Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba forman parte del repertorio teatral mundial, mientras Poeta en Nueva York continúa traduciéndose y reinterpretándose.

También la música amplificó esa universalidad. Lorca está presente en artistas tan distintos como Camarón o el punk británico: The Clash evocó al poeta asesinado en “Spanish Bombs”, y Leonard Cohen, convirtió “Pequeño vals vienés” en “Take This Waltz” (1988). Más adelante, proyectos como De Granada a la Luna reunieron a músicos como Enrique Morente, Santiago Auserón, María del Mar Bonet o Amancio Prada en nuevas recreaciones del universo lorquiano.

A ello se han añadido las lecturas queer, especialmente relevantes en el ámbito anglosajón, que han recuperado el deseo y la homosexualidad como dimensiones sustanciales para comprender tanto determinados textos como la propia construcción cultural de la figura de Lorca.

Pero toda mitificación genera también su reverso. Junto a la reivindicación aparecieron voces disidentes que separan al hombre del símbolo. Investigaciones sobre su asesinato y libros como El caso Lorca, de Manuel Ayllón, muestran las tensiones que produce una biografía convertida en relato colectivo.

Ayllón cuestiona algunos relatos establecidos y sostiene que los restos del poeta pudieron ser exhumados y trasladados hasta Láchar. Su propuesta, basada en archivos y testimonios, pero formulada en un libro que combina novela, reportaje y ensayo, ha resultado controvertida: el propio autor advierte que “no es un ensayo histórico”, sino “el desarrollo de una conjetura”.

Siglo XXI: la voz que no se apaga

Aunque no conservamos ninguna grabación de la voz de Federico García Lorca, pocas voces siguen gritando más que la suya.

Los nuevos documentos del archivo, el epistolario familiar, las imágenes recuperadas por Manuel Menchón o una película como La bola negra no sustituyen al Lorca anterior: añaden nuevas capas. Nos permiten pasar del mártir al hombre, del icono al escritor y del personaje público a su intimidad y su deseo.

Los clásicos ingresan en el canon, solo algunos se convierten además en símbolos cuya interpretación permanece abierta. Lorca pertenece a esa categoría excepcional.

sábado, 22 de agosto de 2026

"CON MEDALLAS, CON GOULASH, CON UN ATENUADO CLAMOR DE ALAS". Un cuento de Liliana Heker

Irene vestía unas agraciadas babuchas de seda y caminaba por Glencairn Street dentro de un aura de irrealidad. No era una sensación infrecuente: podía mirar cualquier día desde su balcón y descubrir una cúpula como recién brotada de la tierra o entrar en el subte e ir advirtiendo en sus circunstanciales compañeros de vagón una comicidad de pesadilla. El mundo en general le resultaba un lugar bastante raro y estar en una ciudad desconocida agravaba las cosas. Sin contar con que, además, esta vez no tenía una idea muy clara de a dónde iba. Eliseo Kasap le había anotado la dirección en un papelito pero no le había dicho, o ella no le había prestado la suficiente atención, para qué debía ir a esa casa, si es que se trataba de una casa.

Desde la llegada de Irene a Toronto, tres días atrás, Eliseo había puesto verdadero empeño en hacer de ella un ser sociable y de alto interés público, la había acarreado de acá para allá, le había presentado a personas al parecer primordiales para su porvenir y la había instruido sobre cómo-comportarse-en-Acaecimientos-Internacionales, de modo que, si él le había recalcado que de ninguna manera debía faltar a este suceso en Gleincarn Street… Ahí estaba ella, aterrada pero obediente, ataviada con sedas y oropéndolas y mirando una por una las fachadas con la esperanza de que el número anotado no existiera y entonces no le quedase más remedio que errar hasta la muerte bajo esos árboles rojos sin necesidad de andar diciéndole a todo el mundo que se sentía very glad of meeting you, cosa que de ninguna manera era cierta ya que meeting gente en general implicaba para Irene un esfuerzo pocas veces justificado, y ni hablar de cuando el incidente sucedía en inglés, ahí a duras penas conseguía hacerse entender, y la expresión “hacerse entender” era excesiva ya que eso que a veces (en su casa y a solas) sospechaba que la constituía —eso al parecer so wonderful que alguien o algo había tomado la decisión de arrearla desde el lejano sur y alojarla en una habitación ungida de oro y perlas solo para que, encaramada a un escenario desmesurado, leyera una paginita en lengua salvaje (oh, how beatiful it sounds) dejándole la tarea de leer el cuento completo a su empecinado traductor Eliseo, sociable, encantador, convencido de que esto que a ella le pasaba era lo más natural, qué menos, Irene, pero que ahora no estaba, ay mamá, la había dejado solita su alma rastreando en esta hermosa calle arbolada una casa que deseaba fervorosamente no encontrar—, eso que a veces (pero no ahora) ella creía que la constituía, de ningún modo habría podido hacerlo entender en un idioma que siempre le había resultado brutalmente no familiar. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 21 de agosto de 2026

"ODIO". Un poema de José Emilio Pacheco.

Para ser Dios a la palabra Odio le falta una letra y le sobra otra.

No obstante, ejerce la potestad absoluta sobre nosotros. Hay declaraciones contra todo 
excepto contra el odio. En los edificios, vemos letreros: No entre, no pase, no se detenga, no 
pregunte, no hable. Jamás he visto ninguna que ordene: No odie.

El odio como el aire lo llena todo. Su expansión satura de rabia al mundo. Inventamos 
artefactos que le dan rienda suelta y lo multiplican en infinitas series de venganzas.

O-d-i-o. La d son las fauces que devoran el planeta. La i, la espada y la flecha que los aniquilan. 
La primera o es un cero a la izquierda: la inutilidad de querer derrotarlo. La segunda o es otro
cero y esta vez simboliza la mutua aniquilación a la que el odio nos condena.